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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 36

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Capítulo 36: La carta misteriosa

Una tensión palpable asfixiaba Delen. Cada facción movía sus fichas con maestría en el tablero de la ciudad. Por un lado, la Orden, con su férreo control sobre cada punto estratégico; por otro, Lucian y sus leales aliados, aferrados a una cohesión precaria. Era una guerra de desgaste, un juego de paciencia donde el más mínimo error de cualquiera de las partes acarrearía una caída fatal. Pero el destino, siempre ambiguo, estaba a punto de introducir un elemento tan insignificante como inofensivo que cambiaría por completo las reglas: una carta. Era justo lo que Marcus necesitaba para afianzar su control, solo que esta vez, el mensaje nunca llegaría a sus manos.

Marcus, seguro de su posición, había consolidado su poder. Sus generosos aportes a la ciudad no solo le habían granjeado el apoyo de los nobles, sino que estos incluso financiaban sus búsquedas. Mientras se disponía a iniciar su ronda vespertina, Satoru, su mentor, irrumpió con una urgencia inusual. “Marcus, hijo,” comenzó Satoru, una sombra de preocupación en sus ojos, “es un honor tenerte cerca, pero necesito que investigues algo crucial. Han surgido rumores de una cueva cercana, donde se dice que yace una reliquia ancestral de la Primera Mesa Santa, de los Siete de la Gulae. Es imperativo que la traigas. Deja a Lia y a Lucia a cargo del control de la ciudad; esta tarea es vital para nuestros planes.” Marcus, sintiendo la gravedad en la voz de Satoru, asintió con una determinación inquebrantable, aunque una punzada de inquietud le recorrió el pecho al pensar en la posible peligrosidad de la misión. Rápidamente, equipó a su fiel corcel, Crused, y partió. Lia observaba desde la puerta principal, su silueta erguida y preocupada, mientras Lucia también salió a despedirse con una mezcla de orgullo y recelo. Satoru, con una mirada gélida, instruyó a la guardia: “Que todos vigilen las salidas de la ciudad. No permitiremos que Lucian escape; es nuestra máxima prioridad.” Los guardias se dispersaron, preparándose para cumplir con su deber, cuando un mensajero inesperado se hizo presente.

Fue recibido en la puerta del templo por la guardia de la fe. El joven, de aspecto cansado pero resuelto, se presentó: “Un gusto, mi nombre es Oscar; tengo un mensaje importante para Sir Marcus Valerius, ¿se encuentra aquí?” Uno de los guardias, con escepticismo, inquirió: “¿Quién envía este dicho mensaje?” Oscar, con una voz segura, afirmó: “Es de parte de un hombre que desea aportar un dato sobre un misterio que, estoy seguro, interesará mucho a Sir Marcus.” La guardia dudó, intercambiando miradas. Fue entonces cuando el clérigo Ferni, un hombre de rostro severo y ojos penetrantes, se acercó, reconociendo la importancia potencial del asunto. Sin decir palabra, tomó la carta de manos de Oscar, le entregó una moneda como pago y la llevó directamente a la mesa de Marcus, dejándola allí. Pero la carta nunca descansaría.

Un instante después, una sombra apenas perceptible se alargó en la estancia. Una mano femenina, esbelta y elegante, surgió de la penumbra y tomó la carta. Sus ojos, ocultos por la oscuridad, recorrieron la caligrafía. “Dirigida a Marcus,” murmuró para sí, y luego su mirada se detuvo en una posdata inquietante: “Existe alguien más.” Con una delicadeza fría, la mujer abrió el sobre. Solo sus manos se apreciaban en la penumbra mientras leía el título, escrito con una caligrafía temblorosa:

La Dama del Velo Negro

“Señor Marcus Valerius,

Le escribo esta carta con el alma en vilo, pues temo por mi vida. He escuchado tantas cosas sobre usted, incluso que persigue a un ser maldecido por un libro antiguo. Pero yo he presenciado la existencia de un ser que no es de este mundo; una criatura que devora vidas y cuerpos, oculta tras un velo oscuro. Ha cazado impunemente en Delen durante años, tan hábilmente que ha pasado desapercibida.

Esto ocurrió cuando yo era apenas un niño. Paseaba por los callejones, despreocupado, y la miré. Esa mujer… su rostro, sus ojos, de un hermoso tono verde, y su cabello rojo encendido… parecía un ángel. Pero entonces, se encontró con una joven que vestía las insignias de la Orden de la Fe. Conversaron un rato. Me escondí, y lo que vi a continuación fue una pesadilla tétrica que paralizó mi cuerpo. Mis ojos, dilatados por el horror, no podían apartarse. Ni siquiera pude controlar mi vejiga y terminé orinándome en la ropa. No deseo recordar lo que vi, pero era solo un niño de 9 años. Intenté contárselo a mi madre, pero no me creyó. Busqué ayuda, pero me tacharon de mentiroso, de loco. Y así pasaron los años, marcado como ‘el loco de las leyendas’.

Pero no me rendí. Seguí buscándola y, por suerte, la vi de nuevo. Ella usa un rostro robado, señor Valerius, y está peligrosamente cerca de usted ahora mismo. No se preocupe, sin embargo; yo puedo reconocerla y decirle quién y cómo luce en la actualidad.

Necesito que venga. Me encontrará a las afueras, en la ruta de grava y carbón, el camino que lleva a las minas. Venga pronto.

Atentamente,

Daniel Suren”

La mano que sostenía la carta se cerró con una fuerza inusitada, arrugando el papel. Un destello de furia fría cruzó el rostro invisible de la mujer antes de que se desvaneciera en la sombra. Afuera del templo, Lia y Lucia, ajenas al oscuro mensaje, ya estaban listas para su ronda. Ambas montaron sus caballos y partieron con la prisa de quien cumple con un deber ineludible.

Mientras tanto, Kerion, ajeno a todo, corría por las calles, dirigiéndose al teatro. Su misión era encontrar a Lucian. Tan concentrado iba que se chocó de bruces contra Milena, quien también buscaba a Lucian. Kerion, ruborizado hasta las orejas, se disculpó profusamente. Milena, con una sonrisa amable, le ayudó a levantarse y le sacudió el polvo de la ropa. Sus ojos se encontraron, y Kerion sintió una punzada de una emoción desconocida, su primera ilusión.

“Señorita,” balbuceó, sus ojos fijos en ella, “usted es… es muy hermosa, casi un sueño.”

Milena soltó una risa melodiosa. “Ay, pequeño,” dijo con dulzura, “agradezco tu halago, pero eres muy joven. Además, mi corazón ya tiene dueño. No te desanimes, estoy segura de que encontrarás a alguien que te corresponda a su debido tiempo.”

Kerion chasqueó los dedos con una determinación recién nacida. “¡Es verdad! Pero le preguntaré a mi maestro cómo conquistar mejor.” De repente, recordó su urgencia. “Perdón, señorita, debo irme.”

“¡Espera!” exclamó Milena, deteniéndolo. “Te daré un presente. Es un dulce de Frenduch; dicen que es bueno para la tristeza.”

Kerion lo tomó feliz, sus ojos brillando con esa inocencia juvenil. “¡A mi maestro Lucian le encantará esto!” Y con un estallido de energía, salió corriendo. Al escuchar el nombre de “Lucian”, Milena sintió una sacudida de esperanza. Se lanzó tras él, siguiéndolo hasta la entrada del teatro.

El dueño del lugar, un hombre corpulento llamado Robert, la interceptó. “¿Quién es usted, bella dama? El teatro está cerrado; no puede pasar hasta la función de la tarde.”

Milena le dedicó una mirada cautivadora. “Estimado caballero,” respondió con una voz que modulaba el encanto, “me presento, soy Milena, actriz de teatro. No sé si ha oído hablar de Botticelli; trabajé con él en varias presentaciones, incluida ‘La Noche bajo el Sol’, que se estrenó en la ciudad capital.”

Robert, al reconocer el nombre de la aclamada actriz, se inclinó con reverencia y besó su mano. “¡Sea usted bienvenida a mi humilde teatro, mi nombre es Robert! Me complace enormemente su visita, aunque debo confesar que no fui informado de su llegada. De haberlo sabido, habría preparado un recibimiento digno de su talento.”

Milena, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, agradeció su amabilidad. “No son necesarias tantas formalidades. La verdad es que estoy buscando a un gran amigo y maestro; sé que está aquí. Su nombre es Lucian.”

En cuanto Milena pronunció el nombre de Lucian, Robert palideció. Rápidamente, le cubrió la boca con una mano, su mirada asustada. “Señorita,” susurró con urgencia, “ese nombre… no lo he escuchado jamás por aquí. ¡Venga conmigo!” Se la llevó a un rincón oscuro, susurrando aún más bajo: “Aquí no conocemos a esa persona que nombró, shhh. Camine por aquí. Es mejor que se retire por esta puerta. Allí encontrará una trampilla, baje, y allí está. Bueno, ha sido un gusto. Que tenga un buen día.”

Milena comprendió al instante la señal de peligro. Siguió las indicaciones de Robert, su corazón latiéndole con fuerza. Abrió la trampilla y descendió cautelosamente por las gradas. Allí, en la penumbra de una estancia oculta, lo vio. Después de tanto tiempo, era él. Su Lucian. Un sollozo escapó de sus labios. Soltó su bolso y corrió hacia él, sus brazos abiertos. “¡Lucian, por fin te encontré!”

Kerion, que estaba cerca, se giró, observando la escena con una mezcla de curiosidad y un naciente dolor. Lucian, al ver a Milena, cerró los ojos con una expresión de profunda preocupación y se dejó envolver en el cálido abrazo. Suspiró. “Milena,” murmuró, separándose apenas para mirarla a los ojos, “¿cómo me encontraste?” Ella, rebosante de emoción, le contó su largo y arduo viaje, todo lo que había tenido que hacer para llegar hasta él. Mientras Milena hablaba, Kerion no podía apartar la vista. Una amarga punzada de celos le retorció el estómago. “¿Por qué esa hermosa mujer lo buscó a él y no a mí?”, pensó.

Pero Lucian no compartía la alegría. Su mirada estaba cargada de una preocupación tan intensa que Milena se dio cuenta de inmediato. “Milena,” comenzó Lucian, su voz teñida de pesar, “este no es un buen lugar para ti, especialmente ahora. Hubiera deseado, con todo mi corazón, que hubieras permanecido lejos de mí.”

Kerion, indignado por la aparente frialdad de su maestro, interrumpió: “Maestro, ¿por qué eres tan descortés con ella?”

Las palabras de Lucian cayeron sobre Milena como un jarro de agua fría. Sus hermosos ojos se llenaron de tristeza, y se apartó suavemente de Lucian. “Yo creí que te pondrías feliz de verme,” susurró, su voz apenas audible. “Pero creo que me equivoqué. Lo siento, me marcharé de inmediato.”

Lucian suspiró profundamente, la culpa tiñendo su rostro. Kerion lo miró con reproche, sus ojos juveniles llenos de desaprobación. Lucian respiró hondo, reuniendo fuerzas. “¡Milena!” exclamó, con una voz que transmitía una mezcla de afecto y desesperación. “¡Estoy feliz de verte! Pero ahora… ahora es el momento de que sepas toda la verdad.”

Mientras tanto, Lia patrullaba las salidas de la ciudad y Lucia, el puerto. Todo transcurría con una normalidad engañosa, tal como se esperaba. Pero a Marcus no le iba tan bien. Había cabalgado por riscos empinados y rocosos, su caballo, Crused, exhausto, no pudo más. Tuvo que continuar a pie por un buen tramo, sintiendo el calor del sol y una sed punzante. Llegó a un bosque muy antiguo, donde las sombras de árboles centenarios se proyectaban sobre estatuas de seres que no parecían humanos. Finalmente, entre la densa vegetación, vislumbró un templo. No era de la Orden de la Toga Blanca; era distinto, oscuro. Sus muros estaban grabados con inscripciones en latín antiguo y grimorios de lenguas desconocidas. En su interior, una mesa de piedra tallada con incrustaciones de obsidiana parecía el lugar donde un rey olvidado se habría sentado a banquetear. Marcus buscó, pero con cada paso, regresaba al mismo punto. Era como un bucle, una distorsión del espacio que lo atrapaba; no avanzaba, e incluso al intentar retroceder, se encontraba de nuevo en el mismo sitio.

Fue entonces cuando lo notó. Cerca de un asiento de piedra, brillaba una daga. Estaba manchada con un líquido que se parecía, inquietantemente, a la VID de la Vida. Al tomar la daga, un dolor agudo recorrió todo su cuerpo, y una visión lo asaltó: un ser hermoso, casi angelical, lo miró con ojos llenos de pena. “Humano,” susurró la visión, “por qué me lastimaron. Creí en ustedes, los amé, y ahora regresas por este artefacto que me condenó.” Marcus cerró los ojos, una y otra vez, tratando de aferrarse a la realidad. Al salir del trance, la daga seguía en su mano. Salió del lugar, con una confusión profunda, y comenzó el camino de regreso. ¿Por qué Satoru deseaba esta daga? ¿Qué era ese ser que vio en su visión? Y, lo más inquietante, ¿por qué la savia de la VID de la Vida se parecía a la mancha de esa daga?

Un golpe, frío y penetrante, resonó en el pecho de Lucia. Lucian también lo sintió, una punzada aguda. Pero Lucia escuchó la voz de nuevo, clara y urgente. “Lucia,” dijo la voz, con un eco helado, “yo reparé tu error. Ahora debes demostrar que eres digna. Alguien sabe la verdad, y no debe seguir vivo. Búscalo y destrúyelo. Es peligroso.” Esta vez, la mirada de Lucia cambió. Sus ojos se volvieron duros, despiadados. “Está bien,” respondió con una frialdad sorprendente. “Lo haré. Será un gusto complacerte.”

Lucian sintió una sensación extraña, como si un puñal invisible atravesara su pecho. Un escalofrío le recorrió la espalda. “Algo malo va a pasar,” murmuró, su voz apenas un susurro, “y no será bueno. Será quizás el peor desastre.” Miró a Milena, sus ojos suplicantes. “Milena, confía en mí y haz lo que te diga. No estoy dispuesto a arriesgarlos a los dos.” Luego se volvió hacia Kerion, con una profunda tristeza en su voz. “Kerion, estoy orgulloso de ti. Como maestro, no pude pedir mejor alumno. Pero creo que debo delegarte a las manos talentosas de Milena. Ella será, desde ahora, tu maestra.”

Milena miró a Lucian, una mezcla de dolor y confusión en su rostro. “Pero yo viajé desde muy lejos por ti,” dijo, su voz quebrada. “No me iré de tu lado.”

Lucia, con una voz desprovista de emoción, interrumpió: “Cuando escuches mi verdad, desearás que yo nunca hubiera existido. Pero si estás lista, te lo contaré todo.”

Milena, con una determinación férrea a pesar de la pena, sostuvo la mano de Lucia. “Sí, estoy lista.”

Lucian, con un suspiro que parecía cargar el peso del mundo, comenzó: “Todo empezó en ese bosque. Y un libro… el Códex Morte… marcó mi vida para siempre.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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