Codex morte el arte de la gula - Capítulo 35
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Capítulo 35: Sombras del pasado: Un amor olvidado
«¡Lucian, no me dejes! ¡Caer en las sombras… lo prometiste! ¡Lucian, no sueltes mi mano pase lo que pase, amor mío! ¡Lucian, la sombra me cubre! ¡No puede ser, no, no…!»
«¡Despierte, maestro!», la voz de Kerion, suave pero firme, penetró el velo de la pesadilla. Lucian se incorporó de golpe en la penumbra del sótano, bañado en sudor frío, mientras las últimas imágenes de su tormento se desvanecían como el humo. Hacía ya varios días que no dormía con calma; su mirada delataba unas ojeras ya vistosas y una migraña lo atormentaba sin piedad.
Se habían ocultado perfectamente. La astucia e ingenio de Lucian, combinados con los dotes de actor y la juventud natural de Kerion, eran una dupla imbatible. Aquello llenaba de orgullo a Lucian, a pesar de la situación. Vivían prácticamente bajo el teatro, en un sótano oculto donde el eco de las tablas resonaba como un constante recordatorio de su antigua vida. Salían solo para camuflarse con otros artistas y, a veces, actuaban como extras. Lucian había sido un actor de renombre, pero exponerse no era lo más prudente en ese momento. A menudo, Lucian estaba distraído, su mirada divagaba entre el peso del deber y la responsabilidad. Kerion, en cambio, estaba feliz. Sentirse un prófugo, en su mente juvenil, era excitante; como vivir un sueño lleno de persecuciones y villanos. Pero no todo era calma.
En otro rincón de la ciudad, Marcus estaba totalmente frustrado. No haber podido derrotar a Lucian, y encima que se escapara de sus manos, hirió su orgullo profundamente. Pasaba en la sala de entrenamiento todo el día, descargando su furia en cada golpe, y por la tarde, supervisaba meticulosamente las salidas y entradas de la Ciudad. Metódicamente, revisaba papeles, motivos, cargamentos, rostros y cicatrices. Cuando dudaba, interrogaba de manera muy cortés, casi como si se tratara de un viejo amigo. Usaba el estilo Jiao, una técnica de manipulación psicológica que consistía en soltar y apretar, ofreciendo y quitando, una insinuación a dar para luego recibir. Era un experto en ello. Incluso así, logró detener a dos traficantes, un tratante de blancas y un asesino, al cual encerró personalmente. El gobernador de Delen estaba feliz e incluso le otorgó el título de Guardián de la Ciudad, pero Marcus no deseaba esto; quería a Lucian.
Lia, que observaba siempre atenta y era la encargada de las salidas y entradas del puerto, estaba preocupada, sobre todo porque Lucia estaba muy cambiada. Casi no hablaba, y apenas salía a entrenar. La Orden dudaba de ella, pero Lia sentía que la joven no mentía. Sin embargo, ¿qué pasó ese día? Aún era un misterio. Lia recordaba las sombras, un golpe de espada que no pudo esquivar totalmente y el ruido de pasos apresurados. Deseaba saber la verdad, así que tomó una decisión audaz y habló con Lucia directamente, sin rodeos: «Lucia, necesito que me acompañes al puerto para la vigilancia. Espero no sea molestia». Lucia, que estaba algo triste, aceptó. Tomó su equipo y salieron.
Mientras montaban a caballo y el camino se movía con ellas, con el viento marino acariciando sus rostros y el aroma a sal impregnando el aire, Lia le preguntó: «Lucia, dime la verdad, ¿tú tienes algo que ver en el escape del fugitivo?». Lucia, con la mirada fija en las riendas del caballo, respondió lentamente, su voz apenas un susurro que el viento se llevó: «No, no tuve nada que ver. Solo fui víctima de las circunstancias y el momento. Pero Marcus ha cambiado de ser mi guía y maestro a ser un cazador frío y distante. ¿Qué hice mal? Cumplí hasta el último pedido y orden dados por él, cumplí con la orden de la toga blanca y respeté sus normas… incluso oculté… Olvídalo, no es nada».
Lia, mirándola con intriga, insistió: «¿Qué ocultaste, Lucia? Dímelo tranquila, es una plática de dos amigas. Además, yo también vivo en una prisión sin rejas, mírame: no puedo salir, no puedo opinar, y aparte no puedo ni intimar con algún caballero, ¿tú entiendes, no?». Una risa algo pícara salió de Lia, ligera como la brisa marina. Continuó: «Te diré un secreto: yo fui maestra de Marcus cuando él era joven y fui su compañera. Realizamos varias misiones juntos. Era un prodigio, tenía esa intuición filosa de detectar patrones. Incluso él iba a ser el líder del Templo de Delen, pero hubo un tiempo que cambió. Ah, por cierto, la técnica de Juicio Final es una variante de mi técnica: el Destello del Juicio. Él la adaptó a su estilo propio, por eso yo pude neutralizarla. ¿Creías que yo era invencible? La verdad, no. Sí he sido derrotada en otras ocasiones, pero mi maestro Yan Gotsu Ten me enseñó la disciplina y la meditación. Me dio el arma más letal: el autocontrol. Y por eso, las técnicas que uso se llaman posturas y no ataques. Más dañas a un enemigo usando su propia fuerza en su contra que atacando sin control».
Lucia, que mordió su labio con nerviosismo, finalmente cedió: «Está bien, seré honesta contigo, pero no digas a nadie, ni siquiera a Marcus, lo que te contaré de ese día. ¿Puedo confiar en ti?». Lia sonrió con amabilidad y dijo: «Lo prometo por mi honor. Dime qué pasó ese día». Lucia suspiró, el sonido de sus palabras mezclándose con el suave crujido de las hojas secas bajo los cascos de los caballos: «Cuando se enfrentaban Marcus y Lucian, yo observaba. No te negaré, una voz en mi cabeza me decía que interviniera, pero yo no hice caso, y lo vi. Esa mujer que intervino se parecía mucho a la sombra que vi en la mansión Borgart, era idéntica, sobre todo su aroma. Ese olor era el mismo. Cuando la nube de humo se extendió, vi que la mujer tomó a Lucian y lo sacó con una facilidad antinatural, como si no pesara nada. Tomé mi espada y la confronté, pero ella fue más rápida y me hirió usando la doble estocada silente de Lucian. Caí al suelo, no por la herida, sino por cómo ella podía replicar las técnicas que ve. Después, vi a Marcus que siguió atacando y, en un momento de ira, lanzó un ataque sin control y te hirió a ti». Lucia se llevó la mano a la boca. No podía creer lo que veía: «Mi maestro parecía un monstruo buscando sangre y, a pesar de verte herida, tardó mucho en ayudarte. Por eso, yo me acerqué para apoyarte y llevarte a curar tu herida, pero dudaron de mí y sospecharon de manera injusta».
Lia recordó que en esa confusión sí sintió un golpe de espada fuerte que, si no esquivaba totalmente, hubiera sido letal. Miró el rostro de Lucia y era sincero. «Te creo», le dijo. «Pero ahora la pregunta es quién era esa mujer misteriosa y cómo logró esa hazaña tan increíble: replicar técnicas solo con verlas. Incluso ella, que estudió y repasó por años, fallaba a veces. En cambio, ella lo hizo nítido. Pero ahora no solo tenían a Lucian, sino a la mujer misteriosa». Lucia le preguntó: «¿Por qué Marcus no aceptó ser líder del Templo de la ciudad de Delen?». Lia miró hacia la izquierda, y su vista se perdió en el horizonte donde el cielo se unía con el mar. «¿No lo sabes? Nunca te contó». Lucia contestó: «No, jamás lo mencionó». Lia miró hacia el frente, su expresión ensombrecida por un recuerdo lejano, y dijo: «Aunque no lo creas, hubo un tiempo que Marcus dejó de perseguir a Lucian. Incluso delegó sus funciones a otra persona, y esa persona fue Orcan, lo conoces, ¿no? El hermano menor de Satoru, el líder. Solo venía para apoyar en ciertas tareas, incluso iba a renunciar, porque él encontró el amor de su vida. Esa mujer fue su tesoro. Yo estuve el día de su boda, fue hermoso, todo. Ella estaba preciosa, sus ojos brillaban como estrellas, pero algo cambió. La verdad, no sé qué ocurrió, pero Marcus cambió, se volvió frío y calculador y no se supo nada de su esposa hasta la fecha; es un misterio que solo Marcus conoce. Y desde ese momento, buscó sin descanso a Lucian y fue reintegrado, claro, con dificultad y con recelo, pero yo abogué por él, puse mis manos al fuego para respaldarlo. Y nuestros caminos se separaron. Yo me quedé aquí en Delen y él partió al Templo Principal». Lucia se quedó sorprendida; no pensaba que Marcus tuvo esposa y que vivió una vida con ella.
Cuando llegaron al puerto, un gentío bullicioso llenaba el muelle. Desembarcaban personas que llegaban de Frenduch, cada una con alegría e ilusión. Sin darse cuenta, junto a ellas pasó Milena. Se cruzaron y no se percataron. Lia preguntó al capitán del barco si no vio o escuchó algo sospechoso y este, con seriedad, dijo: «Pues sí, el precio de atracar los navíos aquí es altísimo, ¡no pueden poner una excepción a marinos honestos como yo!». Lucia soltó una carcajada, y Lia le pidió seriedad, recordándole que necesitaban llevar el informe a Marcus. Mientras las dos pensaban dónde buscar, Milena caminaba ya por las calles de Delen y buscaba dónde hospedarse, ya que el viaje había sido agotador. Caminó mirando la arquitectura del lugar y pasó por el teatro, sin saber que a quien buscaba estaba allí. Llegó a una posada y se registró como Milena Braun.
Lucian, quien estaba tenso, buscó a Kerion y le pidió un favor: «Kerion, mi joven aprendiz, necesito que vigiles a Lucia, no la pierdas de vista. Siento que ella sabe algo acerca de esa dama misteriosa que me salvó, y sobre todo, mantenme informado de Marcus. Sé que él jamás me perdonó por lo que pasó aquella tarde». Kerion preguntó: «Mi maestro Lucian, ¿qué pasó esa tarde que mencionas?». Lucian suspiró, la imagen de un pasado doloroso nublando sus ojos. «El peor error de mi vida. La única mujer que fue mi condena y mi mayor arrepentimiento. Pero algún día lo sabrás y te contaré qué pasó con ella… el tesoro de Marcus».
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