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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 17-La noche que berk dejo de roncar
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17: 17-La noche que berk dejo de roncar.

17: 17-La noche que berk dejo de roncar.

El aullido de Chimuelo se extendió sobre el cielo como una manta de humo.

Las casas de piedra y madera temblaron.

Los perros ladraron.

Los bebés lloraron.

Y los vikingos, por primera vez en décadas, no salieron corriendo con hachas y antorchas.

Se quedaron en sus puertas.

Escuchando.

Goliat Barbaférrea, un guerrero de cuarenta inviernos que había perdido un ojo luchando contra un Ceemallerus, apoyó su hacha contra el marco de la puerta y frunció el ceño.

—Ese no es un rugido de ataque —dijo a su mujer, que lo miraba desde el umbral—.

Eso es…

no sé lo que es.

—Suena triste —respondió ella, y la palabra sonó extraña en boca de una vikinga—.

Como cuando mi padre murió.

Goliat no respondió.

Pero no cogió el hacha.

En su casa, Hipo oyó el aullido y sonrió.

Bajó de la ventana, cogió el cuarto pergamino —el que aún estaba en blanco salvo por la primera línea— y escribió: “Los dragones no solo rugen para cazar o matar.

También rugen para llamar.

Para llorar.

Para decir ‘estoy aquí’ y ‘no estás solo’.

Los vikingos de Berk nunca lo supieron porque nunca se quedaron quietos el tiempo suficiente para escuchar.” —Eso es bonito —dijo Leo, y por una vez no había sarcasmo en su voz—.

Parece poesía.

—Los vikingos también escriben poesía.

Son sagas.

Hablan de batallas y muertes heroicas.

“Pues escribe una saga sobre esto.

Sobre un chico flaco y un dragón negro que aprendieron a escucharse.” —¿Y cómo termina?

“Todavía no lo sé.

Y esa es la mejor parte.” A la mañana siguiente, el entrenamiento fue cancelado.

Bocón apareció en la arena con cara de pocos amigos y anunció que el jefe Estoico volvía en dos días.

Traía noticias de la guerra contra los dragones del norte, y todos debían estar preparados para una asamblea general.

—El jefe querrá ver el progreso de sus reclutas —dijo, mirando directamente a Hipo—.

Y querrá saber quién ha estado escribiendo libros sobre bestias que solo merecen la muerte.

Los jóvenes murmuraron.

Algunos miraron a Hipo con lástima.

Otros, como Patán, con una sonrisa torcida de satisfacción anticipada.

—Va a triturarte, flaco —susurró Patán al pasar junto a él—.

Y yo pagaré por verlo.

Hipo no respondió.

Pero apretó los puños debajo de la mesa.

“Tranquilo”, dijo Leo.

“Estoico el Basto no es monstruo.

Es un padre que no sabe cómo ser padre.

Y un jefe que no sabe cómo ser otra cosa.

Pero aprenderá.

En las películas, aprendió.” —¿Y si en esta historia no aprende?

—pensó Hipo, y la pregunta le heló la sangre.

Hubo un silencio largo en su cabeza.

Luego, Leo respondió con una honestidad que dolía: “Entonces tú tendrás que decidir si quieres ser el hijo que obedece o el hombre que lidera.

Porque a veces, Hipo, ser líder significa desobedecer.

Significa mirar a tu padre a los ojos y decirle ‘estás equivocado’, sabiendo que puede romperte el corazón.

O el cuello.” —Menuda elección.

“La vida no da opciones fáciles.

Solo da opciones necesarias.” Esa tarde, Hipo no fue al bosque.

Fue a la forja.

Bocon el Herrador estaba allí, como siempre, martilleando una espada que nunca terminaba.

El viejo vikingo tuerto y manco lo miró llegar y arqueó una ceja.

—No te veo por aquí desde que empezaste con tus libritos —dijo, sin maldad—.

¿Se te ha olvidado cómo se afila un hacha?

—Necesito un arma —respondió Hipo.

Bocon dejó el martillo.

—¿Un arma?

Tú, que siempre dices que las armas son para los que no saben hablar con los dragones.

—Para hablar con mi padre —corrigió Hipo—.

A veces hace falta más que palabras.

Bocon lo miró largo rato.

Luego, sin decir nada, se agachó detrás del yunque y sacó una caja de madera.

La abrió.

Dentro había una espada.

Pero no una espada cualquiera.

Era extraña.

Más pequeña que las espadas vikingas.

Más ligera.

La hoja era curva, como una garra de dragón.

El mango estaba envuelto en cuero negro.

—¿Qué es eso?

—preguntó Hipo.

—La hice hace años —dijo Bocon, frotándose la barba—.

Para un guerrero que creía que las espadas normales eran demasiado torpes.

Pero el guerrero murió antes de usarla.

Y yo la guardé.

Por si algún día llegaba alguien con las manos pequeñas y la cabeza grande.

Hipo tomó la espada.

Pesaba menos que un martillo de herrero.

Se balanceaba en su mano como una pluma de metal.

—Se llama “Rompedientes” —dijo Gobber, y sonrió con su media boca—.

No te partirá la espalda al cargar con ella.

Pero bien usada, puede partir sonrisas.

—No quiero partir sonrisas.

Quiero que mi padre me escuche.

—Entonces no le enseñes la espada.

Enséñale el libro.

La espada es para ti.

Para recordarte que no eres débil.

Solo diferente.

Hipo guardó Rompedientes en un cinturón que Bocon le dio.

Salió de la forja con el sol poniéndose a sus espaldas.

No fue al bosque.

Fue a la playa.

Se sentó en una roca, con los pies colgando sobre el agua negra, y miró el horizonte.

En dos días, su padre estaría allí.

Con sus músculos de acero y sus ceños de trueno.

Con su voz que hacía temblar las vigas del Gran Salón.

—Leo —dijo en voz alta, porque ya no le importaba parecer loco—.

¿Crees que estoy haciendo lo correcto?

“No lo sé.

Pero sé que estás haciendo lo necesario.

Y a veces, lo necesario y lo correcto son la misma cosa.

Solo que tarda años en verse.” —¿Y si no tengo años?

¿Y si mi padre me prohíbe seguir?

“Entonces volverás al bosque.

Y Chimuelo te recordará quién eres.

Porque los dragones, Hipo, no mienten.

No traicionan.

No dejan de quererte porque no estés de acuerdo con ellos.

Los dragones son leales.

Más que los hombres.

Más que los padres.

Más que los jefes.” Hipo cerró los ojos.

El viento le trajo el olor a sal y a dragón.

Lejano.

Familiar.

Cuando los abrió, Chimuelo estaba allí.

No en el bosque.

En el aire.

volando hacia la playa con movimientos gráciles, silenciosos.

Salió del mar sacudiéndose como un perro gigante, y se sentó a su lado.

En la roca.

Juntos.

—¿Cómo has sabido que te necesitaba?

—preguntó Hipo.

Chimuelo inclinó la cabeza.

Puso su hocico sobre el hombro de Hipo.

Y no se movió.

“Eso”, dijo Leo en un susurro, “es la respuesta.” Hipo apoyó la mejilla contra las escamas negras.

Cerró los ojos.

Y por unas horas, el miedo desapareció.

Berk seguía roncando.

Pero ya no dormía tranquila.

Algo había cambiado en el aire.

Algo que ni el jefe Estoico podría detener cuando volviera a casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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