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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 22

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  3. Capítulo 22 - 22 22-Ls planos de madrugada
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22: 22-Ls planos de madrugada.

22: 22-Ls planos de madrugada.

La vela se consumía lentamente sobre la mesa de madera.

La cera derretida formaba pequeñas montañas blancas alrededor del cabo.

Hipo llevaba horas escribiendo, pero no sobre dragones.

Sobre cosas que nunca había visto pero que Leo describía con una claridad asombrosa.

—Más despacio —murmuró, con la lengua fuera por la concentración—.

No puedo dibujar y escuchar al mismo tiempo.

“El horno de fundición necesita una chimenea más alta —continuó Leo, ignorándolo—.

El calor tiene que salir por arriba, no por los lados.

Así los metales se derriten más rápido y con menos leña.” —¿Y eso para qué sirve?

“Para hacer mejores hachas.

Mejores espadas.

Mejores herramientas.

Pero también para hacer cosas que no son armas.

Tuberías de metal para agua caliente.

Moldes para vidrio.

Engranajes para molinos.” Hipo dejó el carbón y se frotó los ojos.

Estaban enrojecidos, hinchados.

Llevaba dos noches sin dormir bien.

La asamblea había sido solo el primer paso.

Ahora venía lo difícil: demostrar que todo aquello no eran palabras vacías.

—En Berk no tenemos hornos así —dijo—.

Los herreros usan fraguas pequeñas.

Hierro y carbón.

Nada más.

“Por eso Berk es una isla fría y pobre.

No porque falten recursos.

Porque falta conocimiento.” —Eres duro.

“Soy honesto.

Y la honestidad, Hipo, es el lujo de los que no temen ofender.” Hipo cogió un pergamino nuevo.

Era el sexto.

El más grande que tenía.

En la parte superior, con letra cuidadosa, escribió: “Planos para un Berk mejor”.

Debajo, empezó a dibujar.

El horno ocupó la primera hora.

Luego, las cañerías.

Luego, un esbozo de lo que Leo llamaba “baño romano” —una habitación con agua caliente que salía de tubos de metal y se escurría por desagües de piedra.

Hipo nunca había oído nada igual.

En Berk, los vikingos se bañaban una vez al mes, cuando no estaba helado.

El resto del tiempo, olían a sudor, a humo y a dragón muerto.

—¿De verdad esto funciona?

—preguntó, señalando el dibujo.

“Los romanos lo hacían hace dos mil años en mi mundo.

Si ellos pudieron, con esclavos y herramientas de hierro, nosotros podemos, con dragones y voluntad.” —¿Dragones?

“Un Gronckle puede fundir metal con su lava.

Una Furia Nocturna puede calentar agua con sus bolas de plasma controladas.

No estamos solos, Hipo.

Eso es lo que tu padre y los demás no entienden.

Los dragones no son solo bestias que no atacan.

Son herramientas vivas.

Aliados.

Fábricas con alas.” Hipo sonrió.

La palabra “fábrica” sonaba extraña en su boca, pero le gustaba.

Sonaba a futuro.

A algo que aún no existía pero que podía existir.

Afuera, un golpe en la puerta.

Hipo se sobresaltó.

Enrolló los pergaminos rápido y los metió debajo de la cama.

Cogió la espada Rompedientes —por si acaso— y fue a abrir.

Era Astrid.

—¿Puedo pasar?

—preguntó, sin esperar respuesta, y entró.

Llevaba una capa de piel de lobo sobre los hombros y el pelo suelto, cosa rara en ella.

Siempre lo llevaba trenzado para las peleas.

Hipo no supo qué pensar.

—Es tarde —dijo, cerrando la puerta—.

¿No deberías estar durmiendo?

—No duermo desde la asamblea.

—¿Por qué?

Astrid se sentó en la silla de Hipo, la única que había, y cruzó las piernas.

Sus ojos azules recorrieron la habitación: la cama deshecha, la mesa llena de carbones, la vela casi consumida, el olor a pergamino y a humedad.

—Por lo que dijiste —respondió—.

Por cómo se lo dijiste.

A Patán.

A todos.

No te había visto gritar así.

—Yo tampoco —admitió Hipo, sentándose en el borde de la cama—.

Supongo que tenía cosas guardadas.

—¿Cosas como qué?

—Como que estoy harto de que me llamen flaco.

Harto de que me señalen.

Harto de ser la vergüenza de mi padre.

Y harto, sobre todo, de que nadie pregunte por qué.

Solo cómo.

Cómo matar.

Cómo quemar.

Cómo destruir.

Nunca por qué.

Astrid lo miró largamente.

Luego, sin decir palabra, se inclinó hacia la cama y sacó los pergaminos que Hipo había escondido.

—Esto —dijo, desenrollando el sexto—.

¿Qué es?

—Planos —respondió Hipo, sin molestarse en negarlo—.

Para construir cosas.

Cosas que harían Berk más fuerte.

Más limpia.

Más…

habitable.

—¿Más habitable?

—Astrid frunció el ceño, estudiando los dibujos—.

¿Esto es una ducha?

—¿Sabes qué es una ducha?

—Mi madre me habló de ellas.

Las vikingas antiguas las usaban en los asentamientos del sur.

Pero se perdió el conocimiento.

Nadie sabe cómo hacerlas.

—Yo sí.

—¿Cómo?

Hipo dudó.

Leo guardó silencio.

Era su decisión.

—Tengo un amigo —dijo al fin—.

En mi cabeza.

No sé explicarlo bien.

Pero sabe cosas.

Muchas cosas.

De otros mundos.

De otros tiempos.

Y me las dicta.

Esperó la burla.

La carcajada.

La puerta cerrándose.

Astrid no hizo nada de eso.

—¿Como los dioses?

—preguntó, seria—.

¿Como Odín cuando susurra al oído de los elegidos?

—No sé —respondió Hipo, sincero—.

No sé si es un dios.

Solo sé que está ahí.

Y que me ayuda.

Y que sin él, Chimuelo estaría muerto.

Y yo también, probablemente.

Astrid guardó silencio.

Devolvió los pergaminos.

Se puso de pie.

—No sé si creerte —dijo—.

Pero he visto cosas raras en las últimas semanas.

Un Gronckle comiendo piedras.

Una Furia Nocturna que no mata.

Un flaco que escribe libros y dibuja baños con agua caliente.

—¿Y eso qué significa?

—Que quizá, solo quizá, los dioses han puesto sus ojos en Berk.

Y en ti.

Y que si es así…

no quiero estar en tu contra.

Se dirigió a la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Cuida ese dragón, Hipo.

Y cuida esos pergaminos.

Porque dentro de tres días, en la próxima asamblea, no solo hablarás de dragones.

Hablarás del futuro.

Y el futuro, a veces, da más miedo que cualquier bestia.

Cerró la puerta.

Hipo se quedó mirando la madera.

—Leo —susurró—.

¿Astrid acaba de…

apoyarme?

“No lo sé.

Pero ha dicho ‘cuida ese dragón’.

No ‘mata ese dragón’.

Eso ya es un triunfo.” —¿Y lo de los dioses?

“Que ella busque explicaciones divinas es su problema.

Tú céntrate en las tuyas.

En los planos.

En los hornos.

En los baños.

Y cuando la asamblea vuelva a reunirse…

les muestras todo.

No solo palabras.

Cosas.

Cosas que puedan tocar.

Cosas que puedan usar.

Porque las ideas, Hipo, se matan fácil.

Las cosas, no.” Hipo asintió.

Volvió a la mesa.

Encendió una vela nueva.

Y siguió dibujando.

El horno.

Las cañerías.

El vidrio.

El papel.

Y en un rincón del pergamino, casi como un sueño, dibujó a un vikingo y a un dragón volando juntos.

Bajo ellos, una Berk distinta.

Con chimeneas que no soltaban humo de guerra, sino de forjas pacíficas.

Con ventanas de vidrio.

Con baños de agua caliente.

Una Berk que aún no existía.

Pero que, por primera vez, empezaba a ser posible.

En el bosque, Chimuelo dormía enroscado bajo la luna.

Soñaba con peces.

Y con un muchacho flaco que le hablaba mientras dibujaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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