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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 9

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  3. Capítulo 9 - 9 9- El Eco en el gran salon
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9: 9- El Eco en el gran salon 9: 9- El Eco en el gran salon El fuego crepitaba en el centro del Gran Salón, lanzando sombras danzantes sobre las paredes de madera y piedra.

Las cabezas de dragones disecados colgaban de las vigas como trofeos mudos, testigos de generaciones de guerra.

El gran salón es enorme como si fueran dos campos de futbol con tallados de dioses y leyendas en las paredes junto a estatuas de guerreros.

Y abajo, los vikingos de Berk rugían.

—¡Ya es suficiente!

—bramó Paton jorgenson padre de patan, golpeando la mesa con su puño—.

¡Cada ataque perdemos más Estoico!

—¡Las murallas del oeste están hechas trizas!

—secundó Phlegma la Feroz, su único ojo brillando con furia—.

¡Si no reconstruimos antes del próximo ataque…

—¡El próximo ataque será igual que este!

—la interrumpió Estoico, levantándose de su asiento en la cabecera de la mesa.

El silencio cayó como un hacha.

El jefe de Berk recorrió con la mirada a sus guerreros.

Su barba enmarañada, sus hombros anchos, la cicatriz que le cruzaba la mejilla.

Todo en él gritaba autoridad.

Y también cansancio.

—Llevamos generaciones luchando contra los dragones —dijo, con la voz grave—.

Mis abuelos lucharon.

Mi padre luchó.

Yo he luchado.

Y mis hijos…

—hizo una pausa, y sus ojos buscó a Hipo, sentado al fondo, casi oculto entre las sombras—.

Mis hijos también lucharán si no encontramos otra forma.

-¿Otra forma?

-resopló Paton-.

¿Como cuál?

¿Hacerles una ofrenda de ovejas?

-¡Ovejas no!

-gritó otro-.

¡Que se lleven a los flacos!

Algunas risas ásperas recorrieron la mesa.

Hipo sintió el peso de las miradas.

No todas hostiles.

Pero tampoco amables.

“Tu padre te está buscando con la mirada”, susurró Leo en su mente.

“Creo que quiere que digas algo.” -No tengo nada que decir que quieran escuchar -murmuró Hipo, casi sin mover los labios.

“El diseño de la catapulta.

El ángulo corregido.Alguna frase inspiradora de no rendirse, Eso es algo.” -No es el momento.

“¿Cuándo va a ser el momento, Hipo?

¿Cuando vuelvan a atacar?” Hipo apretó la mandíbula.

Leo tenía razón.

Pero decirlo en voz alta, frente a todos, frente a su padre…

-¡Hipo!

-la voz de Estoico retumbó en el salón, y todos los vikingos giraron la cabeza hacia el rincón donde estaba sentado-.

¿Tú que opinas?

Pasaste todo el día en esa torre.

¿Viste algo útil?

Hipo tragó saliva.

Sintió las palmas sudorosas.

Sintió el eco de la voz de Leo dentro de su cabeza, animándolo.

—Vi…

—comenzó, y su voz sonó más débil de lo que quería.

Tosió.

Enderezó la espalda—.

Vi que los dragones no atacaban al azar.

Tenían formación.

Alguien los dirige.

-Eso ya lo sabemos -bufó Patán-.

La Muerte Roja.

-Pero si alguien los dirige -continuó Hipo, ganando confianza-, entonces no son solo bestias.

Son…

son un ejército.

Y los ejércitos tienen debilidades.

Estoico arqueó una ceja.

-¿Y cuál es la debilidad de un ejército de dragones, hijo?

Hipo dudó.

Su mente buscó las palabras.

Y entonces, desde dentro, Leo le susurró algo.

-La cadena de mando -dijo Hipo, como si le hubieran prestado la frase-.

Si la Muerte Roja es quien los controla…

entonces sin ella, los demás dragones no sabrían qué hacer.

Silencio.

Los vikingos se miraron entre ellos.

Algunos fruncieron el ceño.

Otros asintieron lentamente.

-Eso es teoría -dijo Bocon, el herrero, apoyando su garfio sobre la mesa—.

Pero para llegar a la Muerte Roja, primero hay que pasar por cientos de dragones.

Es imposible.

-Nada es imposible -respondió Estoico, y su mirada se posó en Hipo un momento más de lo habitual-.

Pero necesitamos un plan.

Y necesitamos guerreros.

No inventores.

El golpe fue sutil, pero Hipo lo sintió como una daga.

“No le hagas caso”, dijo Leo.

“Está asustado.

No sabe cómo protegerte y liderar al mismo tiempo.” -No le hago caso -mintió Hipo.

Pero sus manos temblaban bajo la mesa.

La reunión terminó entrada la noche.

No hubo decisiones firmes.

Solo promesas de reforzar las murallas, entrenar más duro, estar preparados.

Los vikingos se fueron dispersando hacia sus casas, algunos tambaleándose por el hidromiel, otros arrastrando los pies por el cansancio.

Hipo se quedó el último.

Como siempre.

-Hipo -la voz de Estoico lo detuvo cuando ya iba hacia la puerta-.

Acércate.

Hipo obedeció.

Caminó hacia la mesa donde su padre seguía sentado, con una jarra de hidromiel en la mano y el ceño fruncido.

—Lo de hoy…

—comenzó Estoico, y pareció buscar las palabras-.

Lo de la torre.

No disparaste.

-No tuve un tiro claro -repitió Hipo la mentira.

-Mientes -dijo Estoico, y sus ojos lo perforaron—.

He sido guerrero toda mi vida.

Sé cuándo alguien duda.

No disparaste porque no quisiste hacerlo.

Hipo abrió la boca para negarlo.

Pero no salió ninguna palabra.

—No sé qué te pasa, hijo —continuó Estoico, y su voz perdió algo de dureza—.

Desde anoche estás raro.

Distinto.

Como si…

como si hubieras visto algo que no me estás contando.

“No le digas lo de Chimuelo”, advirtió Leo.

“No está listo.” —He estado pensando -dijo Hipo, evadiendo-.

En los dragones.

En por qué atacan.

En si hay otra forma…

—No hay otra forma -cortó Estoico, y la dureza volvió a su voz—.

Los dragones nos atacan porque es su naturaleza.

Porque somos presas.

Porque mientras haya una oveja en Berk, vendrán a llevársela.

-¿Y si no fuera solo por las ovejas?

-preguntó Hipo, y esta vez su voz no tembló—.

¿Y si hubiera algo más?

¿Algo que los obliga?

Estoico lo miró largo rato.

-Eres inteligente, Hipo.

Demasiado para tu propio bien.

Pero la inteligencia no mata dragones.

La fuerza sí.

Y tú…

—suspiró—.

Tú no tienes fuerza.

Las palabras cayeron como piedras.

Hipo sintió a Leo tensarse dentro de su cabeza.

Sintió el impulso de decir algo, de pelear, de demostrar que no era solo un flaco inútil.

Pero no lo hizo.

—Buenas noches, padre —dijo, y se dio la vuelta.

—Hipo…

—Buenas noches —repitió, y salió al frío.

La noche estaba despejada.

Las estrellas brillaban como miles de ojos blancos mirando desde arriba.

La nieve crujía bajo las botas de Hipo mientras caminaba hacia su casa.

“Lo siento”, dijo Leo al cabo de un rato.

“No debería haber…

no sé…

meterme.” -No te metiste.

Diste consejos.

Yo elegí seguirlos o no.

“Aun así.

Tu padre es…

complicado.” -Esa es una forma de decirlo.

“Pero no miente.

No del todo.” Hipo se detuvo.

Miró la luna.

-¿Qué quieres decir?

“Que no tienes fuerza.

Pero la fuerza no es solo músculo.

Es voluntad.

Es resistencia.

Es levantarte después de que te humillen y seguir intentándolo.

Y eso…

eso lo tienes.

A montones.

El musculo se puede entrenar, lo otro no.” Hipo sonrió.

Una sonrisa pequeña, triste.

-Gracias, Leo.

“De nada.

Ahora vamos a casa.

Mañana va a ser un día largo.” -¿Por qué?

“Porque tu padre va a poner a los jóvenes en entrenamiento.

Y tú vas a estar ahí.

Y vas a demostrarles a todos que no hace falta ser el más fuerte para ser el mejor.” Hipo arqueó una ceja.

-¿Entrenamiento?

¿En qué?

“En el arte de matar dragones.

Aunque tú…

tú vas a aprender algo muy distinto.” -¿El qué?

“A entenderlos.” La mañana llegó demasiado rápido.

Hipo apenas había dormido.

La imagen de Chimuelo, sus ojos morados, el roce de su hocico en su mano…

todo daba vueltas en su cabeza como una tormenta.

Cuando salió de su casa, el sol ya había despejado las nubes.

El frío seguía siendo intenso, pero el cielo azul prometía una tregua.

Y en el centro del pueblo, junto a la arena de entrenamiento, ya estaban reunidos los jóvenes.

—¡Apúrense, caracoles!

—gritó Patán, actuando como si ya fuera el líder del grupo—.

¡El entrenamiento comienza en cinco minutos!

Hipo reconoció las caras.

Astrid Hofferson, con su rubia trenza y su mirada de acero.

Patán, como siempre, fanfarroneando.

Los gemelos Brutacio y Brutilda, riéndose de algo que solo ellos entendían.

Y Pata de Pez, el más callado, aparentemente mas nervioso que Hipo.

—Hipo —dijo Astrid al verlo, y su voz no era cruel, pero tampoco cálida—.

¿Vas a entrar?

—-so parece -respondió Hipo, encogiéndose de hombros.

—No te lastimes —dijo ella, y se dio la vuelta.

“¿Esa es Astrid?” preguntó Leo.

“La que en la historia original…” —La misma —cortó Hipo—.

Y no empieces.

“No iba a empezar nada.

Solo decía que…

bueno, que es impresionante.

Y bastante guapa.” -Cállate.- Dijo pero se notaba algo embobado por Astrid “Cállate tú.

Que estoy dentro de tu cabeza.

Literalmente.” Hipo casi sonrió.

La arena de entrenamiento era una estructura imponente, excavada en la roca, con gradas de piedra para los espectadores y barricadas de madera en el centro.

Los jóvenes entraron uno tras otro, sintiendo el peso de la tradición sobre sus hombros.

Y en lo alto, en la plataforma del jefe, Estoico los observaba.

—¡Bienvenidos al entrenamiento!

—la voz de Bocon retumbó en la arena—.

Aquí aprenderán a matar dragones.

O al menos a no morir en el intento.

—¡Eso es tranquilizador!

—murmuró Hipo.

—¡Silencio!

—rugió Estoico, aunque sus ojos brilló con algo parecido a la diversión—.

Las reglas son simples.

Sobrevivan.

Aprendan.

Y no se quemen.

—¿No se quemen?

—preguntó Brutilda, levantando una ceja.

—Dije simples, no fáciles.- comento Estoico dandole la señal a Bocon quien abrió la puerta del gronckle La puerta de hierro se levantó con un chirrido.

Del otro lado, dos ojos amarillos brillaron en la oscuridad.

Y un rugido estremeció la arena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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