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Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 24

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  3. Capítulo 24 - 24 24-La cantera del norte
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24: 24-La cantera del norte.

24: 24-La cantera del norte.

El vuelo hacia el norte duró menos de lo que Hipo esperaba.

Chimuelo volaba bajo, rozando las copas de los pinos, con las alas extendidas como un manto de medianoche.

Hipo iba a pie, trotando entre las rocas, sin perderlo de vista.

Sus piernas ardían.

Sus pulmones también.

Pero no se detuvo.

—¡Espera!

—jadeó—.

No todos tenemos alas.

Chimuelo giró en el aire, dio un looping imposible y se posó sobre una roca gigante.

Inclinó la cabeza.

Sus ojos verdes parpadeaban con algo que parecía diversión.

“Se ríe de ti”, dijo Leo.

—Ya lo sé.

“Los dragones tienen mal humor.” —También lo sé.

Hipo alcanzó la roca.

Desde allí, el paisaje se abría hacia una hondonada gris, llena de piedras rotas y arbustos secos.

Al fondo, una cueva negra como la boca de un gigante.

Y sobre la entrada, marcas de garras.

Muchas marcas.

—Ahí dentro —dijo Hipo, señalando—.

¿Esa es la cantera?

Chimuelo soltó un bufido afirmativo.

Pero sus alas se plegaron contra el cuerpo.

Una señal de nerviosismo.

Hipo ya conocía ese gesto.

—¿Hay otros dragones?

Chimuelo asintió.

Lentamente.

—¿Peligrosos?

Otra vez el bufido.

Pero esta vez más grave.

Como un “depende”.

“Los dragones son territoriales —recordó Leo—.

Pero no tanto como los vikingos.

Si entras con respeto, quizá te dejen pasar.

Si entras con un hacha, te fríen.” —No tengo hacha.

Tengo piedras y pescado.

“Pues usa lo que tengas.” Hipo sacó de la bolsa un bacalao seco que había guardado por la mañana.

Lo olió.

Todavía olía a pescado, aunque un poco pasado.

Lo suficiente.

—Quédate aquí —dijo a Chimuelo—.

Si oyes gritos, entra.

Pero intentaré arreglarlo solo.

Chimuelo no se movió.

Pero sus ojos se entrecerraron.

No le gustaba la idea.

Hipo caminó hacia la cueva.

El suelo estaba cubierto de piedras pequeñas, afiladas, que crujían bajo sus botas.

El eco de sus pasos rebotaba en las paredes de roca.

Adentro, el aire olía a azufre y a humedad.

A nido.

—Hola —dijo en voz alta—.

No vengo a hacer daño.

Traigo pescado.

El eco devolvió su voz distorsionada.

Luego, un gruñido.

Luego, otro.

Y otro.

Tres pares de ojos amarillos se encendieron en la oscuridad.

Eran Gronckles.

Dos adultos y uno pequeño, quizá un juvenil.

Estaban enroscados sobre un montón de piedras brillantes —minerales ricos en hierro— y miraban a Hipo con desconfianza.

—Tranquilos —dijo Hipo, tendiendo el pescado—.

Esto es para ustedes.

Siento haber entrado sin permiso.

Necesito piedras.

Las de allí —señaló unas rocas oscuras, distintas al resto—.

Las que aguantan el calor.

El Gronckle adulto más grande se puso de pie.

Era enorme.

Sus escamas parecían blindaje de barco.

Dio un paso adelante.

Otro.

Hipo no retrocedió.

Pero su corazón latía como un tambor de guerra.

“Quédate quieto —susurró Leo—.

Que te huela.

Que sepa que no mientes.” El Gronckle olfateó el bacalao.

Luego olfateó a Hipo.

Luego, lentamente, tomó el pescado con la lengua y lo engulló entero.

Sus ojos amarillos se suavizaron.

—¿Puedo coger las piedras?

—preguntó Hipo, señalando las rocas negras.

El Gronckle miró las piedras.

Miró a Hipo.

Miró a sus crías.

Y luego, con un gesto que parecía un encogimiento de hombros, se hizo a un lado.

Hipo sonrió.

Se acercó a la pared de la cueva y empezó a recoger las piedras refractarias.

Eran pesadas, más de lo que parecían.

Llenó la bolsa hasta que las tiras de cuero crujieron.

—Gracias —dijo, de espaldas al Gronckle.

El dragón respondió con un ronroneo grave.

El juvenil, más curioso, se acercó a Hipo y le olfateó la pierna.

—Tú eres pequeño —dijo Hipo, agachándose—.

Como yo.

También nos llaman flacos, ¿verdad?

El juvenil parpadeó.

Luego, con un movimiento rápido, le lamió la mano.

La lengua era áspera como lija, pero no dolía.

“Estás haciendo amigos”, dijo Leo.

“No solo con Chimuelo.

Con todos.

Esto no pasaba en las películas.” —¿Eso es bueno o malo?

“No lo sé.

Pero es interesante.

Muy interesante.” Hipo salió de la cueva con la bolsa al hombro.

El peso le doblaba la espalda, pero no le importaba.

Chimuelo seguía en la roca, esperando.

Cuando lo vio salir vivo, soltó un chirrido de alegría y bajó de un salto.

—Conseguí las piedras —dijo Hipo, mostrando la bolsa—.

Y conocí a una familia.

Son simpáticos.

Una vez que dejan de gruñir.

Chimuelo olfateó la bolsa.

Luego olfateó a Hipo.

Y luego, con un movimiento que ya conocía bien, apoyó el hocico en su hombro.

—Vamos —dijo Hipo—.

Brusca nos espera.

Y tenemos un horno que construir.

El camino de regreso fue más lento.

Las piedras pesaban una barbaridad.

Chimuelo ofreció llevarlas volando, pero Hipo se negó.

No quería soltarlas.

Necesitaba sentir el peso.

Necesitaba recordar que había entrado en una cueva llena de dragones y había salido con vida.

Y con regalos.

Cuando llegó a la forja, Brusca lo estaba esperando con los brazos cruzados.

—Pensé que no volverías —dijo.

—Casi —admitió Hipo, dejando caer la bolsa—.

Pero aquí estoy.

Y aquí están las piedras.

Brusca abrió la bolsa.

Sacó una de las rocas negras.

La sopesó.

La miró al trasluz.

—Piedra refractaria de primera —murmuró—.

¿Dónde la conseguiste?

—En la cantera del norte.

—¿La que está llena de Gronckles?

—Sí.

Brusca lo miró como si viera a un fantasma.

—¿Y cómo saliste vivo?

Hipo sonrió.

No era una sonrisa de suficiencia.

Era una sonrisa de alivio.

—Les di pescado.

Y les pedí permiso.

Brusca negó con la cabeza.

Pero no dijo nada.

Cogió las piedras y empezó a colocarlas en la base de la nueva fragua.

Su silencio era un respeto disfrazado.

Hipo se quedó a ayudarla.

Juntos, durante toda la tarde, levantaron las paredes del horno.

Pusieron la chimenea central.

Las salidas de aire.

El sistema de cañerías que Leo había dibujado en el pergamino.

Cuando el sol se puso, el horno estaba terminado.

Brusca encendió el fuego.

Las llamas subieron rectas, limpias, sin humo.

El calor se concentró en el centro, donde las piedras refractarias brillaban como carbones vivos.

En menos de una hora, el hierro estaba fundido.

Brusca se quedó mirando el metal líquido.

Sus ojos grises brillaban con reflejos anaranjados.

—Funciona —susurró—.

Por Thor, funciona.

—¿Hablarás en la asamblea?

—preguntó Hipo.

Brusca levantó la vista.

Por primera vez, sonrió.

Era una sonrisa fea —tenía los dientes torcidos y le faltaba una muela, pero era sincera.

—Hablaré.

Y no solo yo.

Cuando los demás vean este horno…

cuando vean lo que podemos construir…

muchos cambiarán de opinión.

Los dioses, Hipo.

Los dioses están contigo.

Y yo no voy a ponerme en contra de los dioses.

Hipo asintió.

Salió de la forja con los músculos doloridos y el corazón ligero.

En el cielo, las estrellas empezaban a salir.

Y entre ellas, una sombra negra volaba en círculos.

Chimuelo.

Vigilando.

Esperando.

—Leo —susurró Hipo—.

¿Crees que esto sea suficiente?

“Para la asamblea, sí.

Para cambiar Berk, no.

Eso llevará años.

Pero los años, Hipo, se construyen un día a la vez.

Y hoy has construido un horno.

Mañana construirás algo más.

Y pasado mañana, otra cosa.

Hasta que un día mires atrás y no reconozcas el lugar donde creciste.

Porque tú lo habrás cambiado.

Tú y los dragones.

Tú y los dioses.

Tú y yo.” Hipo levantó la vista hacia la estrella más brillante.

La que parecía parpadear solo para él.

—Gracias —dijo.

Y no sabía si se lo decía a Leo, a Chimuelo, a los dioses o a sí mismo.

Pero dio igual.

La gratitud no necesita destinatario.

Solo necesita ser verdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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