Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 21
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21: 21-Fuego y palabra.
21: 21-Fuego y palabra.
La asamblea se anunció al amanecer.
No con campanas, sino con el cuerno de guerra.
Tres soplidos largos que recorrieron Berk como un escalofrío.
Los vikingos dejaron sus hachas, sus redes, sus pellejos de hidromiel.
Se vistieron con sus mejores túnicas —las que tenían menos sangre— y caminaron hacia el Gran Salón con el ceño fruncido.
Hipo los veía desde la ventana de su casa.
Una marea de barbas, músculos y desconfianza.
En medio, Patán caminaba al frente, con su hacha al hombro y la mandíbula apretada.
Detrás de él, su padre —Paton jorgerson—, un guerrero de manos del tamaño de cabezas de bebé y una cicatriz que le cruzaba la mejilla como un rayo.
Paton no había muerto.
Al contrario: era de los pocos que había sobrevivido a tres ataques de dragones sin perder un solo dedo.
Y su hijo, Patán, era su orgullo.
También su furia.
—Leo —susurró Hipo—.
¿Cuánta gente dirá que no?
“La mayoría.
Al principio.
Pero las mayorías, Hipo, son como el viento.
Cambian si soplas con fuerza.” —No sé si tengo tanto aire.
“Pues aprende a respirar hondo.” Hipo cogió la bolsa de los pergaminos.
Cinco rollos ahora.
El último lo había terminado esa madrugada, con los ojos enrojecidos y los dedos manchados de carbón.
Hablaba de las Furias Nocturnas.
De su inteligencia.
De su capacidad para aprender.
De cómo, si se les ganaba la confianza, se convertían en los aliados más leales que un vikingo podía tener.
También había escrito algo más.
Algo que Leo le había dictado entre sueños.
Una frase que ahora llevaba tatuada en la memoria: “El miedo hace más daño que el fuego.
Porque el fuego quema la piel.
Pero el miedo quema el alma.” Salió de la casa.
El sol estaba alto, pero no calentaba.
El cielo era de ese gris que prometía tormenta o milagro.
Difícil saberlo.
En la puerta del Gran Salón, Bocon lo esperaba.
—¿Estás listo?
—preguntó, sin rodeos.
—No.
—Bien.
Entra.
Tu padre ya está dentro.
Y ha pedido que empieces tú.
Sin presentación.
Sin discursos previos.
Solo tú y ellos.
—¿Solo yo?
—Y tus pergaminos.
Y esa lengua tuya que parece de otro mundo.
Hipo respiró hondo.
Empujó la puerta.
El interior olía a cuero, a sudor y a hidromiel rancio.
Las antorchas parpadeaban en las paredes de piedra.
En las bancadas de madera, docientos vikingos —tal vez más— lo miraban.
Algunos con curiosidad.
Otros con odio.
Muy pocos con algo parecido a la esperanza.
En el trono, Estoico el Basto presidía.
No llevaba casco.
Quería que vieran su cara.
Quería que vieran que no ocultaba nada.
—Pasa, hijo —dijo, y su voz no era de trueno.
Era casi suave—.
Toma la palabra.
Hipo caminó hasta el centro del salón.
El eco de sus pasos rebotaba en las piedras.
Se detuvo frente a la multitud.
Descolgó la bolsa de los pergaminos.
La abrió.
Silencio.
—No voy a pedir que me crean —empezó, y su voz tembló al principio, pero se enderezó como una espada—.
Voy a pedir que escuchen.
Nada más.
Si después de escuchar quieren quemar mis pergaminos, que los quemen.
Si quieren echarme de Berk, que me echen.
Pero antes de juzgar…
escuchen.
Un murmullo recorrió el salón.
paton, el padre de Patán, cruzó los brazos y arqueó una ceja.
No dijo nada.
Pero sus ojos decían habla, flaco.
A ver si me convences.
Hipo desenrolló el primer pergamino.
—Esto es un Gronckle —dijo, mostrando el dibujo—.
Come piedras.
Escupe lava sólida.
Su punto débil está bajo el mentón.
Lo comprobé yo mismo.
No con un hacha.
Con un puñetazo.
Y el dragón no murió.
Solo se aturdió.
Porque los Gronckles no quieren matar.
Quieren comer.
Y si no los atacas, ellos no te atacan.
—¡Mentira!
—gritó alguien al fondo—.
¡Un Gronckle mató a mi primo!
—¿Su primo lo atacó primero?
—preguntó Hipo.
Silencio.
—Eso pensaba.
Desenrolló el segundo pergamino.
—Esto es un Nadder Mortal.
Escupe fuego.
Tira espinas con veneno paralizante.
Su punto débil está en la cresta.
Un golpe seco y se desorienta.
No hay que matarlo.
Solo detenerlo.
Luego se va solo.
Porque los dragones, como los vikingos, huyen cuando el daño no merece la pena.
Paton soltó un gruñido que podía ser aprobación o desprecio.
Imposible saberlo.
—¿Y qué propones?
—interrumpió una voz femenina.
Era Brusca, la herrera, una mujer con brazos más gruesos que los muslos de Hipo—.
¿Que los dejemos entrar en nuestras casas?
¿Que compartamos la cena con ellos?
—Propongo —dijo Hipo, alzando la voz— que dejemos de matarlos sin saber.
Que estudiemos sus comportamientos.
Que usemos su fuerza para defender Berk, no para destruirla.
¿Se imaginan una flota de dragones aliados?
¿Se imaginan lo que podríamos construir si no pasáramos la vida reparando techos quemados?
Brusca frunció el ceño.
Pero no respondió.
Hipo desenrolló el quinto pergamino.
El último.
El de la Furia Nocturna.
—Esto —dijo, mostrando el dibujo con manos temblorosas— es Chimuelo.
Mi amigo.
Es una Furia Nocturna.
La especie más rara, más inteligente y más leal.
Puede volar más rápido que cualquier dragón.
Puede lanzar bolas de plasma que explotan al impacto.
Y si Berk lograra aliarse con él…
—¡Basta!
—Patán se puso de pie, derribando el banco de madera—.
¡No voy a escuchar más mentiras!
¡Ese bicho debería estar muerto!
¡Y tú con él, traidor!
El salón enmudeció.
Hipo sintió el peso de cien miradas.
Su padre se levantó del trono.
—Siéntate, Patán —ordenó Estoico.
—No me siento, jefe.
Con respeto, pero no me siento.
Usted está cegado.
Su hijo ha traído un monstruo a nuestra isla y usted le ha dado la mano.
¿Qué sigue?
¿Que los dragones duerman en nuestras camas?
—Patán…
—¡No!
—El joven dio un paso al frente, con el hacha levantada—.
¡Mi padre —señaló a Paton, que seguía sentado, observando— no ha matado treinta dragones para que ahora venga un flaco con pergaminos y nos diga que son nuestros amigos!
¡Los dragones matan!
¡Eso es lo que hacen!
¡Y mientras haya un solo dragón vivo en Berk, yo empuñaré mi hacha!
Paton no se movió.
No dijo nada.
Pero sus ojos se clavaron en su hijo con una expresión que Hipo no supo leer.
¿Orgullo?
¿Preocupación?
¿Cansancio?
Hipo sintió la furia en el pecho.
La misma que había contenido durante semanas.
La misma que Leo le había dicho que soltara.
—¡Pues empuñala!
—gritó Hipo, y su voz rompió el silencio como un trueno—.
¡Pero no contra los dragones!
¡Contra mí!
¡Si tanto odias lo que digo, ven y párteme la cara!
¡Pero te aviso, Patán!
¡No soy el mismo flaco que no podía levantar una espada!
¡He aprendido!
¡Y lo que he aprendido es que la fuerza sin inteligencia solo sirve para cavar tumbas!
Patán enrojeció.
Sus manos temblaban sobre el hacha.
Un paso.
Otro.
—Patán —la voz de Paton cortó el aire como un cuchillo—.
Baja el hacha.
—Pero padre…
—Baja el hacha.
Ahora.
Patán dudó.
Miró a su padre.
Miró a Hipo.
Miró al jefe Estoico, que tenía la mano sobre su propia hacha, lista para intervenir.
Bajó el hacha.
—Esto no termina aquí —susurró, y se sentó.
Paton se puso de pie.
Era enorme.
Más que su hijo.
Más que el propio Estoico, quizá.
Caminó hacia Hipo con pasos lentos, pesados, como los de un gigante de piedra.
—Eres valiente —dijo, mirándolo a los ojos—.
O estúpido.
Todavía no lo decido.
—Ambos —respondió Hipo, sin pestañear—.
Mis amigos me dicen que soy las dos cosas.
Paton soltó una carcajada seca.
Luego extendió la mano.
—Enséñame ese pergamino.
El de la Furia Nocturna.
Hipo se lo dio.
Paton lo leyó en silencio.
Sus dedos gruesos recorrían las líneas temblorosas, los dibujos esquemáticos.
Cuando terminó, lo devolvió.
—No sé si creerte —dijo—.
Pero sé que has pasado más tiempo con dragones que cualquier idiota que los mata sin mirarlos.
Eso, al menos, merece respeto.
Se dio la vuelta y volvió a su sitio.
Patán lo miró con los ojos llenos de furia contenida.
Pero no dijo nada.
Estoico retomó la palabra.
—La asamblea se levanta —anunció—.
Dentro de tres días, volveremos a reunirnos.
Cada uno traerá sus dudas, sus miedos, sus preguntas.
Y mi hijo traerá respuestas.
O al menos, intentará traerlas.
Mientras tanto…
nadie tocará al dragón del bosque.
Nadie quemará los pergaminos.
Nadie insultará a mi hijo.
Esa es mi orden.
¿Alguien la discute?
Nadie habló.
Pero muchos bajaron la mirada.
Hipo enrolló los pergaminos.
Los guardó en la bolsa.
Salió del Gran Salón con el corazón latiéndole en la garganta.
Afuera, el sol se abría paso entre las nubes.
Un rayo de luz cayó sobre su cara.
—Leo —susurró—.
¿He ganado?
“No has perdido.
Que es distinto.
Y a veces, no perder es la única forma de ganar.” —¿Y ahora qué?
“Ahora…
ahora construyes.
Los pergaminos son solo palabras, Hipo.
Las palabras cambian mentes.
Pero las acciones cambian mundos.
Tienes tres días.
Úsalos bien.” Hipo asintió.
Y mientras caminaba hacia su casa, ya estaba pensando.
En metales.
En defensas.
En baños con agua caliente, como los que Leo le había descrito una noche.
En papel, para escribir más pergaminos sin tener que matar ovejas.
En vidrio, para que las ventanas dejaran pasar la luz sin dejar entrar el frío.
—¿Todo eso se puede hacer?
—preguntó en voz alta.
“Con dragones que escupen fuego para fundir metales…
sí.
Con una Furia Nocturna que te ayuda a transportar piedras…
sí.
Con un pueblo que deja de tener miedo y empieza a imaginar…
sí.” —Entonces —dijo Hipo, con una sonrisa que no cabía en su cara—, empecemos.
Y esa noche, mientras Berk dormía, él no durmió.
Dibujó planos en un pergamino nuevo.
Un horno más eficiente.
Un sistema de cañerías con agua caliente.
Una fórmula para hacer vidrio con arena y ceniza de dragón.
No eran perfectos.
Pero eran un comienzo.
Y en el bosque, Chimuelo lo observaba desde la distancia.
Sus ojos verdes brillaban en la oscuridad.
Como dos estrellas que habían decidido quedarse.
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