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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 10

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  3. Capítulo 10 - 10 10- El rugido en la arena
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10: 10- El rugido en la arena.

10: 10- El rugido en la arena.

La puerta de hierro se elevó con un chirrido metálico que recorrió la espina dorsal de Hipo.

Del otro lado, dos ojos amarillos brillaron en la penumbra.

Luego, una forma maciza comenzó a moverse.

Escamas grises como roca volcánica.

Alas cortas pero anchas.

Un cuerpo rechoncho que se movía con una lentitud engañosa.

—Gronckle —susurró Pata de Pez, ajustándose con cuerpo temblorosos—.

Clase roca.

Escupe bolas de lava fundida.

Altamente territorial.

Muy…

—¡Cállate, enciclopedia!

—le espetó Patán, blandiendo su hacha con una mano—.

¡No necesito saber cómo se llama para saber cómo se mata!

El Gronckle rugió.

No era un rugido feroz como los de las pesadillas.

Era más bien un gruñido profundo, como una piedra rodando cuesta abajo.

Pero las bolas de lava que comenzaron a brillar en su garganta…

esas sí eran aterradoras.

—¡A las barricadas!

—gritó Bocon desde el borde de la arena, su garfio brillando bajo el sol—.

¡Vamos, escuálidos!

¡Muéstrenme que no crié cobardes!

Los jóvenes corrieron a cubrirse detrás de las barricadas de madera.

Astrid fue la primera, moviéndose con una agilidad felina.

Los gemelos la siguieron, riéndose como si estuvieran en un juego.

Patán fue el tercero, tropezando con su propio hacha.

Hipo se quedó un segundo más.

Miró al Gronckle.

Lo miró a los ojos.

Y sintió algo extraño.

“No es malo”, dijo Leo en su mente.

“Solo tiene miedo.

Y hambre.” —¿Cómo lo sabes?

“Porque lo veo.

Igual que viste a Chimuelo.

No hay maldad en sus ojos.

Solo instinto.” —¡HIPO, MUÉVETE!

—el grito de Astrid lo sacó de su trance.

Hipo corrió.

Justo a tiempo.

Una bola de lava impactó contra el suelo donde había estado parado, fundiendo la piedra en un círculo humeante.

—¡Estás loco!

—le espetó Astrid cuando se refugió detrás de la misma barricada que ella—.

¿Te querías quedar mirando?

—Es…

es más bonito de cerca —dijo Hipo, sin saber bien por qué.

Astrid lo miró como si acabara de decir la cosa más estúpida del mundo.

“Bonito no es la palabra”, comentó Leo.

“Imponente.

Aterrador.

Fascinante.

Pero bonito…” —Cállate —murmuró Hipo.

—No te he dicho nada —respondió Astrid, confundida.

—No iba por ti.

El Gronckle avanzó.

Sus alas cortas no le permitían volar bien, pero en el suelo era una mole imparable.

Las barricadas de madera crujían bajo su peso.

Los jóvenes retrocedían, perdiendo terreno.

—¡Flanqueenlo!

—ordenó Patán, señalando con su hacha—.

¡Astrid, por la izquierda!

¡Gemelos, por la derecha!

¡Hipo…

tú quédate atrás y no estorbes!

—Como siempre —murmuró Hipo.

“No le hagas caso”, dijo Leo.

“Tú sabes más que él.

Solo que aún no sabes que lo sabes.” —Eso no tiene sentido.

“Bienvenido a mi mundo.” Astrid atacó primero.

Su hacha de batalla describió un arco plateado en el aire y se clavó en el lomo del Gronckle.

Pero las escamas del dragón eran demasiado gruesas.

El golpe ni siquiera lo inmutó.

—¡Es inútil!

-gritó ella, saltando hacia atrás para evitar una embestida-.

¡No podemos atravesar su piel!

—¡Las alas!

—gritó Pata de Pez desde atrás—.

¡Las alas son más débiles!

—¡Eso no me sirve si no puedo alcanzarlas!

-respondió Patán, que medía apenas un palmo más que el lomo del dragón.

El Gronckle giró.

Sus ojos amarillos recorrieron a los jóvenes.

Y entonces, por alguna razón, se detuvo en Hipo.

—¿Por qué me mira?

-susurró Hipo.

“Porque no corres.

Porque no gritas.

Porque no levantas un arma contra él.

Eres diferente.” —¿Diferente o estúpido?

“A veces son la misma cosa.” El Gronckle dio un paso hacia Hipo.

—¡Hipo, sal de ahí!

—gritó Astrid.

Pero Hipo no se movió.

Se quedó quieto.

Con las manos vacías.

Mirando al dragón a los ojos.

Y entonces, sin saber por qué, habló.

—Tranquilo —dijo, con la voz más suave de lo que creía posible—.

No te vamos a hacer daño.

El Gronckle inclinó la cabeza.

El mismo gesto.

El mismo gesto que Chimuelo había hecho la noche anterior.

—No estamos aquí para matarte —continuó Hipo, dando un paso adelante—.

Solo…

solo queremos que te vayas.

Que dejes de robarnos las ovejas.

—¿Qué estás haciendo?

—preguntó Patán, confundido.

—¡Cállate!

—le espetaron los gemelos al unísono, fascinados.

El Gronckle abrió la boca.

Una bola de lava comenzó a formarse en su garganta.

—Hipo…

—advirtió Leo.

—Lo sé.

—¡HIPO!

—gritó Astrid.

—¡No disparen!

—ordenó Hipo, alzando una mano—.

¡No ataquen!

Y entonces, algo increíble sucedió.

El Gronckle cerró la boca.

La bola de lava se apagó.

Y el dragón…

dio un paso atrás.

—Se está retirando —susurró Pata de Pez, con los ojos como platos—.

Los Gronckles no se retiran.

Son territoriales.

Son agresivos.

Son…

—Son como cualquier ser vivo —lo interrumpió Hipo—.

Tienen miedo.

Y hambre.

Y cuando no ven una amenaza…

no atacan.

El Gronckle emitió un sonido.

No era un rugido.

Era un gemido.

Casi lastimero.

Y entonces, sin previo aviso, desplegó sus alas cortas y se elevó torpemente por encima de las murallas de la arena, de vuelta a la jaula.

Silencio.

Los jóvenes se miraron entre ellos.

—¿Qué…

qué acaba de pasar?

—preguntó Brutilda, parpadeando.

—Hipo habló con un dragón —dijo Pata de Pez, con la voz temblorosa—.

Y el dragón lo escuchó.

—Eso es imposible —bufó Patán—.

Los dragones no escuchan.

Solo queman y matan.

—Este no quemó ni mató —señaló Astrid, y su mirada se posó en Hipo con una intensidad nueva—.

Se fue.

Porque él le pidió que se fuera.

Hipo sintió el peso de todas las miradas.

Sintió la confusión.

La curiosidad.

El principio de algo que no sabía cómo nombrar.

“Bien hecho”, dijo Leo.

“No cambiaste el mundo hoy.

Pero moviste una pieza.

Y eso es suficiente.” —¿Qué soy?

—susurró Hipo, para sí mismo, para Leo, para nadie más.

“Eres Hipo Abadejo III.

El que habla con dragones.

El que cambia las reglas.

El que…” —¡Eso fue suerte!

—la voz de Estoico retumbó desde lo alto, cortando el momento—.

¡Suerte de principiante!

Los dragones no se domestican con palabras.

Se doman con fuerza.

Y ustedes aún no tienen ninguna.

Hipo levantó la vista hacia su padre.

Estoico lo miraba.

Pero no con el desprecio de siempre.

Había algo más en sus ojos.

Algo que Hipo no sabía identificar.

—Mañana —continuó Estoico, dirigiendo sus palabras a todos los jóvenes—, zarparé con la flota hacia el oeste.

Buscaremos la isla de la Muerte Roja.

Pondremos fin a esto de una vez.

—¿Todos los guerreros?

—preguntó Bocon.

—Todos los que puedan empuñar un hacha.

Tú te quedas, Bocon.

Alguien tiene que cuidar la aldea mientras no estoy.

Bocon asintió, aunque su rostro mostraba preocupación.

—¿Y los jóvenes?

—preguntó Astrid.

—Los jóvenes se quedan —respondió Estoico—.

Y entrenan.

Cuando regrese, quiero verlos convertidos en guerreros.

No en…

—su mirada se posó en Hipo un instante—.

No en lo que sea que pasó hoy.

Estoico se dio la vuelta y abandonó la plataforma.

Los jóvenes se quedaron en silencio.

—Se van —dijo Pata de Pez, con la voz pequeña—.

Todos se van.

Nos dejan solos.

—Solos con los dragones —añadió Brutacio, y por primera vez no sonaba divertido.

—Solos con todo —murmuró Astrid.

Hipo sintió a Leo tensarse dentro de su cabeza.

“Esto no estaba en la historia original”, dijo Leo, y su voz sonaba extraña.

“En la original, el entrenamiento ocurría mientras tu padre estaba aquí.

No después de que se fuera.

Esto es nuevo.

Esto es…

cambio.” —¿Cambio bueno o malo?

—preguntó Hipo en voz baja.

“No lo sé.

Pero significa que el futuro que yo conozco ya no existe.

A partir de ahora…

vamos a ciegas.

salvo unas pocas que no se pueden cambiar” Hipo apretó los puños.

—Siempre he ido a ciegas.

No es nada nuevo.

Astrid se acercó a él cuando los demás ya se dispersaban.

—Hipo —dijo, y su voz no era la misma de antes.

Era más…

humana—.

Lo de hoy.

El Gronckle.

¿Cómo lo hiciste?

—No lo sé —respondió Hipo, y fue sincero—.

Solo…

lo miré.

Y supe que no quería pelear.

Astrid lo observó un largo momento.

—Eres raro —dijo al fin.

—Lo sé.

—Pero quizá…

—hizo una pausa—.

Quizá no sea malo.

Se dio la vuelta y se fue, dejando a Hipo solo en el centro de la arena.

“Creo que le gustas”, dijo Leo.

—No digas estupideces.

“Es biología, no estupideces.

La adrenalina del combate, la vulnerabilidad compartida, el…” —Leo.

“¿Sí?” —Cállate.

“Está bien.

Pero cuando os caséis, quiero que sepas que yo lo predije.” Hipo rió.

A pesar de todo.

A pesar del miedo.

A pesar de la incertidumbre.

Rió.

Y por un momento, el mundo no pareció tan oscuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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