Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 14
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14: 14-El libro inexistente(todavia).
14: 14-El libro inexistente(todavia).
El pergamino crujía bajo el carbón.
La vela temblaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra.
Hipo llevaba dos horas escribiendo, con la espalda encorvada y los dedos manchados de negro.
Leo dictaba sin pausa, como un bibliotecario poseído.
“Clase: Roca Sólida.
Ejemplar: Gronckle.
Alimentación: Piedras, minerales, ocasionalmente metal fundido.
Punto débil: Bajo el mentón, justo donde termina la armadura natural.
Punto fuerte: Caparazón impenetrable, golpe contundente, capacidad de fundir metales en su interior para escupirlos como lava sólida.” —Más despacio —murmuró Hipo, pasándose la lengua por los labios secos—.
No puedo escribir tan rápido.
“Es tu culpa por no saber taquigrafía vikinga.” —¿Taquigrafía?
¡Si aquí lo más parecido son runas talladas en piedra!
“Entonces aprende.
Pero sigue escribiendo.
Falta el Nadder Mortal.
Es importante porque escupe fuego y tira espinas.
Doble amenaza.
Punto débil: La cresta.
Un golpe seco y se desorienta.
Punto fuerte: Veneno en las espinas.
Parálisis muscular en treinta segundos.” Hipo lo anotó, frunciendo el ceño.
—¿De verdad sabes todo esto o lo estás inventando?
“He visto las películas treinta y siete veces.
He leído los libros de How to Train Your Dragon —los de verdad, no los de Berk— hasta memorizarlos.
He jugado los videojuegos.
He visto los documentales del making-of.
Créeme, si existe un dato sobre dragones en la cultura popular, yo lo tengo.
Y lo que no sé…
lo improviso con lógica biológica.” —¿Biología?
¿Eso qué es?
“…Olvídalo.
Escribe.” El carbón raspó de nuevo.
Hipo llegó al final del pergamino y tuvo que empezar otro.
Llevaba ya tres.
En la mesa, el libro de dragones oficial de Berk —el auténtico, el que usaban los vikingos— seguía cerrado, lleno de ilustraciones toscas y frases como “El dragón es malvado.
Hay que matarlo.
Fin.” —Es increíble —dijo Hipo, señalando el libro oficial con la cabeza—.
Todo lo que sabemos de dragones cabe en veinte páginas, y la mitad son dibujos de vikingos matándolos.
“Por eso tú eres diferente.
Por eso nosotros somos diferentes.
No porque seamos más fuertes o más listos.
Porque estamos dispuestos a preguntar ‘¿y si todo lo que sabemos está mal?'” Hipo dejó el carbón.
Se recostó en la silla de madera, que crujió en protesta.
La luna se colaba por la ventana, y por un momento, el taller de herrería —su casa— pareció un lugar distinto.
Más grande.
Más lleno de posibilidades.
—¿Crees que funcione?
—preguntó—.
¿El libro?
“El libro de dragones de Berk que tú conoces…
es incompleto.
Tiene dibujos, sí.
Tiene clasificaciones básicas.
Pero no tiene lo que importa.
No tiene dieta, comportamiento, puntos débiles reales, estrategias de domesticación.
Lo que estamos escribiendo ahora es la primera enciclopedia de dragones de este mundo.
Y va a cambiar todo.” —Mi padre quiere quemar dragones, no leer sobre ellos.
“Tu padre quiere proteger Berk.
Cree que quemarlos es el único camino.
Tú vas a mostrarle otro.
Pero no con palabras, Hipo.
Las palabras se las lleva el viento.
Con hechos.
Y con pergaminos que pesan más que una espada.” Hipo volvió a coger el carbón.
—Sigue dictando.
“Clase: Rastreador.
Ejemplar: Cremallerus.
Este es feo.
Escupe un fluido que prende fuego al contacto con el oxígeno.
Como un lanzallamas viviente.” —¿Punto débil?
“…No tiene.
Bueno, sí.
El cuello.
Pero hay que acercarse mucho.
Demasiado.” —Entonces lo dejamos para el final.
“Buena idea.” Afuera, un aullido lejano.
No de lobo.
De Furias Nocturna.
Hipo levantó la cabeza.
Miró hacia la ventana.
Entre los árboles, a lo lejos, una sombra negra recortada contra la luna.
Chimuelo lo esperaba.
—Hoy no puedo —susurró—.
Tengo trabajo.
“Los dragones no entienden de plazos.
Solo de pescado y confianza.” —¿Qué sugieres?
“Término medio.
Termina el Gronckle y el Nadder.
Luego baja al bosque.
Cinco minutos.
Solo para que sepa que no lo has olvidado.” —Eres blando, Leo.
“Soy un estratega.
Las alianzas se cuidan.
Especialmente las que pueden volar y lanzar bolas de plasma.” Hipo sonrió y siguió escribiendo.
El carbón se gastó a la mitad del tercer pergamino.
Tuvo que afilarlo con la navaja de su padre.
Las sombras en las paredes ahora parecían dragones dormidos.
Cuando terminó con el Nadder Mortal, estiró los brazos.
Le crujió la espalda.
Había estado encorvado casi cuatro horas.
—Me duelen los dedos.
“Eso es porque escribes como si estuvieras tallando runas.
Relaja la mano.” —No puedo.
Si relajo, la letra se vuelve ilegible.
“Ya es ilegible.
Parecen patas de mosca ahogadas.” —Eres un pesado.
“Lo sé.
Pero estás aprendiendo.
Y ese libro…
ese libro va a salvar vidas.
Tanto de vikingos como de dragones.” Hipo enrolló los pergaminos con cuidado.
Los ató con tiras de cuero.
Los puso dentro de un cofre de madera que solía guardar herramientas rotas.
Lo cerró con llave.
—Mañana se lo enseño a Bocón.
“¿Seguro?
Todavía no está terminado.
Falta la Furia Mortal.” —La Furia Mortal puede esperar.
Si espero a que esté perfecto, nunca lo mostraré.
Ya tengo suficiente para que no me llamen loco.
“…O para que te llamen más loco.” —También.
Salió de la casa.
El aire olía a sal y a pino.
La aldea dormía, salvo algún centinela en las torres.
Hipo bajó la colina con paso rápido, los pies descalzos sobre la hierba húmeda de rocío.
En el borde del bosque, Chimuelo lo esperaba.
No rugió.
No gruñó.
Solo inclinó la cabeza, con sus enormes ojos verdes fijos en él.
En su mirada no había exigencia.
Solo una pregunta silenciosa: ¿llegaste?
—No traje pescado —dijo Hipo, acercándose—.
Pero no quería que pensaras que me había olvidado.
Chimuelo parpadeó.
Lentamente.
Y luego, con un movimiento casi imperceptible, apoyó el hocico en el hombro de Hipo.
El muchacho sintió el calor del dragón.
El latido profundo de su respiración.
El olor a ceniza y a bosque.
—Mañana traeré el doble —prometió—.
Y te leeré algo.
Es un libro que estoy escribiendo.
Sobre vosotros.
Chimuelo no entendió las palabras, pero entendió el tono.
Y ronroneó.
Un sonido grave, como piedras rodando en una cueva.
Hipo sonrió.
—Buenas noches, Chimuelo.
El dragón se echó en el suelo, enroscó la cola y cerró los ojos.
Hipo se quedó un rato más, sentado contra un árbol, mirándolo dormir.
“Esto es solo el principio”, dijo Leo.
—Lo sé.
“Cuando tu padre vuelva y vea el libro…
cuando el jefe Estoico el basto lea sobre puntos débiles y dietas y confianza…
va a enfadarse mucho al principio.” —También lo sé.
“Pero luego…
luego empezará a entender.
Y eso, Hipo Abadejo III, es más difícil que matar mil dragones.” Hipo asintió.
La luna se ocultó tras una nube.
El bosque quedó a oscuras, salvo por el brillo tenue de las escamas negras de Chimuelo, que reflejaban las estrellas como carbones encendidos.
—A veces —susurró Hipo—, me pregunto si todo esto es real.
O si estoy soñando.
“Los sueños no tienen libros de tres pergaminos.
Los sueños no tienen dragones que ronronean.
Esto es real.
Y apenas empieza.” Hipo cerró los ojos.
No volvió a la aldea hasta que el horizonte empezó a teñirse de naranja.
Cuando por fin entró en su casa, dejó los tres pergaminos sobre la mesa, junto al libro de dragones de Berk.
Uno estaba vacío.
El otro, lleno de vida.
Y en la portada del nuevo, con letra más firme que la primera vez, añadió una línea: “Dedicado a los que preguntan ‘¿por qué?’ cuando todos los demás preguntan ‘¿cómo matamos?'” Leo no dijo nada.
Por una vez, el silencio fue suficiente.
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