Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 15

  1. Inicio
  2. Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo
  3. Capítulo 15 - 15 15
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

15: 15.

El peso de un pergamino.

15: 15.

El peso de un pergamino.

El sol aún no había tocado el agua cuando Hipo entró en la arena.

Llevaba los tres pergaminos bajo el brazo, enrollados con cuidado, atados con tiras de cuero nuevas que había cortado al amanecer.

El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo.

Era otra cosa.

Una mezcla de orgullo y vértigo, como estar en lo alto de un acantilado y decidir saltar.

Bocón ya estaba allí, revisando las cadenas de las jaulas.

Los dragones gruñían adentro, aún soñolientos.

El olor a humo y a piedra mojada llenaba la arena.

—Llegas temprano —dijo Bocón sin volverse—.

Eso me gusta.

Significa que tienes hambre de aprender.

O miedo a que te azoten.

Una de dos.

—Tengo esto —respondió Hipo, extendiendo los pergaminos.

Bocón se dio la vuelta.

Sus ojos recorrieron los rollos de cuero, luego subieron a la cara de Hipo.

Arqueó una ceja.

—¿Eso es?

—El libro del que le hablé.

El que tengo en casa.

Bueno, no es un libro completo todavía.

Son los primeros capítulos.

—¿Capítulos?

—Bocón cogió un pergamino, lo sopesó en la mano—.

Esto pesa más que mi hacha de entrenamiento.

“Eso es bueno”, susurró Leo en la cabeza de Hipo.

“El peso impresiona a los vikingos.

Si pesara poco, pensarían que no tiene valor.” Bocón desató las tiras.

Desenrolló el pergamino sobre una roca plana.

Sus dedos gruesos recorrieron las letras temblorosas de Hipo, los dibujos esquemáticos de dragones, las flechas señalando puntos débiles.

Silencio.

Hipo contuvo la respiración.

En su cabeza, Leo murmuraba: “No digas nada.

Deja que lea.

Deja que el pergamino hable solo.” Bocón pasó al segundo rollo.

Luego al tercero.

Cuando terminó, levantó la vista.

Su cara era ilegible, como una piedra lisa.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Lo escribí yo.

—¿Tú?

La incredulidad en su voz fue como un puñetazo.

Pero Hipo no retrocedió.

—Yo.

Con ayuda de…

alguien que sabe mucho de dragones.

Alguien que ha estudiado durante años.

“Buena improvisación”, dijo Leo.

“Técnicamente, yo soy alguien.

Y he estudiado durante años.

En mi mundo.” —¿Quién es ese alguien?

—preguntó Bocón.

—No puedo decir su nombre.

Prefiere el anonimato.

—¿Anoni…

qué?

—Que no quiere fama.

Solo quiere que el conocimiento llegue a quien lo necesita.

Bocón gruñó.

Volvió a mirar los pergaminos.

Pasó el dedo por el dibujo del Gronckle, donde Hipo había marcado el punto débil bajo el mentón.

—Esto de aquí…

—señaló—.

¿El Gronckle tiene una zona sin armadura bajo la barbilla?

—Sí.

Es pequeña, pero si golpeas ahí con fuerza, el dragón se aturde.

Suficiente para escapar o contraatacar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo he visto.

En el entrenamiento de ayer, cuando el Gronckle bajó la cabeza para comer las piedras, se expuso.

Nadie lo notó porque todos estábamos mirando las piedras.

Pero yo miré al dragón.

Bocón frunció el ceño.

No dijo nada durante un largo rato.

Luego, sin previo aviso, se giró hacia la jaula del Gronckle y la abrió.

—¡Fuera!

—gritó.

El dragón salió volando, dando tumbos.

Sus alas cortas apenas lo sostenían en el aire.

Se estrelló contra una columna, rugió, y se quedó en el centro de la arena, resoplando humo por las fosas nasales.

—Demuéstralo —dijo Bocón, cruzando los brazos.

—¿Qué?

—Demuestra que lo que escribiste funciona.

Ve ahí y golpea al Gronckle donde dices.

Sin piedras.

Sin trucos.

Con tu propia mano.

Hipo tragó saliva.

“Es una prueba”, dijo Leo.

“No solo del pergamino.

De ti.

Si fallas, te llamará mentiroso.

Si aciertas…” —¿Si acierto?

—pensó Hipo.

“Empezará a creer.” Hipo tomó aire.

Dejó los pergaminos sobre la roca.

Caminó hacia el centro de la arena.

El Gronckle lo vio venir.

Sus ojos amarillos se entrecerraron.

Gruñó, mostrando hileras de dientes romos, diseñados para triturar piedra, no carne.

Por suerte.

—Tranquilo —dijo Hipo, con la voz más firme de lo que se sentía—.

No voy a hacerte daño.

“Habla bajo.

Los dragones responden al tono, no a las palabras.” Hipo extendió la mano vacía.

El Gronckle olfateó.

No había piedras.

No había pescado.

Solo carne y hueso.

El dragón rugió y cargó.

Hipo no corrió.

No gritó.

Esperó.

A último momento, se agachó.

El Gronckle pasó sobre él, rozándole el pelo con sus escamas ásperas.

Y ahí, en el instante en que la barbilla del dragón quedó expuesta, Hipo golpeó.

No fue un golpe fuerte.

Un vikingo de verdad lo habría llamado “caricia”.

Pero fue exacto.

El puño de Hipo impactó contra la pequeña zona blanda bajo la mandíbula del Gronckle.

El dragón se detuvo en seco.

Parpadeó.

Sus ojos amarillos se volvieron borrosos.

Dio dos pasos tambaleantes, soltó un eructo de humo negro, y se desplomó en el suelo.

No muerto.

Solo aturdido.

Como un borracho después de una noche de hidromiel.

Silencio absoluto.

Bocón abrió la boca.

La cerró.

Volvió a abrirla.

—Por el martillo de Thor —susurró.

“Te lo dije”, dijo Leo con una sonrisa en la voz.

“El conocimiento pesa más que el acero.” En ese momento, la puerta de la arena se abrió.

Los jóvenes del entrenamiento empezaron a entrar, bostezando, quejándose del frío.

Patán fue el primero en ver al Gronckle en el suelo.

—¿Ya lo mataron sin nosotros?

—protestó.

—No está muerto —dijo Astrid, acercándose—.

Está vivo.

Respira.

Todos miraron a Hipo.

Luego a Bocón.

Luego otra vez a Hipo.

—¿Qué pasó aquí?

—preguntó Pata de Pez.

Bocón señaló los pergaminos sobre la roca.

—Eso —dijo, con una voz que ya no era de instructor burlón, sino de algo parecido al respeto—.

Eso pasó.

Hipo se acercó, recogió los pergaminos, y los puso sobre una tabla de madera que usaban para apoyar las armas.

—Esto —anunció, con la voz temblorosa pero firme— es el futuro de Berk.

Nadie dijo nada.

Pero Astrid dio un paso adelante.

Y sus ojos azules, por primera vez, no miraron a Hipo con desprecio.

Lo miraron como si fuera alguien a quien valía la pena escuchar.

Esa noche, cuando Hipo volvió al bosque con el doble de pescado, Chimuelo lo recibió con un ronroneo más profundo que nunca.

Y mientras el dragón comía, Hipo desenrolló el cuarto pergamino —el que había empezado esa tarde, después del entrenamiento— y escribió, con letra ya un poco más firme: “Clase: Furia.

Ejemplar: Furia Nocturna.

Alimentación: Pescado, preferentemente bacalao o arenque.

Punto débil: Ninguno evidente.

Pero su punto fuerte —su velocidad, su sigilo, su inteligencia— es también su mayor vulnerabilidad: confía solo en sí mismo.

Hasta que encuentra a alguien que no le teme.” Debajo, casi como un secreto, añadió: “Ese alguien soy yo.” Leo no hizo ningún comentario.

Pero Hipo juró haber escuchado algo parecido a una lágrima en el silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo