Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 27

  1. Inicio
  2. Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo
  3. Capítulo 27 - 27 27-La Asamblea
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

27: 27-La Asamblea 27: 27-La Asamblea El Gran Salón de Berk olía a sudor, hidromiel y miedo.

Hipo lo sintió al cruzar la puerta: ese olor ácido que desprenden los vikingos cuando no están seguros de si lo que van a escuchar los hará más fuertes o los matará a todos.

“Respira.

Son solo cien guerreros armados que pueden descuartizarte si dices algo mal.” «No ayudas», pensó Hipo.

Chimuelo lo esperaba fuera, oculto entre los tejados del pueblo.

La idea era presentarlo en el momento justo —ni antes, para no provocar una masacre; ni después, para que pareciera un golpe de efecto.

Eso es teatro.

Y el teatro funciona.

Estoico ocupaba su trono de madera de roble, tallado con cabezas de dragón.

A su derecha, Bocon con su ojo de vidrio brillando.

A su izquierda, Paton, con expresión neutra pero atenta.

Astrid estaba entre la multitud, apoyada en un pilar, con los brazos cruzados.

Patán, en el fondo, miraba al suelo.

Patán no ha dormido.

Se nota en las ojeras.

“¡Silencio!”, rugió Estoico, y el murmullo cesó.

“Hipo, hijo mío.

Has pedido esta asamblea para presentar tu…

Manual de Dragones.

Y tu Furia Nocturna.

Habla”.

Hipo caminó al centro del salón.

Las miradas pesaban como lingotes de hierro.

Rompedientes tintineaba a su cadera.

“Berk”, comenzó, con voz más firme de lo que se sentía.

“Llevamos generaciones peleando contra los dragones.

Perdiendo.

Muriendo.

¿Y qué hemos conseguido?

Más odio.

Más cicatrices.

Más huérfanos”.

Algunos vikingos gruñeron.

Otros asintieron.

“Pero los dioses…

me mostraron otra forma”.

Ahí está.

La carta divina.

“No me mostraron cómo matar más dragones.

Me mostraron cómo vivir con ellos”.

Hipo desenrolló el pergamino principal —el que contenía los dibujos de seis especies, sus puntos débiles, sus alimentos favoritos.

“Cada dragón tiene una grieta en su armadura.

Pero también tiene un corazón que late.

Y si aprendemos a escuchar ese latido…

podemos usarlo para defender Berk”.

“¡Herejía!”, gritó alguien en el fondo.

Pero era una voz solitaria.

Estoico levantó una mano.

“Continúa”.

Hipo señaló el dibujo del Gronckle.

“Esta bestia come rocas.

Literalmente.

Si le das las piedras equivocadas, se pone enfermo.

Si le das las correctas, escupe lava con más fuerza que nunca.

¿No preferirían tener un Gronckle aliado derritiendo los escudos de nuestros enemigos, en lugar de uno salvaje quemando nuestras cosechas?” Bien.

Lógica práctica.

A los vikingos les importan los resultados, no las palabras bonitas.

“El Nadder Mortal”, continuó, pasando al siguiente dibujo.

“Sus espinas son venenosas.

Pero si las cortas en ángulo antes de que maduren…

se convierten en flechas más letales que cualquier acero.

He probado una.

Atraviesa un escudo de roble como mantequilla”.

Bocon se inclinó hacia adelante.

“¿Dónde está esa flecha?” “En la herrería.

Brusca la custodia”.

La herrera asintió desde su rincón, con los brazos cruzados y una sonrisa cómplice.

Brusca es una joya.

Nunca lo olvides.

“Y la Furia Nocturna”, dijo Hipo, y el salón entero contuvo el aliento.

“El dragón más rápido, más inteligente y más temido.

También el más leal.

Si ganas su confianza…

nada en el cielo puede detenerte.

He volado en su lomo.

He visto Berk desde las nubes.

He espiado campamentos enemigos a una legua de distancia sin que nos vieran”.

Murmullos.

Algunos incrédulos.

Otros…

curiosos.

“¿Y cómo sabemos que no nos mientes?”, preguntó un guerrero calvo.

“¿Cómo sabemos que el dragón no te tiene hechizado?” La pregunta del millón.

Hipo se quitó la camisa.

Las cicatrices en su torso —de entrenamientos fallidos, de caídas, de mordeduras de dragón— eran visibles bajo la luz de las antorchas.

“Esto no son marcas de hechicería”, dijo, señalando una quemadura reciente en su hombro.

“Esto me lo hizo Chimuelo cuando nos conocimos.

Me pudo haber matado.

No lo hizo.

Y desde entonces…

hemos salvado la vida del otro una docena de veces”.

Astrid se enderezó.

“Yo lo vi”, dijo, y su voz cortó el murmullo como un hacha.

“Hace tres semanas, en la costa norte.

Un grupo de Cremallerus atacó a unos pescadores.

Hipo y su dragón los ahuyentaron.

Sin él, esos hombres estarían muertos”.

¡Eso!

Testigos presenciales.

Mejor que mil discursos.

“Yo también lo vi”, añadió Brusca.

“Y soy vieja para mentir”.

Paton carraspeó.

Todos se volvieron hacia él.

“Mi hijo…

ha dicho cosas sobre Hipo.

Cosas que yo mismo creí al principio”.

Miró a Patán, que seguía con la cabeza gacha.

“Pero he visto el horno.

He visto el metal.

Y he visto a ese chico flaco trabajar más duro que cualquier guerrero en esta sala”.

Se levantó.

“No sé si los dragones pueden ser aliados.

Pero sé que Hipo cree que sí.

Y ese chico no ha estado equivocado hasta ahora”.

Paton.

Un guerrero sabio.

Literalmente acaba de cambiar la asamblea.

Estoico se puso de pie.

Su silencio llenó el salón más que cualquier grito.

“Hijo”, dijo, y su voz tembló —solo un instante, pero Hipo lo notó.

“Trae a tu dragón”.

El corazón de Hipo golpeó contra sus costillas como un pájaro enjaulado.

“¡Chimuelo!”, llamó, alzando la voz.

“¡VEN!” El techo del Gran Salón crujió.

Las antorchas parpadearon.

Y entonces —con un silbido que heló la sangre de cada vikingo— la sombra negra cayó desde el cielo.

Chimuelo aterrizó en la entrada del salón.

Sus alas se plegaron con un chasquido de cuero.

Sus ojos verdes brillaron en la penumbra.

Y caminó —lentamente, sin amenaza, con las escamas erizadas en un gesto que Hipo había aprendido a reconocer como curiosidad— hacia el centro.

Los vikingos retrocedieron.

Algunos desenvainaron espadas.

Pero nadie atacó.

Porque Chimuelo no mostraba los dientes.

Porque caminaba como un perro, no como un lobo.

Chimuelo se detuvo junto a Hipo.

Frotó su cabeza contra el brazo de su amigo.

Y emitió un ronroneo —tan fuerte que vibraba en el suelo de piedra.

“Haced el favor de tocarlo”, dijo Hipo.

“Uno a uno.

Veréis que no muerde…

a menos que le ataquen”.

El silencio se alargó.

Y entonces, para sorpresa de todos, Patán dio un paso adelante.

¿Qué?

“Hijo”, advirtió Paton.

Patán ignoró a su padre.

Caminó hacia Chimuelo con la mandíbula tensa y los puños apretados.

Hipo sintió el impulso de ponerse delante de su dragón.

No.

Déjalo.

Es su momento.

Chimuelo giró la cabeza.

Sus ojos verdes se encontraron con los de Patán.

El guerrero alzó una mano temblorosa…

y la posó sobre el morro del dragón.

Chimuelo parpadeó.

Y lamió los dedos de Patán.

La risa —nerviosa, incrédula, pero risa al fin, recorrió el salón.

“No es un monstruo”, susurró Patán, más para sí mismo que para los demás.

“Es…

un animal.

Solo un animal”.

“Un animal que puede salvarnos”, dijo Hipo.

“Si le dejamos”.

Patán retiró la mano.

Miró a Hipo.

Y por primera vez…

asintió.

No sonrió.

Pero asintió.

Estoico bajó de su trono.

Se acercó a Chimuelo, que ahora olfateaba el aire con curiosidad.

El jefe de Berk —el hombre que había matado cientos de dragones— levantó su mano callosa y tocó las escamas negras.

“Es suave”, dijo, sorprendido.

“Siempre pensé que serían ásperas”.

“Las Furia Nocturna mudan la piel como las serpientes”, explicó Hipo.

“Cuando confían en alguien, las escamas se vuelven tersas”.

Estoico lo miró.

Sus ojos azules —tan parecidos a los de Hipo— brillaron con algo que podía ser orgullo o podía ser miedo.

“Mañana empezamos el entrenamiento”, declaró el jefe, alzando la voz para todo el salón.

“Los que quieran aprender de Hipo…

que se presenten al amanecer en el campo de tiro.

Los que no…

que sigan peleando a la antigua.

Pero nadie tocará a este dragón.

¿Entendido?” “¡SÍ, JEFE!”, corearon los vikingos.

Algunos con entusiasmo.

Otros con resignación.

Pero todos obedecieron.

Lo logramos, susurró Leo.

No del todo.

Pero lo logramos.

Hipo acarició el cuello de Chimuelo.

El dragón ronroneó más fuerte.

Afuera, el sol se ponía sobre Berk.

Y por primera vez en siglos, las sombras de los dragones no traían miedo.

Traían esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo