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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 23

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  3. Capítulo 23 - 23 23-La forja de los dioses
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23: 23-La forja de los dioses 23: 23-La forja de los dioses A la mañana siguiente, Hipo despertó con una idea en la cabeza.

No era suya.

Era de Leo, pero la había hecho suya durante la noche, mientras daba vueltas en la cama.

Los dioses.

Los vikingos creían en Odín, en Thor, en Freyja.

Creían en las runas, en los augurios, en los susurros del viento.

Si Hipo decía “Leo me dicta esto”, se ganaba el manicomio.

Pero si decía “los dioses me han mostrado estos conocimientos en sueños”…

eso era otra cosa.

Eso era sagrado.

Eso era peligroso de contradecir.

—No me gusta mentir —dijo Hipo mientras se vestía.

“No estás mintiendo.

Estás…

traduciendo.

Los dioses existen en este mundo, ¿no?

Pues yo soy como un dios.

Un dios pequeño.

Un dios con mal humor y mucho tiempo libre.” —Eso es blasfemia.

“¿Blasfemia es mentir o decir la verdad de forma que te entiendan?” Hipo no respondió.

Se ató el cinturón con Rompedientes, cogió los pergaminos y salió.

El sol estaba alto, pero el aire seguía frío.

En la plaza, los vikingos ya trabajaban: reparando redes, afilando hachas, ahumando pescado.

Algunos lo miraron.

Otros fingieron no verlo.

Hipo fue directo a la forja de Brusca.

La herrera era una mujer de hombros anchos y manos callosas.

Tenía el pelo rojo como el fuego y una nariz rota en tres sitios distintos.

Cuando Hipo entró, estaba fundiendo hierro en una fragua humeante.

—El flaco de los pergaminos —dijo sin mirarlo—.

¿Has venido a decirme que los dragones son amigos o a pedirme que te afile la espada?

—A las dos cosas —respondió Hipo, desenrollando el sexto pergamino—.

Pero primero, muéstrame esto.

Brusca dejó el martillo.

Se acercó, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Miró los dibujos.

Frunció el ceño.

—¿Qué es esta cosa?

—Un horno.

Más alto que los tuyos.

Con chimenea central y salidas de aire laterales.

Así el calor no se escapa.

Funde metal más rápido.

Con menos leña.

—¿Y tú cómo sabes de hornos?.

Hipo tragó saliva.

Leo, en su cabeza, susurró: “Ahora.

Los dioses.

Dilo con seguridad.” —Los dioses me lo mostraron —dijo Hipo, y la frase sonó más firme de lo que esperaba—.

En sueños.

Thor mismo puso su mano sobre mi frente y me dictó estos planos.

Dijo que Berk debía cambiar.

Que los dragones no eran el enemigo.

Que el verdadero enemigo era la ignorancia.

Brusca arqueó una ceja.

Sus ojos grises recorrieron la cara de Hipo, buscando la mentira.

—¿Thor?

—preguntó—.

¿El dios del trueno te habló a ti?

—Y Odín.

Y Freyja.

—Hipo se estaba inventando sobre la marcha, pero la voz no le temblaba—.

Dijeron que había llegado el momento de construir, no solo de destruir.

Que los dragones podían ser herramientas de los dioses si los tratábamos como aliados, no como bestias.

El silencio se alargó.

Brusca cogió el pergamino con delicadeza, como si fuera un objeto sagrado.

Lo acercó a la luz.

Lo estudió.

—Esto…

esto podría funcionar —murmuró—.

La chimenea central, las salidas de aire…

es como si alguien hubiera visto dentro de una fragua perfecta.

—Alguien lo vio —dijo Hipo—.

Los dioses.

Brusca levantó la vista.

Por un momento, Hipo creyó ver algo parecido al respeto en sus ojos.

—¿Y los dragones?

—preguntó—.

¿Qué pintan en todo esto?

—Un Gronckle puede fundir metal con su lava.

Una Furia Nocturna puede calentar el horno con sus bolas de plasma sin necesidad de carbón.

Los dragones, Brusca, no son solo bestias que matamos.

Son las manos de los dioses en la tierra.

Brusca guardó silencio.

Luego, sin decir palabra, cogió un trozo de carbón y empezó a hacer anotaciones en el pergamino.

Pequeñas correcciones.

Medidas más precisas.

—Si esto es cierto —dijo—, si los dioses realmente te han hablado…

entonces necesitamos piedra refractaria.

La que aguanta el calor sin romperse.

Hay una cantera al norte de la isla, pero está llena de dragones.

—Yo puedo hablar con ellos —respondió Hipo—.

O al menos, puedo intentarlo.

Brusca lo miró largamente.

Luego, con un gesto que parecía costarle, extendió la mano.

—Trato.

Tú traes la piedra.

Yo construyo el horno.

Y si funciona…

si realmente funde metal mejor que el mío…

entonces hablaré en la asamblea a tu favor.

Hipo estrechó su mano.

La palma de Brusca era áspera como la corteza de un roble.

—Trato hecho.

Salió de la forja con el corazón latiéndole rápido.

En la plaza, Patán lo vio salir y escupió en el suelo.

—¿Ya estás cansado de los pergaminos, flaco?

¿Ahora vas a jugar a ser herrero?

—Voy a construir —respondió Hipo, sin detenerse—.

Tú sigue cavando tu propia tumba con el hacha.

Yo prefiero levantar cosas.

Patán enrojeció.

Su padre, Paton, que estaba junto a él reparando una red de pesca, levantó la vista.

—Déjalo —dijo Paton, con voz grave—.

El chico tiene agallas.

Más que tú, quizá.

—¿Padre?

—He visto muchos guerreros en mi vida.

Los valientes y los fanfarrones.

Tú eres fanfarrón, hijo.

Él es valiente.

Aprende la diferencia.

Patán cerró la boca.

Nunca le llevaba la contraria a su padre.

Paton era de los pocos vikingos que podía mirar a Estoico a los ojos sin pestañear.

Y tenía una cicatriz en el pecho que le había hecho un Dragón Monstruoso del Abismo.

Solo uno.

Y había sobrevivido.

Hipo siguió caminando.

No miró atrás.

—Leo —susurró—.

¿De verdad crees que funcione lo de los dioses?

“Ya está funcionando.

Brusca ha mordido el anzuelo.

Paton te ha llamado valiente.

En tres días, en la asamblea, no hablarás solo.

Tendrás aliados.” —¿Y si los dioses se enfadan?

¿Si me castigan por usar sus nombres en vano?

“Hipo, los dioses de este mundo son vikingos.

Les gusta la audacia.

Les gusta la creatividad.

Y sobre todo, les gusta que los mortales hagan cosas interesantes.

Construir un horno mejor es interesante.

Aliarte con dragones es interesante.

Cambiar el destino de una isla es muy interesante.

Si los dioses existieran de verdad, te aplaudirían.

Y si no existen…

pues da igual.

Lo que importa es que los vikingos creen que existen.

Y eso, amigo mío, es el poder más grande del mundo.” Hipo sonrió.

Llegó al borde del bosque.

Silbó tres veces, como había aprendido.

Chimuelo apareció entre los árboles.

Sus ojos verdes brillaron.

Su cola golpeó el suelo.

—Necesito que me ayudes a buscar piedras —dijo Hipo, acariciándole el hocico—.

Piedras especiales.

Las que aguantan el calor.

¿Sabes dónde hay?

Chimuelo inclinó la cabeza.

Luego, sin previo aviso, echó a volar hacia el norte.

Hipo corrió detrás de él, con los pergaminos bajo el brazo y la espada al cinto.

El viento le azotaba la cara.

El sol se abría paso entre las nubes.

Y por primera vez en muchos días, sintió que no corría solo.

Corría con los dioses.

O con la idea de ellos.

Que, al final, venía a ser lo mismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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