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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 La obra dentro de la obra
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5: La obra dentro de la obra 5: La obra dentro de la obra Mientras caminábamos por la hermosa ciudad de Bustina, observábamos los carteles que anunciaban mi obra.

Prometían un espectáculo nuevo… algo controversial.

Las calles estaban llenas de colores, un derroche vibrante que, por un instante, casi ahogó la constante agitación en mi interior.

Las flores perfumaban el aire, pero no lograban disipar el aroma metálico que a veces creía percibir.

Los aromas de la comida se mezclaban con el bullicio del mercado, y una punzada casi olvidada me recordó la voracidad que alguna vez me consumió.

Y, sobre todo, estaban las estatuas.

Esculturas creadas por manos de artesanos extraordinarios.

Cada una representaba a un actor famoso.

Bustina era una ciudad donde el teatro no era solo entretenimiento.

Era arte.

Un desafío, pensé.

Un lugar que exigía la excelencia, donde mi dualidad se sentiría más expuesta que nunca.

Entonces me detuve frente a una estatua en particular.

Representaba a una mujer actriz, esculpida con una gracia que recordaba a un torbellino.

Al verla, pensé en alguien más.

Venid.

Porque así brillaba ella cuando actuaba, con una intensidad que eclipsaba todo a su alrededor.

Milena y yo, todavía maravillados por la belleza de la ciudad, llegamos al teatro.

Allí nos esperaba un banquete, una muestra de la opulencia local.

El dueño del teatro, Overing, un hombre de mirada penetrante y sonrisa forzada, nos recibió con un respeto que sentía más cercano a la expectativa que a la admiración genuina.

—Señor Lucian, este escenario solo ha presentado obras únicas, dignas de Bustina —dijo, su voz grave, con un tono que no admitía réplicas—.

No quiero ver lo mismo de siempre.

Deseo algo fresco.

Algo nuevo.

Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en mis labios.

“Fresco y nuevo”, pensé.

“No sabían lo fresco y nuevo que podía llegar a ser mi arte.

Con eso contaba, Overing.

No hay nada más nuevo que el abismo.” —Todo lo que necesite está a su disposición —continuó Overing, extendiendo un brazo en un gesto amplio—: vestuarios, personal, instalaciones.

Mientras hablaba, su mirada se detuvo un instante en mis manos, que aferraban nerviosamente el borde de mi capa.

Sentí un pequeño escozor, como si viera algo más allá de la tela.

Luego, con un parpadeo, la expresión volvió a ser de impasible cortesía.

Después del banquete, nos retiramos a descansar.

En el camerino, Milena se acercó con timidez.

—Mi joven Lucian… le compré un regalo.

Me gustaría que lo usara algún día.

Abrí la caja.

Era una máscara hermosa.

Tenía detalles únicos y un color vivo que capturaba la luz, muy diferente a mi vieja y austera máscara.

Esa que usaba en cada actuación, mi refugio.

—Espero que le guste —dijo Milena, con una leve preocupación en su voz—.

Me pareció…

diferente a las que suele usar.

Más…

viva.

Mi vieja máscara era el refugio de Lucian Vacarut.

Esta…

esta podía ser la cara de mi otra yo.

—La usaré en Bustina —le dije, mi decisión más rápida de lo que esperaba.

Era un regalo de Milena, y quizás, una señal.

Milena sonrió, un brillo de orgullo en sus ojos.

—Ahora descanse.

Yo iré a coordinar al elenco y preparar su acto.

Permítame el guion para que todos repasen sus líneas.

Pero negué con la cabeza.

—No.

Quiero dirigir personalmente los ensayos.

La semana de prácticas fue un caos.

Había confusión.

Algunos actores olvidaban sus líneas.

Otros improvisaban demasiado.

Y el mayor problema… Nadie podía interpretar a Venid.

Nadie lograba capturar su esencia, su fuego en calma.

No sabía qué hacer.

Hasta que tuve una idea.

Miré a Milena, que observaba los ensayos con una mezcla de fascinación y frustración.

—Milena… esta es tu oportunidad.

—Mi voz, apenas un susurro, se elevó por encima del murmullo del escenario—.

Recuerda lo que hablamos en el viaje.

Le entregué una peluca rubia y ondulada, que recordaba al cabello de Venid.

—Póntela.

Serás parte de la obra.

Milena retrocedió, nerviosa, sus ojos bien abiertos.

—Mi joven Lucian… yo soy su asistente, no una actriz.

Tomé sus manos, sintiendo la ligera temblorina.

—Confía en mí.

Darás vida al personaje más importante de esta escena.

Sé que puedes hacerlo.

Respiré profundo.

—Bien.

Preparados.

Repaso veinticinco.

¡La Venid entra ahora!

Milena apareció en el escenario.

Cuando lo hizo, fue como si el aire cambiara, como si la tela del tiempo se rasgara.

No vi a mi asistente; vi a Venid.

Sus gestos, la curva de su sonrisa, un brillo en sus ojos… Mi corazón dio un vuelco, un frío y un calor al mismo tiempo me recorrieron.

Por un instante fugaz, el escenario no era el teatro de Bustina, sino el pasado que había intentado enterrar.

¿Era Milena un eco?

¿O era mi mente, hambrienta de su sombra, proyectándola donde no estaba?

Actuó de forma magnífica.

Cada gesto… cada sonrisa… Por un momento, sentí que estaba viéndola a ella.

A la verdadera Venid.

Después del ensayo, Milena estaba exhausta, pero su rostro irradiaba una mezcla de euforia y asombro.

Le serví una taza de té.

Ella se sonrojó, intentando tomarla.

—Mi joven… no.

Yo soy su asistente.

Déjeme servirle.

Sonreí.

—Milena, hoy no.

Hoy eres una igual.

Una colega.

Bebí un sorbo de té y continué.

—¿Sabes?

Alguien me dio una oportunidad como esta.

Y yo no la desaproveché.

No rechaces las oportunidades… sobre todo frente a mí.

Todo estaba listo para la presentación.

Pero yo tenía miedo.

Porque actuar significaba recordar.

Sentir.

Reviviendo cada momento.

El telón estaba a punto de abrirse, un velo entre mi presente y el abismo que me esperaba.

Entonces, el miedo…

el miedo a sentir demasiado, desató una avalancha.

Como un relámpago, una luz en mi memoria.

Era el carruaje de Venid.

La gente saludaba con cariño cuando lo veía pasar.

Ella respondía con una sonrisa dulce.

Ese gesto siempre me hacía pensar.

Una vez me dijo: —Escucha, joven Lucian.

Cada persona es hermosa si sabes ver su esencia.

Eso no se ve con los ojos.

Se ve con el corazón.

Luego continuó: —Nunca olvides algo.

No eres superior a nadie.

Eres igual.

Y como actor te debes a tu público.

Respétalo.

Ámalo… como si fueras tú mismo.

El viaje con ella fue corto, pero lleno de historias.

Narraba los lugares que había conocido.

Hasta que dije algo, sin pensar.

—Mi lady Venid… ¿usted nunca tuvo hijos?

El silencio fue inmediato, cortante.

Ella no miró el cielo.

Su mirada se clavó en mí por un instante gélido, profundo, como si hubiera cruzado una línea invisible.

Una tristeza inmensa, casi una ira contenida, brilló en sus ojos antes de ser sellada.

—Joven Lucian… por favor, ayude a descargar las cajas —dijo, su voz plana, sin emoción, apartando la mirada.

No había tristeza en ella ahora, solo un muro impenetrable—.

Y tenga cuidado con las máscaras.

Son un símbolo.

Luego añadió, casi en un susurro, mientras se alejaba, dejando un rastro de frialdad: —Este mundo… da muchas sorpresas, y no todas son para aplaudir.

Pero ese día… fue la semilla de este.

Y ahora, mientras el telón temblaba y la vieja máscara pesaba en mi mano, una voz en mi mente susurraba un lamento antiguo, un eco de mi propia lucha.

Era el mantra de mi condena.

Tenebrae me capiunt, libera me, lucem videre cupio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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