Codex morte el arte de la gula - Capítulo 34
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Capítulo 34: La odisea de Milena
El camino era tosco y lleno de baches, pero el ambiente entre ellas era cálido y ameno. Genabet resultó ser una mujer cordial y de buen corazón. Mientras avanzaban hacia Frenduch, Milena rompió el silencio preguntándole si estaba casada y si vivía allí permanentemente.
La sonrisa de Genabet se desvaneció, y una sombra de profunda melancolía cruzó su rostro. Sus ojos se perdieron en el horizonte, como si viajara al pasado.
—Lo fui… —susurró con voz quebradiza—. Fui esposa de un hombre bueno, noble y amoroso, que me amaba como si fuera lo único que existiera en el mundo. Él era mi paz, mi refugio… pero la vida es cruel y no quiso verme feliz. Una enfermedad terrible se lo llevó, lento y doloroso.
Se pasó una mano temblorosa por la mejilla, conteniendo una lágrima antigua.
—Lo cuidé día y noche, no descansé ni un instante. Le di todo mi ser, rogando a los cielos por un milagro… pero nada funcionaba. Simplemente, su luz se apagaba. Recuerdo una tarde, cuando el viento soplaba suave y cálido… él tomó mi mano, me miró por última vez y cerró sus ojos para siempre. Ya no despertó más.
Hizo una pausa profunda, respirando hondo para recomponerse.
—Decidí seguir adelante, aunque el alma me doliera. No nos fue dado tener un hijo, algo que hubiera deseado con todas las fuerzas de mi ser… pero en fin. No quiero amargarla con mis penas. Usted no parece ser de estas tierras, mi niña… dígame, ¿qué la trae recorriendo caminos tan largos y peligrosos?
Milena, con el nudo en la garganta por tan triste historia, colocó su mano con suavidad sobre el hombro de Genabet.
—Lo siento mucho… no imaginaba que cargara con un dolor tan grande. Yo estoy aquí porque voy tras el hombre que amo. Sé que suena cursi, que parece la historia de cualquier novela romántica… pero es mi verdad. Él es mi esperanza, es mi maestro, es la razón de ser quien soy hoy. No puedo dejarlo solo.
Genabet la miró y sonrió con tristeza y sabiduría.
—Te entiendo perfectamente. Eres joven y estás llena de ilusión. Yo también tuve ese fuego. Pero escucha bien lo que te digo, porque el tiempo me ha enseñado: El primero es ilusión, el segundo es pasión… y solo el tercero es el verdadero amor, ese que no se apaga ni con la muerte.
Milena se sonrojó, bajando la mirada.
—No es solo ilusión… hemos pasado por mucho juntos. Aunque debo admitir que él aún me ve como su mano derecha, no como una mujer… pero estoy dispuesta a esperar.
Genabet sonrió, viendo en ella el reflejo de lo que ella misma fue años atrás. Sin embargo, la paz se rompió de golpe.
—¡Alto ahí! —gritó una voz firme.
Un retén de guardias los detuvo. El ambiente cambió drásticamente; el aire se volvió pesado y peligroso.
—Somos miembros de la Orden de la Fe —dijo el oficial al frente, con mirada severa—. Debemos inspeccionar el cargamento y verificar identidades. Nombres y motivo del viaje.
Genabet permaneció impasible, tranquila como un lago en calma. Dio sus datos, explicó que era comerciante y que llevaba verduras al mercado. El guardia asintió, satisfecho, y selló su pase. Pero al volverse hacia Milena… todo se complicó.
—¿Y usted? ¿Cómo se llama y qué hace aquí?
Milena sintió que el corazón se le salía por la boca. El pánico la invadió. Su mente se quedó en blanco.
—Yo… yo me llamo Milena y… y estoy de viaje porque… —tartamudeó, su voz se quebraba, sudor frío recorría su espalda. Sabía que si la descubrían, la arrestarían.
El guardia frunció el ceño, desconfiado, y dio un paso hacia ella.
—¿Por qué está tan nerviosa? ¿Qué oculta?
Milena cerró los ojos, pensando que estaba perdida… pero Genabet actuó rápido, interponiéndose con una naturalidad asombrosa.
—¡Perdón, caballero! No es nada malo, es que es mi hermana. Es de la capital y viene muy asustada porque hace apenas unos días fue asaltada en el camino. Es muy tímida y delicada, ¿entiende? —dijo Genabet con voz dulce pero firme—. Me acompaña porque dicen que en Frenduch hay telas hermosas y un postre que levanta el ánimo. Solo quiere distraerse.
El guardia miró desconfiado a Milena.
—¿Es cierto lo que dice su hermana?
Milena, recuperando el aliento, asintió vigorosamente y se abrazó instintivamente de Genabet.
—S-sí… es verdad. Junto a ustedes me siento mucho más segura. Tú eres la mejor hermana, gracias…
Los guardias soltaron una carcajada leve y las tensiones bajaron.
—Está bien, pueden pasar. Pero manténganse alerta.
Una vez estuvieron fuera de vista, Milena respiró hondo, sintiendo que volvía a vivir.
—Gracias… gracias, no sabes cómo te lo agradezco.
Genabet solo guiñó un ojo.
—Un amor tan grande requiere astucia, mi niña. Y los secretos… se guardan con discreción.
En el Puerto
Al llegar a Frenduch, se despidieron. Milena corrió directo al teatro, pero estaba cerrado y en silencio. Desesperada, preguntó a un joven que pasaba y este le confirmó sus peores temores: Lucian había estado allí, pero huyó hacia el puerto porque era “peligroso”.
Milena no se detuvo. Corrió como nunca lo había hecho, llegando al muelle donde el mar rugía y el olor a sal era fuerte. Preguntó a cada marinero, a cada estibador… pero nadie sabía nada. La desesperanza comenzaba a invadirla hasta que un capitán, al oír el nombre de Lucian Vacarut, se acercó.
—¿A ese hombre buscas? Lo llevé yo mismo hace una semana. Iba hacia la ciudad de Delen, acompañado de un joven aprendiz.
Milena sintió que el mundo le volvía a dar color.
—¡Por favor! ¿Puede llevarme con él? ¡Pagaré lo que sea!
—Mi ruta no pasa por ahí… pero mi amigo, el Capitán Slojan, zarpa ya mismo hacia allá.
Corrieron hacia el otro barco. El capitán Slojan era un hombre rudo y barbudo que cruzó los brazos al verla.
—¡Ni hablar! Las mujeres traen mala suerte en el mar. Mal agüero. Leyendas antiguas, muchacha. No puedo permitirlo.
Milena sintió que se le caía el mundo encima otra vez… hasta que apareció Hamber, la supervisora del puerto, una mujer de carácter fuerte que le dio un golpe seco en la cabeza al capitán.
—¡Déjate de tonterías y supersticiones, viejo gruñón! Lleva a la dama ya mismo. Es buena gente.
Slojan se rascó la cabeza, refunfuñando, pero aceptó.
—Está bien… pero si hay tormenta, es culpa suya.
Milena subió a bordo con el corazón latiendo a mil por hora. Estaba más cerca que nunca.
El Presentimiento y la Cacería
Mientras tanto, lejos de allí, Lucian despertó sobresaltado. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Una pesadilla recurrente lo atormentaba: siempre veía una mujer muriendo en sus brazos, pero su rostro era una sombra borrosa.
—Maestro… ¿otra vez la pesadilla? —preguntó Kerion con preocupación—. ¿No recuerda quién es ella?
—No… y eso es lo que más me aterroriza —confesó Lucian, pasándose una mano por el cabello—. Ya ha pasado una semana desde mi duelo contra Marcus, y lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Pero esa mujer… la de la capa negra, la que nos salvó… su aroma… ¡era tan familiar, Kerion!
Cerró los ojos con fuerza, tratando de hurgar en su memoria.
—Es imposible… porque ella… ella hace tanto tiempo que…
Un golpe seco en la puerta los interrumpió. Era el cuidador del lugar, pálido y nervioso.
—Señor… deben irse ya. La Orden de la Fe ha puesto carteles por toda la ciudad. Ofrecen una fortuna como recompensa por su captura. Y lo que es peor: Marcus está al mando. Lo veo furioso, impaciente, siente que está cerca de usted. Lo busca con una obsesión enfermiza, y hay dos mujeres revisando cada calle, cada rincón. ¡Es muy peligroso!
Lucian pagó al hombre y este huyó. Kerion miró a su maestro con miedo.
—¿Qué haremos, maestro?
Lucian miró al joven, y por primera vez, el miedo no era por él mismo, sino por la vida de su estudiante.
—Si estuviera solo, encontraría la forma de salir o luchar… pero no puedo permitir que te pase nada. Marcus no viene a dialogar… viene a destruir.
La Sombra de la Duda
En el cuartel de la Orden, la atmósfera era de hielo.
Marcus no descansaba. Sentía la presencia de Lucian en el aire, podía olerlo, pero no lograba dar con él. Su ira era palpable, una bestia enjaulada que quería salir.
A su lado, Lia vigilaba cada movimiento de Lucía. La sospecha era una pared entre ellas. La técnica que usó la mujer enmascarada era idéntica a la de Lia, la cual uso contra Lucia perfecta en cada detalle… algo que debería ser imposible de replicar.
Pero Lucía sufría en silencio. Se sentía sola, marginada. Marcus le había quitado responsabilidades y se las había dado a Lia, dejándole claro que no confiaba en ella.
“¿Por qué no me creen?”, pensaba Lucía con el corazón roto. “Yo vi la verdad con mis propios ojos. Fue Marcus quien hirió a Lia por error, cegado por su furia. Yo intenté detener a la misteriosa y salí lastimada… no miento, yo jamás mentiría…”
La verdad es un espejo frágil. Y cuando se rompe, es difícil saber en quién confiar… especialmente cuando la persona que ahora miras con sospecha, alguna vez fue todo para ti.
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