Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 13-El plan de piedras
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13: 13-El plan de piedras 13: 13-El plan de piedras Los días siguientes se convirtieron en una rutina extraña.
Por las mañanas, entrenamiento en la arena.
Bocon los ponía contra todo tipo de dragones: Gronckles, Furias Mortales, cremallerus, incluso un Nadder Mortal que escupía fuego y tira espinas como proyectiles.
Hipo seguía las instrucciones de Leo, golpeando puntos débiles que ningún vikingo conocía, esquivando ataques que parecían inevitables.
Los jóvenes empezaron a mirarlo con otros ojos.
No todos.
Patán seguía llamándolo “flaco” y “suerte de principiante”.
Pero Astrid…
Astrid lo observaba.
En silencio.
Como si intentara descifrar un acertijo.
Y por las noches, Hipo volvía al bosque.
Chimuelo siempre estaba allí.
Esperando.
Como si supiera el minuto exacto en que Hipo terminaría su cena y escaparía de la aldea.
—Traje pescado —dijo Hipo una noche, levantando un bacalao humeante—.
Y piedras.
Chimuelo olfateó el pescado.
Lo tomó con un movimiento rápido y lo engulló entero.
Las piedras las ignoró por completo.
“Ya te lo dije”, comentó Leo.
“Los Furias Nocturnas no comen piedras.
Eso son los Gronckles.” —Entonces ¿por qué me hiciste traerlas?
“Porque mañana en el entrenamiento…
vas a necesitarlas.” Hipo arqueó una ceja.
—¿Para qué?
“Para el Gronckle.
En la película original, tú le diste piedras a uno para ganarte su confianza.
Aquí no has derribado a Chimuelo, pero el Gronckle sigue siendo el mismo.” —¿Y eso me servirá de algo?
“Confianza, Hipo.
Se construye poco a poco.
Con personas.
Con dragones.
Con todo.” Hipo miró las piedras en su mano.
Pequeñas.
Grises.
Insignificantes.
—Son solo piedras.
“Las mejores cosas suelen empezar siendo pequeñas.” A la mañana siguiente, Bocon anunció el entrenamiento con una sonrisa torcida.
—¡Hoy toca revancha!
—gritó, golpeando la barricada con su garfio—.
¡El mismo Gronckle de la primera vez!
¡A ver si pueden repetir la gracia!
Los jóvenes murmuraron.
El Gronckle había sido fácil la primera vez porque Hipo lo había “hipnotizado” con palabras.
Pero eso había sido suerte.
Todos lo sabían.
—¿Crees que vuelva a funcionar?
—preguntó Pata de Pez, ajustándose el cinturón.
—No lo sé —respondió Hipo.
“Funcionará”, dijo Leo.
“Pero no con palabras.
Con piedras.” La puerta se levantó.
El Gronckle salió rugiendo.
Sus ojos amarillos recorrieron la arena, buscando presas.
Buscando comida.
—¡A las barricadas!
—ordenó Bocon.
Los jóvenes corrieron a cubrirse.
Pero Hipo se quedó quieto.
En el centro de la arena.
Con la mano extendida.
Y piedras en la palma.
—¡Hipo, sal de ahí!
—gritó Astrid.
Hipo no se movió.
El Gronckle lo miró.
Gruñó.
Dio un paso adelante.
—Tranquilo —dijo Hipo, con la voz suave—.
No quiero hacerte daño.
Traje algo para ti.
Dejó caer las piedras al suelo.
Un montoncito gris sobre la piedra blanca de la arena.
El Gronckle olfateó el aire.
Sus ojos amarillos se fijaron en las piedras.
Dio otro paso.
Otro.
Y luego, lentamente, bajó la cabeza.
Tomó una piedra con la lengua.
La masticó.
La tragó.
Y ronroneó.
—No lo puedo creer —susurró Pata de Pez.
—Está…
¿comiendo piedras?
—preguntó Brutilda, boquiabierta.
—Los Gronckles comen piedras —dijo Hipo, sin dejar de mirar al dragón—.
Es su digestivo.
Las necesitan para triturar la comida y para para la lava que lanzan.
—¿Cómo sabes eso?
—preguntó Astrid, saliendo de detrás de la barricada.
—He estado…
investigando.
“Miente bien”, dijo Leo.
“Pero no del todo.
Técnicamente, yo he estado investigando.
Y tú has estado escuchando.” —Cállate —murmuró Hipo.
—No te he dicho nada —respondió Astrid algo enfada por cada vez que le habla la calla.
—Ya lo sé.
El Gronckle terminó las piedras.
Miró a Hipo.
Y luego, con un movimiento lento, casi perezoso, se dio la vuelta y volvió a su jaula.
Sin atacar.
Sin escupir fuego.
Sin causar daño.
Bocon silbó.
—Bueno —dijo, rascándose la barba—.
Eso es nuevo.
—¿Nuevo?
—Patán golpeó su hacha contra el suelo—.
¡Eso es trampa!
¡No se vale darles de comer!
—¿Desde cuándo darle de comer a un dragón es trampa?
—preguntó Brutacio.
—¡Desde ahora!
—Cállate, Patán —dijo Astrid, y su mirada se posó en Hipo—.
Esto es…
interesante.
Hipo sintió el peso de su mirada.
Y el de Leo dentro de su cabeza.
“Te está mirando”, dijo Leo.
—Lo sé.
“No con odio.
Con curiosidad.” —También lo sé.
“Eso es bueno.” —¿Seguro?
“En la historia original, la curiosidad se convirtió en algo más.
Mucho más.” —Leo.
“¿Sí?” —No empieces.
“No empiezo nada.
Solo observo.
Y tomo notas.
Para la boda.” Hipo suspiró.
Astrid seguía mirándolo.
El Gronckle seguía ronroneando dentro de su jaula.
Y Bocon seguía rascándose la barba, sin saber muy bien qué pensar.
—¡Entrenamiento terminado!
—anunció al fin—.
¡Todos a casa!
¡Mañana más!
Los jóvenes se dispersaron.
Hipo se quedó el último, como siempre.
—Hipo —Bocon lo llamó cuando ya iba hacia la puerta—.
Una pregunta.
—Diga.
—Eso de las piedras.
¿Cómo lo supiste?
Hipo dudó.
Leo no dijo nada.
Esta vez, la respuesta tenía que salir de él.
—Lo leí —mintió—.
En un libro.
De dragones.
—¿Un libro?
—Bocon arqueó una ceja—.
¿Hay libros sobre dragones aparte de el nuestro?
—Este sí.
Habla de lo que comen.
De cómo se comportan.
De sus puntos débiles.
Bocon lo miró largo rato.
—Tráemelo mañana.
Quiero verlo.
—Está…
en mi casa.
Lo traeré.
Hipo salió de la arena con el corazón latiéndole rápido.
“No existe ese libro”, dijo Leo.
—Lo sé.
“¿Qué vas a hacer?” —No lo sé.
Pero tengo toda la noche para pensarlo.
“O podríamos…
no sé…
escribirlo.” Hipo se detuvo.
—¿Escribir un libro?
“Tú tienes el pergamino.
Yo tengo los conocimientos de los documentales de National Geographic y las películas.
Juntos…
podemos inventar el primer manual de dragones verdaderamente detallado de Berk.
Claro aunque el libro ded dragones tambien es util solo que aun no completo” —¿Y para qué?
“Para que cuando tu padre vuelva…
no tengas que explicar nada.
Solo darle el libro.
Y dejar que los hechos hablen por sí mismos.” Hipo sonrió.
—Eres un genio, Leo.
“Lo sé.
Tardaste en darte cuenta.” Esa noche, Hipo no fue al bosque.
Se quedó en su casa, con un pergamino nuevo y un trozo de carbón, escribiendo todo lo que Leo le dictaba.
Nombres.
Clases.
Alimentación.
Puntos débiles.
Puntos fuertes.
Y en la primera página, con letra temblorosa, escribió: “Manual de Dragones de Berk II.
Por Hipo Abadejo III…
y un amigo.” “¿Y un amigo?” preguntó Leo.
—No puedo poner tu nombre.
Nadie sabría quién eres.
“Pon ‘Un sabio del futuro’.
Queda épico.” —No.
“¿Por qué no?” —Porque nadie te creería.
“…Justo.” Afuera, la luna brillaba sobre el bosque.
Y dos ojos morados observaban la luz de la vela, esperando el regreso del muchacho que le traía pescado.
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