Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo
  3. Capítulo 12 - 12 12-El peso de un secreto
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: 12-El peso de un secreto.

12: 12-El peso de un secreto.

El sol apenas se filtraba entre las copas de los árboles cuando Hipo regresó a su casa.

Las piernas le temblaban.

No por el frío.

Por lo que había pasado.

Por lo que había tocado.

Por lo que ahora vivía dentro de su cabeza, más presente que nunca.

Chimuelo se había quedado dormido en la cueva, con la cabeza apoyada en sus propias patas, ronroneando como un gato enorme.

Hipo se había ido en silencio, sin despertarlo.

No quería romper el momento.

“Ha ido bien”, dijo Leo.

“Muy bien.

Demasiado bien.” —¿Eso es malo?

“No.

Solo…

no esperaba que fuera tan rápido.

En la historia original, pasaban semanas antes de que él confiara así.” -Quizá porque en la historia original le clave una catapulta en la cola —respondió Hipo, cerrando la puerta de su casa.

“…Punto válido.” Hipo se dejó caer en el banco.

El fuego estaba apagado, pero no tuvo fuerzas para encenderlo.

Se quedó allí, mirando el techo, con la mente dando vueltas.

—Leo…

“Dime.” —¿Crees que pueda montarlo?

Algún día.

“Sí.” —¿Cómo lo sabes?

“Porque en la historia original lo hiciste.

Y eso que empezaste con una desventaja enorme.

Esta vez…

esta vez vas por delante.” Hipo sonrió.

Una sonrisa pequeña, pero real.

—Nunca he ido por delante de nada.

“Siempre hay una primera vez.” El entrenamiento comenzó al mediodía.

El sol estaba alto, pero el frío seguía siendo implacable.

Los jóvenes se reunieron en la arena, con sus armas y sus miedos a cuestas.

Bocon los esperaba en el centro, con su garfio brillando y su única pierna firme sobre la piedra.

—¡A ver, escuálidos!

—rugió, golpeando el suelo con su muñón—.

Ayer tuvieron suerte con ese Gronckle.

Hoy no habrá suerte.

Hoy habrá sangre.

De ustedes o del dragón.

—¿Otra vez Gronckle?

—preguntó Patán, ajustándose el casco.

—¡Peor!

—Bocon señaló la puerta de hierro—.

Hoy toca…

¡Furia Mortal!

Los jóvenes palidecieron.

—Una Furia Mortal —susurró Pata de Pez, con la voz temblorosa—.

Escupe fuego líquido.

Es venenoso.

Y es la más rápida después de la…

—¡Cállate!

—le espetaron los gemelos al unísono.

Hipo sintió a Leo moverse dentro de su cabeza.

“Furia Mortal.

No recuerdo ese dragón en las películas.” —Es de las islas del sur —susurró Hipo—.

Mi padre dice que son peores que las Pesadillas Monstruosas.

“¿Y cómo se supone que la enfrenten?” —Con suerte.

La puerta se levantó.

Del otro lado, un dragón esbelto, de escamas verdes y amarillas, salió deslizándose como una serpiente.

Sus alas eran más largas que su cuerpo, y sus ojos…

sus ojos eran rojos.

Como brasas.

Y escupió.

Un chorro de fuego líquido impactó contra la barricada de madera, derritiéndola al instante.

Los jóvenes corrieron a cubrirse detrás de las rocas.

—¡Flanqueenla!

—gritó Astrid, blandiendo su hacha—.

¡Es rápida pero no resiste golpes!

—¡Tú flanquéala!

—respondió Patán, retrocediendo—.

¡Yo la distraigo!

—¿Distraer?

¿Cómo?

—¡Así!

Patán cogió una piedra del suelo y la lanzó contra el dragón.

La piedra rebotó en su lomo sin hacerle daño.

La Furia Mortal giró la cabeza lentamente hacia él.

Y sonrió.

Los dragones no sonreían.

Pero ese…

ese sí.

—Corre —dijo Brutacio.

—¡CORRE!

—gritó Brutilda.

Patán corrió.

La Furia Mortal lo persiguió, escupiendo fuego a su paso.

Las piedras se derretían.

El suelo se volvía vidrio.

El calor era abrasador.

—¡Hipo!

—gritó Astrid—.

¡Haz algo!

—¿Yo?

¿Qué puedo hacer yo?

“El fuego líquido”, dijo Leo rápido.

“En la historia original…

no, espera.

Eso no es de la película.

Pero las Furias Mortales tienen una glándula en el cuello.

Si la golpeas, se desorientan.” —¿Cómo lo sabes?

“National Geographic.

Décima temporada.

Confía en mí.” Hipo no tuvo tiempo de preguntar qué era National Geographic.

Corrió.

No hacia atrás.

Hacia adelante.

—¡HIPO, ESTÁS LOCO!

—gritó Bocon.

Hipo ignoró el grito.

Se deslizó por el suelo, esquivando un chorro de fuego por centímetros.

Rodó.

Se puso de pie justo detrás del dragón.

Y golpeó.

Su daga no era grande.

Pero encontró el punto exacto que Leo le había descrito.

La base del cuello.

Una hendidura entre las escamas.

La Furia Mortal emitió un chirrido agudo.

Sus ojos rojos se nublaron.

Dio dos pasos torcidos y se desplomó sobre su costado.

Silencio.

Los jóvenes lo miraron boquiabiertos.

—¿Cómo…?

—empezó Astrid.

—No lo sé —mintió Hipo—.

Instinto.

“Bien hecho”, dijo Leo.

“Nunca pensé que los documentales me salvarían la vida dentro de la cabeza de un vikingo.” —Cállate —murmuró Hipo.

—No te he dicho nada —respondió Astrid, otra vez confundida.

—No iba por ti.

Bocon se acercó al dragón inconsciente.

Lo observó.

Lo pateó con su muñón para asegurarse de que no se moviera.

—Bien —dijo al fin, y su voz era extraña.

Como si no quisiera admitirlo—.

No estuvo mal.

—¿No estuvo mal?

—Patán señaló a Hipo con el hacha—.

¡Le pegó en el cuello y se cayó!

¡Eso no es entrenamiento, es suerte!

—La suerte también se entrena —respondió Bocon—.

Y ustedes tienen mucho que entrenar.

¡A recoger!

Los jóvenes se dispersaron.

Astrid se acercó a Hipo cuando los demás no miraban.

—Eso de ahí —dijo, señalando su daga—.

¿Cómo supiste dónde golpear?

—Te lo dije.

Instinto.

—Mientes.

Hipo la miró a los ojos.

Astrid no parpadeó.

—Todos tenemos secretos —dijo Hipo al fin—.

Los tuyos no te los pregunto yo.

Astrid apretó la mandíbula.

Se dio la vuelta y se fue.

“Tensa”, comentó Leo.

—Como un arco antes de disparar.

“Cuidado con esa.

En la historia original, es tu…” —Ya sé lo que es.

No hace falta que lo digas.

“…Está bien.

Pero cuando os caséis…” —LEO.

Esa noche, Hipo volvió al bosque.

Chimuelo estaba en la entrada de la cueva, esperando.

Como si supiera que iba a volver.

—Hola —dijo Hipo, levantando la mano vacía—.

No traje pescado.

Se me olvidó.

El dragón inclinó la cabeza.

No parecía molesto.

“Mañana tráele más”, sugirió Leo.

“Y algo más.” —¿Cómo qué?

“Piedras.

Los Gronckles comen piedras.

Son como…

su digestivo.” —¿Piedras?

¿Los dragones comen piedras?

“Algunos.

Los Gronckles sí.

Y a Chimuelo…

bueno, en la historia original le gusta el pescado aunque odia la anguila la mayoria de dragones les da miedo o desagrado, se enferman por un tipo de anguila.” —Piedras es más fácil —admitió Hipo.

Chimuelo se acercó.

Apoyó su enorme cabeza en el hombro de Hipo.

El peso era enorme, pero Hipo no cayó.

Se mantuvo firme.

—Vamos a necesitar un plan —dijo Hipo, acariciando las escamas negras—.

Mi padre va a volver.

Y cuando vuelva…

“Cuando vuelva, tendrás que elegir.

Entre lo que siempre has querido ser…

y lo que realmente eres.” —¿Y qué soy realmente?

“Todavía no lo sé.

Pero Chimuelo sí.

Por eso está aquí.” Hipo miró al dragón.

Los ojos morados lo miraban con una calma que no merecía.

O quizá sí.

Quizá la merecía desde el principio.

Y solo había tardado quince años en encontrarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo