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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 19

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  3. Capítulo 19 - 19 19-La vispera del abismo
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19: 19-La vispera del abismo.

19: 19-La vispera del abismo.

Amaneció con un sol tímido que se escondía tras nubes grises.

Hipo no había dormido.

Había pasado la noche dando vueltas en la cama, repasando palabras, gestos, posibles escenarios.

Leo había intentado ayudarle al principio, pero acabó callándose.

A veces el silencio es la mejor compañía.

Cuando los primeros rayos de luz atravesaron la ventana, Hipo se incorporó.

Los pergaminos seguían bajo la almohada.

La espada Rompedientes seguía al cinto.

El nudo en el estómago seguía ahí, pero más apretado.

Como si alguien lo hubiera enrollado con cuerda de barco.

—¿Estás despierto?

—preguntó en un susurro.

“Sí.

No he dormido.

He estado repasando datos sobre Estoico el Basto.” —¿Y?

“Es testarudo.

Orgulloso.

Tiene el ego más grande de Berk, y eso es decir mucho.

Pero también…

también quiere protegerte.

A su manera torpe y violenta.” —¿Cómo convenzo a un hombre así?

“Esa es la pregunta equivocada.

No se trata de convencerlo, Hipo.

Se trata de que él vea.

No puedes meterle la verdad en la cabeza con un martillo.

Tienes que ponerla delante de sus ojos y dejar que él decida si la mira o la ignora.” —¿Y si la ignora?

“Entonces gritas.” Hipo parpadeó.

—¿Grito?

“Gritas.

Le dices todo lo que has callado durante años.

Le gritas que no eres débil.

Que no eres un fracaso.

Que has hecho más por entender a los dragones en tres semanas que él en treinta años de matarlos.

Y si después de eso sigue sin escuchar…

al menos habrás dicho la verdad.

Y la verdad, Hipo, pesa menos que una mentira guardada.” Hipo se levantó.

Se vistió con su mejor túnica —la que tenía menos remiendos— y se ató el cinturón con la espada.

Los pergaminos los metió en una bolsa de cuero que cruzó sobre el pecho.

—Estoy listo —dijo, aunque no lo estaba.

“No lo estás.

Pero irás igual.

Eso es lo que hace a un vikingo.

No la fuerza.

La voluntad.” Salió de la casa.

La aldea estaba despierta, pero en silencio.

Los vikingos lo miraban desde las puertas, desde las ventanas, desde los tejados.

Algunos con lástima.

Otros con odio.

Muy pocos con algo parecido a la esperanza.

En la plaza principal, Estoico el Basto ya esperaba.

Con él, Bocon, Astrid, Patán y una docena de guerreros armados hasta los dientes.

Hachas.

Espadas.

Arcos.

Antorchas.

—¿Antorchas?

—preguntó Hipo, señalándolas.

—Por si hay que quemar algo —respondió Patán, con una sonrisa cruel.

—No quemarás nada —dijo Hipo, y su voz sonó más dura de lo que pretendía—.

Vas a ver.

Nada más.

Patán abrió la boca para replicar, pero Estoico levantó una mano.

—El chico tiene razón.

Por ahora, solo observamos.

Las antorchas son por si el dragón ataca.

—No atacará —dijo Hipo.

—No sabes eso —respondió su padre.

—Lo sé.

Confío en él.

Estoico lo miró largamente.

Luego, sin decir palabra, echó a andar hacia el bosque.

Los demás lo siguieron.

El camino fue largo y tenso.

Las ramas crujían bajo las botas.

Los pájaros callaban, como si presintieran lo que venía.

Hipo iba al frente, junto a su padre, marcando el rumbo.

Cada paso le parecía una sentencia.

—Cuéntame más de ese libro —dijo Estoico de repente, sin mirarlo—.

Bocon me habló de puntos débiles.

De alimentación.

De cosas que ningún vikingo sabe.

—Porque ningún vikingo se ha molestado en aprender —respondió Hipo, y la frase escapó antes de que pudiera pensarla.

Estoico frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo que nosotros, los guerreros de Berk, somos ignorantes?

—No.

Solo digo que a veces…

a veces la fuerza no es suficiente.

Hace falta conocimiento.

Observación.

Paciencia.

—La paciencia no mata dragones.

—Pero evita que mueran vikingos.

Estoico se detuvo.

Se volvió hacia Hipo.

Sus ojos azules brillaban con algo que podía ser furia o curiosidad.

Difícil saberlo.

—Hablas como un sabio.

Pero eres un niño que nunca ha visto una batalla de verdad.

—He visto más batallas de las que crees —respondió Hipo, y en su mente apareció la imagen de Chimuelo cayendo del cielo, herido, solo—.

Solo que mis batallas no tienen hachas.

—¿Entonces qué tienen?

—Preguntas.

El silencio se alargó.

Los guerreros detrás intercambiaron miradas incómodas.

Bocon carraspeó.

—Jefe, deberíamos seguir.

El día no espera.

Estoico no apartó la mirada de Hipo.

—Sigamos —dijo al fin, y reanudó la marcha.

Llegaron al claro.

El mismo donde Hipo había conocido a Chimuelo.

El mismo donde ahora el dragón dormía, enroscado bajo un roble centenario, con la cola envuelta alrededor del tronco.

—Ahí está —susurró Hipo, señalando.

Estoico se quedó paralizado.

Los demás también.

La Furia Nocturna era más imponente de lo que Hipo recordaba.

Sus escamas negras absorbían la luz.

Sus alas plegadas parecían capas de medianoche.

Y cuando abrió los ojos —esos ojos verdes que Hipo conocía tan bien—, algo en el aire cambió.

No rugió.

No se movió.

Solo miró.

Miró a Hipo.

Luego a Estoico.

Luego otra vez a Hipo.

—Acércate —dijo Hipo, dando un paso adelante.

—¡No!

—Estoico lo agarró del brazo—.

Es una Furia Nocturna, Hipo.

La más peligrosa de todas.

Si se acerca…

—No se acercará.

O sí.

Depende de ti.

—¿De mí?

—De si levantas el hacha o la dejas en el cinturón.

El pulso de Estoico se aceleró.

Hipo lo sintió en el brazo, en los dedos que lo sujetaban como tenazas.

—Suéltame, padre.

—No.

—Suéltame —repitió Hipo, y esta vez su voz no tembló—.

Confías en mí o no.

Si confías, suéltame.

Si no…

entonces ya sé lo que soy para ti.

Las palabras cayeron como piedras.

Estoico parpadeó.

Su mano tembló.

Y lentamente, muy lentamente, la retiró.

Hipo caminó hacia Chimuelo.

Cada paso era un mundo.

Cada pisada, una decisión.

Los guerreros detrás tensaron los arcos.

Patán levantó el hacha.

Astrid contuvo la respiración.

—No disparen —ordenó Estoico, y su voz era apenas un susurro.

Hipo llegó hasta Chimuelo.

El dragón bajó la cabeza.

Hipo levantó la mano.

La puso sobre el hocico negro y cálido.

Chimuelo ronroneó.

El sonido recorrió el claro como un terremoto pequeño.

Los guerreros bajaron los arcos.

Patán dejó caer el hacha.

Astrid sonrió.

Estoico no se movía.

Miraba a su hijo con la mano sobre un dragón.

Un dragón vivo.

Un dragón que no atacaba.

Un dragón que…

¿ronroneaba?

—Padre —dijo Hipo, volviéndose—.

Esto es Chimuelo.

Y es mi amigo.

Si quieres matarlo, tendrás que matarme a mí primero.

—Hipo…

—No, padre.

Ahora hablo yo.

He callado durante quince años.

He sido el débil, el flaco, el inútil.

El que no sirve para nada.

El que avergüenza al jefe.

Pero he hecho algo que tú nunca lograste.

He mirado a un dragón a los ojos y no he sentido miedo.

He entendido que no somos tan diferentes.

Que ellos también tienen miedo.

También tienen hambre.

También tienen…

familia.

La voz se le quebró.

Pero siguió.

—Tú mataste cientos de dragones.

Yo salvé uno.

¿Quién de los dos ha hecho más por Berk?

Porque yo no he traído paz a esta isla con hachas.

La he traído con pergaminos.

Con preguntas.

Con piedras, padre.

Con malditas piedras.

El silencio era absoluto.

Hasta los pájaros parecían escuchar.

Estoico abrió la boca.

La cerró.

La volvió a abrir.

—Hipo…

yo…

—No necesito que digas nada.

Necesito que mires.

Y que decidas si quieres seguir siendo el hombre que mata dragones o el padre que aprende de su hijo.

Las lágrimas asomaron en los ojos de Hipo.

No las secó.

Las dejó correr.

Porque eran verdad.

Porque eran suyas.

Porque llevaban quince años esperando.

Chimuelo, a su lado, soltó un leve bufido y apoyó la cabeza en el hombro de Hipo.

Como un abrazo.

Como un te quiero.

Estoico el Basto, el guerrero más temido de Berk, el hombre que había matado cien dragones con sus propias manos, dio un paso adelante.

Luego otro.

Y luego, sin decir una palabra, se arrodilló.

No ante el dragón.

Ante su hijo.

—Muéstrame —dijo, con la voz rota—.

Muéstrame lo que has aprendido.

Hipo lo miró.

Y por primera vez en su vida, sintió que su padre no era un gigante.

Solo un hombre.

Un hombre que también tenía miedo.

Que también necesitaba escuchar.

—Claro —respondió, extendiendo la mano—.

Pero tienes que soltar el hacha.

Estoico miró su hacha.

El hacha que había matado cientos de dragones.

El hacha que había definido su vida.

La soltó.

El metal golpeó el suelo con un sonido sordo.

Y en el claro del bosque, bajo la mirada atónita de los guerreros de Berk, un padre y su hijo se abrazaron junto a una Furia Nocturna.

Chimuelo los observó.

Inclinó la cabeza.

Y luego, muy despacio, extendió un ala sobre ambos.

Como un techo.

Como una promesa.

Como el principio de algo que ningún libro había contado todavía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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