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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 20

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  3. Capítulo 20 - 20 20-El peso de la palabra dada
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20: 20-El peso de la palabra dada.

20: 20-El peso de la palabra dada.

El abrazo duró lo que dura un relámpago.

O una eternidad.

Hipo no supo medirlo.

Solo supo que cuando su padre lo soltó, los ojos azules —tan parecidos a los suyos— estaban húmedos.

Estoico el Basto no lloraba.

Los jefes no lloraban.

Pero aquella mañana, en aquel claro, algo se había roto dentro de él.

O quizá, por primera vez, algo se había ablandado desde la muerte de valka.

—Levantaos —murmuró Bocon detrás, con voz ronca—.

Que los ven los muchachos.

Estoico se puso de pie.

Hipo también.

Chimuelo retiró el ala, pero no se movió del sitio.

Sus ojos morados seguían fijos en Estoico, evaluándolo, midiéndolo.

Como si supiera que aquel hombre grande y barbudo era el dueño de la isla.

Y también el padre de su amigo.

—No voy a matarlo —dijo Estoico, y la frase sonó más a pregunta que a afirmación—.

Pero no voy a fiarme de él.

No todavía.

—Es suficiente —respondió Hipo, y lo decía en serio—.

Con que no lo ataques, yo me encargo del resto.

—¿Del resto?

—Patán dio un paso al frente, con la cara encendida de furia—.

¿Qué resto, flaco?

¿Que ese monstruo se pasee por Berk?

¿Que nuestros hijos jueguen con él?

¿Que olvidemos a los muertos?

La tensión volvió al claro.

Los guerreros apretaron las armas.

Astrid puso una mano en el hombro de Patán.

—Déjalo ya —dijo ella, con voz baja—.

El jefe ha hablado.

—El jefe está cegado por su hijo —escupió Patán, apartándose—.

Yo no olvido.

Y no voy a permitir que ningún libro de mierda me diga que debo darles piedras y palmaditas.

Se dio la vuelta y se internó en el bosque, solo, sin esperar permiso.

Nadie lo siguió.

Estoico lo miró irse.

Luego miró a Hipo.

—Ese chico es un problema —dijo.

—Ya lo sé.

—Pero no podemos culparlo.

Muchos en Berk piensan como él.

Incluyéndome hasta hace cinco minutos.

—¿Y ahora?

Estoico suspiró.

El suspiro más profundo que Hipo le había oído jamás.

Parecía sacado del fondo de un pozo.

—Ahora…

ahora no sé qué pensar.

Pero sé que no quiero perder a mi hijo.

Y sé que si hay una mínima posibilidad de que los dragones no sean solo bestias…

debo mirarla.

Aunque me duela.

Bocon se acercó, con los brazos cruzados.

—Jefe, hay que volver a la aldea.

La gente está nerviosa.

Han visto las antorchas y los arcos.

Piensan que hubo batalla.

—Diles que no hubo nada —respondió Estoico—.

Diles que el jefe está pensando.

Y que mañana habrá una asamblea.

—¿Una asamblea?

—preguntó Hipo, alarmado—.

¿Para qué?

—Para que hables.

Para que muestres tu libro.

Para que expliques por qué debemos cambiar la forma en que hemos vivido durante generaciones.

Y para que respondas preguntas.

Muchas preguntas.

Algunas con hachas en la mano.

Hipo tragó saliva.

Su padre no bromeaba.

Lo sabía.

—¿Y si no me dejan hablar?

Estoico se agachó, recogió el hacha del suelo y la sopesó.

La miró como si fuera la primera vez.

—Entonces hablaré yo por ti.

Y aunque me cueste el cargo, les recordaré que soy el jefe.

Y que un jefe no solo manda.

También aprende.

Hizo una pausa.

Miró a Chimuelo.

El dragón seguía quieto, observando, respirando.

Su cola golpeó el suelo una vez, dos veces.

Como un latido.

—¿Cómo sabes que no nos atacará?

—preguntó Estoico.

—Porque no le he dado motivos —respondió Hipo—.

Y porque los dragones, padre, no atacan por maldad.

Atacan por miedo.

O por hambre.

O por defender a los suyos.

Si no les das razones para temerte…

ellos tampoco te temerán.

Al menos la mayoría.

—Suena bonito.

Pero bonito y verdad no siempre van de la mano.

—Por eso te pido que veas.

No que creas.

Solo que veas.

Estoico asintió.

Luego, con un gesto que sorprendió a todos, se guardó el hacha en el cinturón —sin desenfundarla— y tendió la mano hacia Chimuelo.

—Acércate —dijo, imitando a Hipo.

El dragón olfateó el aire.

Sus fosas nasales se expandieron.

Hipo sintió un escalofrío.

Estoico también.

Pero ninguno se movió.

Chimuelo dio un paso.

Luego otro.

Luego apoyó el hocico en la palma abierta del jefe.

El contacto duró un segundo.

Tal vez dos.

Luego Chimuelo retrocedió, se dio la vuelta, y con un salto silencioso desapareció entre los árboles.

Estoico miró su mano.

La palma sudorosa.

Los dedos temblorosos.

—Huelo a pescado —dijo, confundido.

—Come pescado —respondió Hipo, esbozando una sonrisa—.

Sobre todo bacalao.

Y arenque.

Pero prefiere el bacalao.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque se lo he dado.

Y porque lo he visto.

Y porque he pasado las últimas tres semanas aprendiendo, padre.

No matando.

Aprendiendo.

Estoico guardó silencio.

Luego, sin decir palabra, echó a andar de vuelta a la aldea.

Los guerreros lo siguieron.

Hipo también.

En el camino de regreso, Bocon se puso a su altura.

—Bien hecho —susurró—.

Pero esto no ha terminado.

Patán no se callará.

Y muchos como él.

La asamblea de mañana será una batalla.

Sin hachas, pero batalla al fin.

—Lo sé —respondió Hipo, apretando la bolsa de los pergaminos contra el pecho.

—¿Y estás listo?

—No.

Pero iré igual.

Bocon sonrió.

Era una sonrisa rara en él.

Casi orgullosa.

—Eso, muchacho, es lo que hace a un vikingo.

No la fuerza.

La voluntad.

Hipo guardó la frase en la memoria.

Era la misma que Leo le había dicho aquella mañana.

O quizá era al revés.

Ya no sabía quién decía qué.

Pero no importaba.

Las palabras verdaderas son verdaderas vengan de donde vengan.

Al llegar a la aldea, la multitud los esperaba.

Hombres, mujeres, niños.

Todos con la misma pregunta en los ojos: *¿qué ha pasado?* Estoico subió a la piedra de los discursos, la misma desde la que había anunciado guerras y funerales.

Y dijo, con su voz de trueno: —¡Mañana, asamblea en el Gran Salón!

¡Mi hijo hablará!

¡Y yo escucharé!

¡El que no quiera escuchar…

que se vaya de Berk!

¡Porque aquí, a partir de ahora, las cosas van a cambiar!

El murmullo fue como un oleaje.

Algunos aplaudieron.

La mayoría guardó silencio.

Y en ese silencio, Hipo sintió el peso de lo que venía.

—Leo —susurró, ya en su casa, con la puerta cerrada—.

¿Qué hice?

“Lo que tenías que hacer.

Decir la verdad.

Gritarla.

Y sobrevivir.” —¿Y mañana?

“Mañana…

mañana habrá más gritos.

Pero ya no estarás solo.

Tienes a Chimuelo.

Tienes los pergaminos.

Tienes a tu padre…

aunque le cueste.

Y me tienes a mí.” —¿Tú qué puedes hacer?

Estás en mi cabeza.

“Exacto.

Y no pienso callarme.

Porque mañana, cuando Patán te grite ‘traidor’…

yo te gritaré ‘sigue’.

Cuando tu padre dude…

yo te recordaré por qué empezaste.

Y cuando quieras rendirte…

te contaré el final de la película.

Aunque aún no haya llegado.” Hipo se tumbó en la cama.

Cerró los ojos.

Los pergaminos seguían bajo la almohada.

La espada Rompedientes seguía al cinto.

Afuera, el viento trajo un aullido lejano.

Chimuelo cantaba.

O quizá lloraba.

O quizá solo decía *estoy aquí, no tengas miedo*.

Hipo sonrió en la oscuridad.

—No tengo miedo —mintió.

Y se durmió con la mentira en los labios y la verdad en el pecho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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