Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 25

  1. Inicio
  2. Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo
  3. Capítulo 25 - 25 25-Dia antes del juicio
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

25: 25-Dia antes del juicio 25: 25-Dia antes del juicio El sol de la mañana se filtraba entre las nubes grises mientras Hipo caminaba hacia la herrería.

El pueblo de Berk olía a humo de chimeneas, pescado salado y, por primera vez en siglos, a metal fundido con una eficiencia que nadie podía negar.

Hoy es el día de la demostración, dijo Leo en su cabeza.

No hay presión.

Solo el futuro de la civilización vikinga depende de esto.

«Gracias por recordármelo», pensó Hipo, ajustando el peso de Rompedientes en su cadera.

La herrería estaba abarrotada.

Brusca había corrido la voz sobre el “horno milagroso” —sus palabras, no las de Hipo— y media aldea se había presentado a curiosear.

Hipo reconoció a Estoico junto al fondo, con los brazos cruzados y su mandíbula de granito.

A su lado, Patán sonreía con esa sonrisa que siempre precedía a una estupidez.

“Ojo con ese”, advirtio Leo.

“Tiene cara de que va a meter la pata.

O a intentar que tú la metas.” “Hipo, muchacho”, dijo Brusca, limpiándose las manos en su delantal de cuero.

“El horno está listo.

¿Quieres hacer los honores?” Hipo asintió y se acercó al gigante de piedra refractaria.

Recordó las semanas de trabajo, el trueque con los Gronckles —quienes ahora lo miraban con cierta simpatía desde el acantilado— y la noche en que Brusca había fundido el primer lingote de hierro sin humo negro.

“Berk”, comenzó, alzando la voz para dominar el murmullo.

“Lo que van a ver hoy no es magia.

Es…

un regalo de los dioses.” Bien jugado.

Siempre funciona.

“Los dioses me mostraron en sueños cómo construir este horno.

Con él, podemos fundir metal más rápido, más limpio y más fuerte que nunca.

Espadas que no se rompen.

Herramientas que duran generaciones.

Y…” Hizo una pausa dramática, justo como Leo le había enseñado.

“…

defensas que ningún dragón podrá atravesar.” El murmullo se intensificó.

Algunos vikingos asintieron.

Otros fruncieron el ceño.

Estoico seguía impasible.

Brusca tomó el relevo.

“Observen.” Alimentó el horno con carbón vegetal y mineral de hierro.

Aplicó el fuelle mejorado —otra idea de Hipo, un sistema de doble cámara— y en minutos, el interior brilló con un calor blanco que hizo retroceder a los más cercanos.

Perfecto.

Ahora viene la parte buena.

Cuando el primer lingote de hierro fundido cayó en el molde de arena, un silencio absoluto cayó sobre la herrería.

El metal brillaba con una pureza que ninguno de esos vikingos había visto jamás.

“Por Thor…” susurró alguien.

¿Ves?

Los dioses.

Siempre funciona.

Pero entonces, Patán dio un paso adelante.

“Eso no es de los dioses”, escupió.

Sus ojos recorrieron el horno con desprecio.

“Esto es brujería.

Y el brujo tiene una Furia Nocturna escondida en el bosque.” Aquí viene.

“Patán —” comenzó Hipo.

“No me llames, Hipo el Flaco”.

Escupió el nombre como un insulto.

“Todos saben que esa bestia te tiene hechizado.

Y ahora vienes con hornos que los dioses nunca aprobarían”.

Se volvió hacia la multitud.

“¿Acaso Thor usa piedras de cuevas de dragones?

¿Acaso Freyja funde metales?” Algunos vikingos murmuraron incómodos.

Maldición.

Tiene un punto peligroso.

Hay que desactivarlo.

“Los dioses usan lo que encuentran”, respondió Hipo, forzando la calma.

“Y si Thor tuviera acceso a mejor tecnología, ¿no la usaría para matar más gigantes de hielo?” Patán enrojeció.

“¡No blasfemes!” “No estoy blasfemando.

Estoy honrando a los dioses al usar la inteligencia que ellos me dieron”.

Hipo señaló el lingote humeante.

“Ese metal es más puro que cualquier espada que tu padre haya empuñado.

Pregúntale a él si es brujería o es progreso”.

Todas las miradas se volvieron hacia Paton.

El guerrero canoso, que había permanecido en silencio junto a su hijo, observó el horno con atención.

Luego caminó hacia el lingote, lo levantó —aún caliente— y lo giró entre sus dedos callosos.

“Pesa menos que el hierro común”, dijo, su voz grave.

“Pero se siente…

más denso.

Más verdadero.” Paton es inteligente.

Mucho más que su hijo.

“Pruébalo”, dijo Brusca, ofreciéndole un hacha vieja y una de las nuevas hojas que había forjado esa semana.

Paton tomó ambas.

Las golpeó entre sí.

El hacha vieja se melló.

La nueva hoja ni se inmutó.

El murmullo se convirtió en exclamaciones.

“Hipo dice la verdad”, declaró Paton, devolviendo las armas.

“Los dioses no dan regalos a quienes no los merecen”.

Miró a su hijo con una mezcla de decepción y advertencia.

“A veces el progreso parece brujería para los que no entienden”.

Patán tembló de furia.

“¡Padre!” “Cállate”, cortó Paton.

“Has deshonrado nuestra casa con tus acusaciones sin pruebas”.

Se inclinó hacia su hijo, bajando la voz pero no lo suficiente.

“El jefe Estoico decidirá.

Tú solo eres un guerrero, no un juez”.

La multitud se dividió.

Algunos reían de Patán.

Otros observaban a Hipo con nuevos ojos.

Eso es.

La marea está cambiando.

Pero aún no hemos ganado.

Fue entonces cuando Astrid se abrió paso entre la gente.

Su trenza rubia brillaba bajo el sol filtrado, y su hacha de batalla colgaba de su espalda con la naturalidad de una extensión de su brazo.

“Yo he visto al Furia Nocturna”, dijo, y el silencio volvió a caer.

“No está hechizado.

Es…

diferente”.

Patán se giró hacia ella, los ojos encendidos.

“¿Y tú qué sabes, Astrid?

¿Acaso también te ha hechizado el flaco?” Ella no se inmutó.

Dio un paso al frente, y Hipo notó cómo varios vikingos retrocedían instintivamente.

Astrid tenía esa reputación.

“Sé reconocer la valentía cuando la veo”, respondió con frialdad.

“Mientras tú pasaste todo el invierno presumiendo en la taberna, Hipo pasó las noches construyendo algo que beneficia a toda la aldea”.

Señaló el horno.

“Eso no es brujería.

Es inteligencia.

Y si no puedes distinguir una de otra, tal vez deberías pasar más tiempo entrenando tu cerebro y menos tiempo golpeando cosas”.

¡BOOM!

¡Dicho!

La multitud soltó una risa nerviosa.

Patán se puso carmesí, su mano tembló sobre el mango de su hacha, pero Paton puso una mano firme en su hombro.

“Suficiente”, dijo el guerrero mayor.

“Nos retiramos”.

Padre e hijo se marcharon entre cuchicheos.

Astrid se quedó donde estaba, sin mirar a Hipo, con la mandíbula apretada y las mejillas ligeramente sonrosadas.

No te lo vas a creer, susurró Leo.

Acaba de defenderte públicamente.

Por primera vez.

Hipo sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el horno.

“Astrid…”, comenzó.

“No me des las gracias”, le cortó ella, sin mirarlo.

“Dije la verdad.

Nada más”.

Y se fue, abriéndose paso entre la gente con la misma determinación con la que entraba en batalla.

Estoico, que lo había observado todo desde su rincón, caminó lentamente hacia Hipo.

Su expresión era ilegible.

“Hijo”, dijo, y la palabra pesaba más que cualquier espada.

“El horno…

es impresionante”.

Hizo una pausa.

“Pero mañana, en la asamblea, las palabras no bastarán.

Los vikingos necesitan ver al dragón.

Necesitan tocarlo.

Olerlo”.

Hipo tragó saliva.

“Lo sé”.

“Entonces prepárate”.

Estoico puso una mano enorme en su hombro.

“Porque si Chimuelo no convence a esta aldea, nada de lo demás importará”.

Se fue.

La multitud comenzó a dispersarse.

Brusca reía con otros herreros, mostrando el horno con orgullo.

Bueno, dijo Leo.

Un día para la asamblea.

Patán humillado públicamente.

Astrid de tu lado.

El horno aprobado.

¿Cómo te sientes?

«Aterrorizado», pensó Hipo.

«Pero un poco menos que ayer».

Eso es progreso.

Ahora ve al bosque.

Chimuelo necesita saber lo que viene.

Hipo asintió para sí mismo y caminó hacia el bosque, donde una sombra negra lo esperaba entre los árboles, con ojos verdes brillantes y una bola de plasma humeante lista para saludarlo.

Mañana todo cambiaría.

Para bien o para mal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo