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Codex morte el arte de la gula - Capítulo 6

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  3. Capítulo 6 - 6 El secreto de la actriz
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6: El secreto de la actriz 6: El secreto de la actriz Después de descargar, limpiar, organizar y preparar todo, estaba muy cansado.

Esa misma noche, Venid tendría su presentación.

Todos deseaban verla; era un deleite mirarla, como contemplar a un ángel caminando sobre la tierra.

De pronto llegó Lumiere y me dijo: —¿No estás tomándolo en serio, Lucian?

No es momento de relajarse.

Verás, Venid es increíble… pero hace algunos años su brillo se apagó.

Eran épocas diferentes y ella apenas era una actriz nueva en el arte, así que no era tan conocida como hoy en día.

No puedo decirte qué cambió en ella, está prohibido.

Ella misma lo ordenó.

Pero te pido un favor: si deseas conocer la verdad oculta de Venid, mira su actuación de esta noche.

No pierdas ni el más mínimo detalle… y entenderás.

Aquella tarde observé los ensayos de Venid y de su equipo.

Sus movimientos fluían como agua, sus expresiones hablaban más que cualquier palabra.

Era como si el aire mismo se moviera al compás de su actuación.

No necesitaban hablar; sus movimientos y expresiones eran como una melodía silenciosa.

Me acerqué para darle un pañuelo para que secara su rostro.

Ella sonrió y me dijo: —Lucian, mira el cielo y dime qué ves.

No comprendí la pregunta.

—Solo veo nubes… y el brillo del sol.

Venid sonrió de nuevo.

—Ay, Lucian… si comprendieras lo que yo veo, entenderías muchas cosas.

Pero bueno, prepara todo.

Esta noche debe ser especial.

Y así fue.

Trabajamos duro para que cada detalle estuviera perfecto.

Cada objeto en su lugar.

Estaba emocionado por verla en escena.

La noche llegó.

La luna brillaba en cuarto menguante.

Y la obra comenzó.

“El dolor de una madre”.

Venid estaba sentada en una banca de madera, bella y sonriente.

En ese instante, llegó un hombre vestido como noble.

La miró, sacó una flor y se la ofreció.

Ella la sostuvo entre sus manos mientras los pétalos caían lentamente.

Después bailaron bajo la luna, mirándose fijamente.

Sin aviso, se separaron.

Venid apareció con un bebé envuelto en un manto rojo.

Danzaba con él en brazos mientras pétalos caían a su alrededor.

Belleza hecha movimiento, arte hecho carne.

El bebé creció y se convirtió en un niño que corría y admiraba todo a su alrededor.

Venid lo guiaba en un baile dulce, como si lo meciera, como si el mundo entero fuera solo ese pequeño momento entre los dos.

Pero todo cambió.

Venid tomó una máscara y se la colocó.

El silencio surgió de repente.

Ella quedó en las sombras mientras la gente la miraba y aplaudía.

En ese instante, apareció el niño, con hambre.

Bailando, se acercó a un vendedor de pan.

Tomó un pan y huyó.

El vendedor lo vio y gritó lleno de ira.

Un soldado apareció y tomó al niño.

El pan seguía en su mano… y el dolor en su rostro.

Venid intentó llegar hasta él, pero no se lo permitieron.

Luego apareció un juez.

Señaló al niño.

Y apareció un verdugo.

Todos quedaron en silencio.

El verdugo alzó el hacha.

Sin aviso, una esfera rodó por el suelo.

Y el niño ya no volvió a levantarse.

Venid se recostó junto al pequeño.

Su máscara ahora era de tristeza.

Todos formaron un círculo.

La obra terminó.

Yo me quedé sin palabras.

Mi pecho se contrajo como si alguien me apretara las costillas.

El aire se volvió pesado, difícil de tragar.

Tragué una saliva amarga, y en ese instante recordé la mirada seria de Lumiere: “Mira su actuación y entenderás.” Ahora sí, sentía que cada detalle que había visto quemaba en mis ojos.

¿Ese era el secreto de Venid?

¿Era real… o solo su obra?

¿Por qué me había pedido que no perdiera ni un solo detalle?

Cuando todo terminó me acerqué a ella.

Me pidió que la dejara sola.

Su rostro ya no era el de una actriz… era el de una madre triste y solitaria.

Me retiré lentamente, mis pasos resonando en los pasillos vacíos.

El peso de la escena me hundía cada vez más, pero debajo de todo, una fiebre oscura empezó a extenderse por mi cuerpo.

El hambre.

Era hora de alimentar al ser que vive dentro de mí.

Salí a cazar.

Entre las sombras sentí que alguien me vigilaba.

Encontré a un hombre que antes había robado las pertenencias de una dama.

Lo confronté, tratando de contener lo que llevaba dentro.

Intentó herirme con un cuchillo, arañándome el brazo hasta hacer salir la sangre.

Intenté retroceder, cerrar los ojos, pero el sabor metálico en el aire hizo que mi cuerpo respondiera por sí solo.

Sentí cómo mis manos se aferraban a él a pesar de mi voluntad, cómo la resistencia en sus músculos se desvanecía poco a poco.

No fue rápido.

Fue un combate interno más que físico.

Lo devoré.

Era espantoso.

Odiaba hacerlo, pero era necesario.

Era casi como respirar, pero cada respiración me arrancaba un poco más de lo que quedaba de mí.

No estaba orgulloso.

Y entonces apareció.

Me miró con ojos llenos de asco, aprietando la empuñadura de su espada hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Ser maldito.

He venido por ti.

Esa mirada de asombro me perturba.

¿Acaso no sabes quién soy?

Pues te lo recordaré.

Su voz tembló apenas al pronunciar las palabras: Soy Marcus Valerius, hijo del hombre que hace mucho tiempo devoraste en ese bosque.

Era mi padre.

Y ahora, bajo la gloriosa Orden de la Toga Blanca, serás arrestado y llevado a juicio.

Hizo una pausa y desenvainó su espada, su rostro tenso por la rabia que intentaba contener.

—Pero la orden dice: vivo o muerto.

Se lanzó hacia mí.

Su espada cortó el aire con un silbido, alcanzando mi hombro antes de que pudiera reaccionar.

Me defendí con lo poco que me quedaba de fuerzas, desviando el siguiente golpe con mi brazo, sintiendo cómo el metal raspaba mi piel.

Ni él ni yo notamos que Venid me había seguido.

No sé cuánto vio.

Pero ella golpeó a mi agresor con su bastón justo cuando su espada estaba a punto de caer sobre mí, y gritó: —¡Ven, Lucian!

¡Ahora!

¡No pierdas tiempo!

Corrí junto a ella mientras el telón descendía lentamente detrás de nosotros, cubriendo la escena.

Los aplausos seguían sonando, ahora como un eco lejano que parecía pertenecer a otro mundo.

Pensé: ¿Es mi recuerdo… o el papel que he aprendido a interpretar?

¿Ser o no ser?

Ya no puedo diferenciar dónde termina el mundo de la obra y comienza el de la bestia que llevo dentro.

Más tarde, cuando ya estábamos en el camarín, Milena llegó sonriendo.

—Estaba nerviosa, pero todo salió muy bien —decía—.

Prepárese, joven Lucian.

Pronto tendremos que presentar el acto cuatro de su obra.

Yo solo quería que todo fuera un sueño.

Que cada cosa fuera inventada.

Para calmar mi dolor.

Pero el espectáculo… El monstruo… debe continuar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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