Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 16
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16: 16-La primera grieta.
16: 16-La primera grieta.
Tres días después, el rumor ya había recorrido Berk como un reguero de pólvora.
—¿Has oído lo del flaco?
—susurraban los adultos en la taberna—.
Dicen que noqueó a un Gronckle con un solo golpe.
—Mi hijo me contó que está escribiendo un libro.
Un libro sobre dragones.
Como si él supiera más que nosotros, que llevamos generaciones matándolos.
—El jefe Estoico va a enfurecer cuando vuelva.
Pero también había otras voces.
Más bajas.
Más peligrosas.
—¿Y si el chico tiene razón?
¿Y si los dragones no son solo bestias?
—Cállate, que te oigan.
El caso es que el entrenamiento de esa mañana fue distinto.
Cuando Hipo entró en la arena, los jóvenes ya no lo ignoraban.
Lo miraban.
Algunos con curiosidad.
Otros con recelo.
Patán, sentado en un rincón afilando su hacha, le lanzó una mirada asesina.
—Ahí viene el erudito —escupió la palabra como si fuera veneno—.
El que no sabe sostener una espada pero escribe pergaminos.
—Déjalo, Patán —dijo Brutacio, incómodo—.
El chico noqueó a un Gronckle.
Yo lo vi.
—Con un golpe de suerte —Patán se puso de pie, el hacha brillando en la luz gris de la mañana—.
¿O acaso crees que un esqueleto como él puede hacer daño a un dragón de verdad?
Si el Gronckle no hubiera estado atontado por las piedras…
—No le di piedras —interrumpió Hipo, con voz tranquila—.
Fue un golpe seco en el punto débil.
Nada más.
Patán se acercó.
Era más alto, más ancho.
Su sombra cubrió a Hipo por completo.
—¿Punto débil?
—gruñó—.
Los dragones no tienen puntos débiles.
Tienen puntos muertos.
Y se hacen con hachas, no con libros.
“Este tío es un dolor de muelas con patas”, comentó Leo.
“Pero no le des la espalda.
Los Patanes de este mundo solo entienden una cosa: las acciones.” —¿Quieres comprobarlo?
—dijo Hipo, sorprendiéndose a sí mismo.
Patán parpadeó.
—¿Qué?
—Que si crees que fue suerte, te reto a enfrentar al Gronckle tú solo.
Sin armas.
Sin trucos.
Solo tú y el dragón.
Un murmullo recorrió la arena.
Los jóvenes se apartaron, formando un círculo.
Incluso Bocón, que estaba en lo alto de las gradas, se inclinó hacia adelante con interés.
Patán enrojeció.
—¡Sin armas!
¡Si yo sin armas parto dragones en dos!
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—preguntó Hipo, esbozando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
“Uy”, dijo Leo.
“Esa sonrisa es nueva.
Me gusta.” Patán lanzó el hacha al suelo.
Sonó metálica contra la piedra.
—¡Abre la jaula, Bocón!
Bocón miró a Hipo.
Hipo asintió.
Bocón se encogió de hombros y tiró de la palanca.
La puerta del Gronckle se elevó.
El dragón salió rugiendo.
Ya no estaba aturdido.
Habían pasado tres días.
Estaba enfadado, hambriento y confundido.
Una combinación letal.
Patán levantó los puños.
—¡Ven aquí, lagarto!
El Gronckle lo miró.
Y entonces, en lugar de cargar, hizo algo extraño: olfateó el aire.
Sus ojos amarillos recorrieron la arena hasta encontrar a Hipo, de pie junto a la barricada.
El dragón lo reconoció.
No como a un enemigo.
Como a alguien que le había dado piedras.
Que no le había hecho daño.
Que lo había dejado vivir.
El Gronckle giró la cabeza hacia Patán, lo miró un instante, y luego, con un bufido de desprecio, se dio la vuelta y caminó lentamente hacia Hipo.
—¿Qué hace?
—preguntó Patán, desconcertado.
—Te está ignorando —dijo Astrid, y había una nota de asombro en su voz.
El Gronckle se detuvo frente a Hipo.
Bajó la cabeza.
No para atacar.
Para ser acariciado.
Hipo, con el corazón en un puño, extendió la mano y tocó las escamas rugosas del dragón.
El Gronckle ronroneó.
La arena entera contuvo el aliento.
“Hipo”, dijo Leo, y su voz temblaba ligeramente, “esto no pasó en ninguna película.
Esto es nuevo.
Esto es…
tuyo.” Patán se quedó plantado en medio de la arena, con los puños aún levantados, la cara morada de furia y vergüenza.
—¡Trampa!
—gritó—.
¡Otra vez trampa!
—No hay trampa —dijo Bocón, bajando de las gradas—.
El chico no ha tocado al dragón.
No le ha dado órdenes.
El dragón ha elegido venir a él.
—¡Los dragones no eligen!
—vociferó Patán—.
¡Son bestias!
—Este eligió —respondió Bocón, y su mirada se posó en Hipo con una expresión que el muchacho no supo descifrar—.
Y eso, Patán, es más aterrador que cualquier hacha.
Los jóvenes se quedaron en silencio.
El Gronckle seguía ronroneando bajo la mano de Hipo.
Y Patán, por primera vez en su vida, no tuvo nada que decir.
Esa noche, Hipo no pudo dormir.
Se sentó en el alféizar de la ventana, mirando el bosque.
La luna estaba llena, y entre los árboles, Chimuelo lo esperaba.
Siempre lo esperaba.
—Leo —susurró—.
¿Qué está pasando?
“¿A qué te refieres?” —El Gronckle.
Hoy.
Vino hacia mí.
Me eligió.
Eso no debería pasar, ¿no?
En las películas, los dragones no confían en los humanos así, tan rápido.
Hubo un largo silencio en su cabeza.
Luego, Leo habló con una voz que Hipo nunca le había oído: seria.
Casi vulnerable.
“No lo sé.
En las películas, Hipo tardaba semanas en ganarse la confianza de Chimuelo.
Y los demás dragones…
los demás dragones solo seguían a la Furia Nocturna.
Pero aquí…
aquí algo es diferente.” —¿Diferente cómo?
“Eres tú.
No has derribado a Chimuelo.
No le has hecho daño.
Empezaste desde cero.
Sin culpa.
Sin redención.
Solo…
respeto.
Y los dragones lo huelen.
Literalmente.
Las Furias Nocturnas pueden detectar la adrenalina del miedo y la calma de la confianza.
Chimuelo te olió la primera noche y supo que no eras una amenaza.
Y ahora el Gronckle también lo sabe.” Hipo se quedó en silencio, mirando sus manos.
Las mismas manos que habían tocado a un dragón vivo.
Que habían escrito un libro.
Que habían cambiado algo en Berk sin que nadie lo pidiera.
—¿Y si mi padre vuelve y no entiende?
“Entonces le mostrarás el libro.
Y si no entiende el libro, le mostrarás al Gronckle.
Y si no entiende al Gronckle…” Leo suspiró, un sonido extraño en la cabeza de Hipo, como el viento en una cueva vacía.
“Entonces le presentarás a Chimuelo.” Hipo sonrió con amargura.
—Eso sería declararle la guerra.
“Las guerras más importantes, Hipo Abadejo III, son las que se libran por la verdad.
Y tú tienes la verdad de tu lado.
Ahora solo falta que los demás tengan el valor de escucharla.” Afuera, en el bosque, Chimuelo levantó la cabeza hacia la luna y aulló.
Un sonido grave, melancólico, que recorrió Berk como un susurro de los dioses.
Y por primera vez, algunos vikingos, al oírlo, no empuñaron sus hachas.
Solo escucharon.
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