Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 18
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18: 18-El regreso del jefe.
18: 18-El regreso del jefe.
Dos días después, Berk amaneció con un cielo plomizo y un viento que olía a tormenta.
Las campanas de la aldea comenzaron a sonar antes del amanecer.
No para anunciar un ataque de dragones, sino algo casi tan temido: la llegada del jefe Estoico el Basto.
Hipo estaba en su casa, repasando los pergaminos por quinta vez.
Los tenía desenrollados sobre la mesa, ordenados por clase: Gronckle, Nadder Mortal, Cremallerus, y el último, el de la Furia Nocturna, que aún no consideraba terminado.
Nunca lo estaría.
Cada noche aprendía algo nuevo de Chimuelo.
“Tranquilo”, dijo Leo.
“Has escrito más sobre dragones que cualquier vikingo en cien años.
Eso tiene que valer para algo.” —O para que me quemen los pergaminos en la hoguera —murmuró Hipo, enrollando el cuarto con especial cuidado.
“Optimista.” —Realista.
Afuera, los gritos anunciaron lo inevitable.
“¡El barco!
¡El barco del jefe!” Hipo salió de la casa.
El viento le azotó la cara.
Bajo la colina, en el puerto principal, un barco de guerra se deslizaba entre las olas.
El casco negro, el mascarón de proa con forma de cabeza de dragón, los remos golpeando el agua al unísono.
Y en la proa, con su casco de cuerno de buey y su capa de piel de oso, su padre.
Estoico el Basto.
Era más grande que Hipo lo recordaba.
Más ancho.
Más ruidoso.
Cuando saltó del barco al muelle, la madera crujió bajo sus botas.
El séquito de guerreros lo rodeó, pero él los apartó con un gesto.
Sus ojos azules, iguales a los de Astrid pero más duros, recorrieron la aldea en busca de algo.
O alguien.
—¿Dónde está mi hijo?
—tronó.
Hipo tragó saliva y bajó la colina.
Cada paso era una montaña.
Cada respiración, un esfuerzo.
“Pecho afuera”, susurró Leo.
“Que no te vea encorvado.” Hipo enderezó la espalda.
Llegó al muelle justo cuando su padre desembarcaba.
—Padre —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.
Estoico lo miró.
Arriba.
Abajo.
Como si estuviera evaluando una res de carga.
—Sigo sin entender cómo has crecido tan poco —gruñó, y luego, para sorpresa de Hipo, lo envolvió en un abrazo que le aplastó las costillas—.
Pero estás vivo.
Eso es lo que importa.
—Tú también —respondió Hipo, ahogándose un poco.
El abrazo duró tres segundos.
Luego, Estoico lo soltó y su cara volvió a ser la de un jefe, no la de un padre.
—Me han hablado de tus…
travesuras.
Bocon me envió un mensaje.
Algo sobre piedras y un libro.
—Es más que un libro, padre.
Es un manual.
Sobre dragones.
Sobre cómo— —Eso lo hablaremos en el Gran Salón.
Esta noche.
Frente a todos.
El tono no admitía réplica.
Hipo asintió y se apartó.
Durante el resto del día, Berk fue un hervidero.
Los guerreros descargaban el barco.
Las mujeres preparaban el festín.
Los niños corrían entre las piernas de los adultos, imitando peleas con espadas de madera.
Y en medio de todo, Estoico el Basto paseaba como un gigante entre hormigas, dando órdenes, recibiendo informes, ignorando a su hijo.
Hipo se refugió en la arena.
Bocon estaba allí, solo, repasando las cadenas de las jaulas vacías.
Los dragones habían sido devueltos al bosque para la visita del jefe.
Nadie quería que el primer golpe de vista de Estoico fuera un Gronckle ronroneando bajo la mano de su hijo.
—¿Estás listo?
—preguntó Bocon sin volverse.
—No.
—Bien.
Significa que no eres idiota.
Los que están listos suelen ser los que no saben lo que viene.
Hipo se apoyó en una columna.
—Bocon…
¿usted cree que mi padre escuchará?
El instructor se dio la vuelta.
Su cara, normalmente burlona o indiferente, tenía una expresión rara.
Casi tierna.
—Tu padre es un buen jefe.
Mal padre, quizá.
Pero buen jefe.
Y los buenos jefes, Hipo, escuchan cuando la verdad les mira a la cara.
El problema es que a tu padre le han mentido toda la vida.
Los dragones son bestias.
Los dragones son el enemigo.
Los dragones solo entienden el fuego y el acero.
Esa es la mentira.
Tú traes la verdad.
Y la verdad, a veces, escuece más que una espada envenenada.
—¿Y si no la quiere ver?
Bocon se encogió de hombros.
—Entonces la quemas.
O te queman a ti.
Pero eso ya lo sabes.
El sol se puso.
Las antorchas del Gran Salón se encendieron una a una.
Los vikingos empezaron a entrar, con sus mejores túnicas de piel, sus barbas trenzadas, sus collares de dientes de dragón.
Hipo esperó fuera, con los pergaminos bajo el brazo, hasta que Bocon le hizo una seña.
—Es hora.
El Gran Salón olía a hidromiel, a carne asada y a sudor.
Las mesas largas estaban llenas.
En el trono de madera tallada, Estoico el Basto presidía como un rey enano.
A su derecha, Bocon.
A su izquierda, un asiento vacío.
Para Hipo.
—¡Siéntate!
—ordenó su padre, señalando el sitio vacío.
Hipo obedeció.
Los pergaminos crujieron bajo sus brazos.
Las miradas de cien vikingos lo atravesaron como lanzas.
Estoico se puso de pie.
El salón enmudeció.
—Hace tres semanas —comenzó, con su voz de trueno—, dejé Berk en manos de mi hijo y de mi instructor.
Volví esperando encontrar jóvenes más fuertes, más rápidos, más listos para matar dragones.
Y encuentro…
—hizo una pausa, como si las palabras le costaran— …encuentro piedras.
Y pergaminos.
Y rumores de que mi hijo habla con bestias.
Un murmullo recorrió el salón.
—¡Silencio!
—rugió Estoico, y el silencio volvió—.
He visto muchas cosas en mi vida.
He matado cientos de dragones.
He perdido amigos, hermanos, parte de mi pierna.
Todo por proteger Berk.
Y ahora mi hijo me dice que todo eso pudo hacerse de otra forma.
Se volvió hacia Hipo.
—Así que habla, Hipo Abadejo III.
Explícale a este salón por qué debemos dejar de matar dragones y empezar a…
¿cómo lo llamas?
¿Domesticarlos?
El silencio se hizo más denso.
Hipo sintió las miradas como cuchillos.
Sintió el peso de los pergaminos.
Sintió a Leo, callado, esperando.
Se puso de pie.
—No dije dejar de matarlos —comenzó, y su voz tembló al principio, pero se fue enderezando—.
Dije que tal vez, solo tal vez, no sea necesario matarlos a todos.
Algunos dragones…
algunos pueden ser nuestros aliados.
—¿Aliados?
—Estoico soltó una carcajada amarga—.
¿Aliados como el que mató a tu tío?
¿O como el que quemó la casa de los Barbaférrea?
—Padre, déjame mostrarte— —No quiero que me muestres nada —cortó Estoico, y su voz ya no era de trueno, sino de hielo—.
Quiero que me digas una cosa.
¿Has estado escondiendo un dragón en el bosque?
El salón entero contuvo la respiración.
Hipo sintió el corazón en la garganta.
Leo seguía callado.
La decisión era solo suya.
—Sí —dijo.
El silencio se volvió explosivo.
Los vikingos se pusieron de pie, gritando, golpeando las mesas.
“¡Traidor!” “¡Loco!” “¡Quemadlo!” Estoico levantó una mano.
El salón volvió a callarse, pero el aire vibraba con furia contenida.
—¿Un dragón?
—repitió su padre, con una calma que daba más miedo que sus rugidos—.
¿Qué clase de dragón?
Hipo levantó la barbilla.
—Una Furia Nocturna.
Esta vez, el silencio fue absoluto.
Hasta las antorchas parecieron dejar de crepitar.
—Las Furias Nocturnas no se someten —susurró alguien.
—mentira —dijo Hipo—.
Y es mi amigo.
Estoico lo miró largamente.
Luego, muy despacio, se quitó el casco.
—Mañana —dijo, con voz cansada—, iremos al bosque.
Tú nos llevarás ante ese dragón.
Y si es real, si es tu amigo como dices…
entonces tendremos una conversación muy distinta.
Pero si mientes, Hipo…
si todo esto es una invención de tu cabeza…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Hipo asintió.
Los pergaminos temblaban en sus manos.
—No miento, padre.
Mañana lo verás.
El festín continuó, pero Hipo no probó bocado.
Se quedó sentado, mirando la madera de la mesa, sintiendo las miradas de odio, de miedo, de asombro.
Y en su cabeza, Leo finalmente habló.
“Buen trabajo.
No te desmayaste.
Eso ya es un triunfo.” —Cállate —pensó Hipo—.
Que estoy pensando cómo presentarle una Furia Nocturna a mi padre sin que ninguno de los dos termine muerto.
“Ah.
Esa parte.
Sí.
No he llegado a esa parte en mis documentales.” —Eres inútil.
“Lo sé.
Pero soy tu inútil.” Afuera, en el bosque, Chimuelo esperaba.
Y por primera vez, Hipo no fue a verlo.
No podía.
Si iba, si lo veía, si sentía su calor…
quizá no tendría valor para hacer lo que debía hacer al día siguiente.
Así que se quedó en su casa, con la espada Rompedientes al cinto y los pergaminos bajo la almohada, mirando el techo de paja hasta que el sueño, por fin, lo derrotó.
Y soñó con dragones que volaban junto a vikingos.
Con un padre que sonreía.
Con un mundo que no tenía jaulas.
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