Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 28
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28: 28-Primer entrenamiento 28: 28-Primer entrenamiento El sol aún no había besado las aguas del fiordo cuando Hipo despertó.
No por voluntad propia, sino porque Chimuelo le había lamido toda la cara con una lengua áspera como lija de grano grueso.
—¡Ahg!
—Hipo se incorporó de golpe, limpiándose la mejilla con la manga—.
Chimuelo, ¿sabes qué hora es?
El dragón parpadeó, emitió un sonido parecido a un chirrido de goma al estirarse, y luego volvió a lamerle la oreja.
«Son las cinco de la mañana», dijo Leo con una voz que sonaba sospechosamente despierta.
«Los dragones son criaturas crepusculares.
Activos al amanecer y al atardecer.
También deberías acostumbrarte al frío, porque hace —» —Sé lo que hace.
—Hipo tiritó al poner los pies en el suelo de madera.
La cabaña compartida con su padre tenía una chimenea que llevaba horas sin ver leña—.
Por Thor, ¿cómo sobrevivimos a los inviernos?
«Construyendo mejores casas.
Aislamiento.
Doble pared con paja en medio.
Lo anoto para más tarde».
Afuera, Berk amanecía entre nieblas.
La estatua de Thor en la plaza principal emergía como un gigante de piedra entre brumas.
Hipo caminó hacia el corral improvisado donde habían pasado la noche los dragones —todavía no había establos, solo una empalizada de troncos— y se encontró con una escena que detuvo su corazón.
Astrid ya estaba allí.
No sola.
Sujeta a una cuerda de cuero crudo, una Nadder Mortal —verde esmeralda, las púas de la cola erizadas— resoplaba con desprecio.
La joven guerrera la miraba fijamente, sin miedo, como si midiera a un rival antes de un combate.
—Hipo —dijo sin girarse—.
Llegas tarde.
—El entrenamiento empieza al amanecer —respondió él, acercándose con cuidado.
Chimuelo a su espalda observaba a la Nadder con orejas achatadas—.
El sol…
aún no ha salido del todo.
«Técnicamente tiene razón», susurró Leo.
Astrid se giró entonces.
Había algo diferente en su mirada.
No era la frialdad habitual, ni el orgullo hiriente.
Era una chispa de…
¿emoción?
—He estado aquí desde la vigilia del gallo —dijo—.
Quería elegir mi montura antes de que llegaran los demás.
—¿Has domesticado una Nadder en cuatro horas?
—No.
—Astrid tiró de la cuerda.
La dragona giró el cuello, mostrando los colmillos en un bostezo perezoso—.
Solo he establecido que yo mando.
Lo demás vendrá.
«Dioses.
Es igual que su dragón.
Pura testarudez», comentó Leo.
«Anótalo: Nadder hembra.
Temperamento dominante.
Especialidad en púas venenosas».
Hipo asintió, como si la voz en su cabeza fuera la cosa más normal del mundo.
—¿Cómo piensas montarla?
Las Nadder tienen una vértebra cervical muy rígida.
Si tiras de los cuernos laterales…
—Ya lo sé.
Lo leí.
—Astrid sacó de su cinturón un pergamino arrugado—.
Tu Manual.
Me lo llevé prestado anoche.
Hipo sintió algo extraño en el pecho.
No era el frío.
El campo de entrenamiento —un claro a las afueras del pueblo, delimitado con piedras y antorchas apagadas— se llenó lentamente.
Primero llegaron los jóvenes guerreros curiosos: Patapez, el que siempre tenía una rama entre los dientes; y los gemelos Brutacio y Brutilda (que ya empezaban a discutir sobre quién montaría qué).
Luego, los adultos.
Pescadores, cazadores, guerreros retirados.
Todos con el ceño fruncido, brazos cruzados, postura de “muéstrame para creerlo”.
Estoico apareció cuando el sol rompió la línea del horizonte.
Su silueta en la colina —hacha de guerra al hombro, barba roja ondeando— era tan imponente como siempre.
Detrás, Bocón ajustándose el parche del ojo de vidrio y Brusca con un martillo que pesaba más que Hipo.
—¡Hijo!
—tronó Estoico—.
¡Hiciste una promesa!
¡El entrenamiento comienza!
Hipo tragó saliva.
Chimuelo apoyó la cabeza en su hombro y ronroneó bajo.
«Respira.
Tienes un plan», recordó Leo.
—¡Sí, padre!
—gritó Hipo, subiéndose a una roca para que lo vieran todos—.
¡El Libro de los Dioses nos ha mostrado el camino!
¡Hoy empezamos a construir la primera caballería de dragones de Berk!
Murmullos.
Algunos de aprobación.
La mayoría de escepticismo.
—¿Y quién los entrenará?
—preguntó Bocón—.
¿Tú?
—Los dragones los entrenarán —respondió Hipo.
Y ahí hizo una pausa dramática que Leo le había sugerido la noche anterior—.
Ellos saben lo que necesitan.
Nosotros solo tenemos que aprender a escuchar.
Silencio.
Entonces, el ruido de pasos pesados.
Patan.
El joven rubio cruzó el campo como una tormenta.
Músculos tensos, mandíbula apretada, los nudillos blancos de tanto apretar el mango de su hacha.
Detrás, su padre Paton —un guerrero sabio de mirada calmada— caminaba con las manos en los costados, observando con esa calma que solo dan los años de guerra.
—Patan —dijo Estoico, midiéndolo—.
¿Vienes a entrenar?
¿O a romper cosas?
—Las dos cosas —gruñó el joven—.
Pero no montaré ningún dragón.
—Entonces, ¿a qué vienes?
Patan se detuvo frente a Hipo.
Lo miró.
Primero al flaco vikingo, luego a Chimuelo, que había erguido la cabeza para olfatear el aire.
—Vengo a ver —dijo finalmente—.
Y a recordarte que los dragones mataron a mi tío.
Si alguien sale lastimado, yo…
—Lo sé —lo interrumpió Hipo con suavidad—.
Pero los dioses me mostraron algo más, Patan.
Me mostraron que los dragones también lloran.
También pierden.
También tienen miedo.
Patan parpadeó.
Por un segundo, la furia en sus ojos parpadeó como una vela en el viento.
«Impactante.
Pero no lo hemos ganado todavía», advirtió Leo.
Patán puso una mano en el hombro de su hijo.
—Déjalo intentar, muchacho.
Si sale mal, tendremos tiempo para la furia.
Si sale bien…
—miró a Hipo con respeto—.
Si sale bien, habremos cambiado el mundo.
La demostración fue simple.
Hipo silbó.
Chimuelo saltó al centro del campo, batiendo alas que levantaron una nube de polvo.
Los guerreros retrocedieron.
Algunos dibujaron hachas.
—¡Quietos!
—ordenó Estoico—.
¡Miren!
Chimuelo se sentó sobre sus cuartos traseros.
Abrió la boca, mostrando las hileras de dientes retráctiles.
Y luego —porque Hipo había pasado una semana entrenándolo con pescado seco—, eructó.
Una pequeña bola de plasma, del tamaño de una manzana, salió disparada hacia un poste de madera.
Paff.
El poste se partió como un palillo.
Silencio absoluto.
—No es una bestia —dijo Hipo, bajando de la roca y acercándose a su dragón—.
Es un compañero.
Y puedo enseñarles a ustedes también.
Cada dragón es diferente.
Algunos escupen fuego, otros ácido, otros rocas.
Pero todos quieren algo simple.
—¿Qué?
—preguntó Astrid, que había soltado la cuerda de su Nadder para acercarse.
—Ser entendidos.
Chimuelo frotó su cabeza contra la mano de Hipo.
El chico sonrió.
—Ahora —dijo, montando de un salto ágil que nadie le conocía—, ¿quién quiere volar?
Lo hicieron.
Astrid dominó a su Nadder Mortal en veinte minutos.
No por la fuerza —eso sería imposible— sino por pura determinación.
La dragona se llamaría Tormenta, porque cuando batía las alas se escuchaba un trueno lejano.
Pata pez eligió un Gronckle rechoncho al que llamó Albondiga.
La criatura escupía roca fundida y roncaba como un cerdo, pero era leal como un perro viejo.
Patan no eligió nada.
Se quedó al margen, brazos cruzados, observando.
Las gemelas Brutacio y Brutilda compartieron un Cremallerus—dos cabezas, un solo cuerpo— que se mordía la cola constantemente.
Lo llamaron Eructo y Wacara, y ya estaban discutiendo sobre quién montaba delante.
Una Pesadilla Monstruosa apareció entre los arbustos, atraída por el olor del pescado que Hipo había esparcido.
La bestia era Roja como el fuego, con alas de murciélago y una cresta roja que brillaba como brasas.
La montó un guerrero joven llamado Erik el Flojo (que en realidad no era nada flojo, solo se llamaba así por ironía).
El dragón, al que llamó Brasa, resultó ser increíblemente rápido y terco.
Y un Cremallerus —verde y viscoso, con una lengua que se estiraba un metro— se encariñó con una chica llamada Camicazi, que no era de Berk pero había llegado la semana anterior desde la tribu de los Melenudos.
Lo llamó Baboso, y pasaron la mañana aprendiendo a escupir ácido a blancos de madera.
Patan no montó nada.
Pero observó.
Observó cómo Chimuelo alzaba vuelo llevando a Hipo entre las nubes.
Cómo Astrid reía —reía— mientras Tormenta esquivaba un peñasco.
Cómo los guerreros que antes odiaban a los dragones ahora los acariciaban como si fueran perros grandes.
Y algo se quebró en su interior.
No el odio.
Eso aún ardía.
Pero apareció una grieta diminuta.
Una duda.
Su padre Paton lo notó.
Sonrió sin decir nada.
A veces, el primer paso es solo mirar.
Estoico observaba desde lo alto de la colina.
A su hijo.
Al dragón.
A los jóvenes vikingos riendo entre las nubes.
Bocón se acercó, rechinando los dientes.
—Esto es una locura, Jefe.
—Quizá —respondió Estoico—.
Pero mira.
Señaló el cielo.
Sobre las copas de los pinos, Chimuelo trazaba un círculo perfecto.
Hipo iba montado sin silla, sin riendas, solo con las manos en las escamas negras.
Y el dragón…
el dragón volaba como si llevara toda la vida esperando a ese jinete.
—Nunca vi nada igual —murmuró Bocón.
—Por eso —dijo Estoico, y su voz tenía un dejo de algo que no se permitía desde hacía años—.
Por eso quizá los dioses sí le hablan.
El primer amanecer terminó con diez jinetes novatos, un horno encendido en la herrería, y una Furia Nocturna ronroneando en lo alto del Gran Salón mientras Hipo escribía en su pergamino: Planes segun Hipleo (nombre provisional de hipo y Leo).
-primer grupo de ginetes para entrenar (listo) -organizar a los guerreros, ginetes para batallas futurasa contra el muerte roja (pendiente, prioridad) -fundir acero o metal mejor que el hierro (pendiente, prioridad) -Encontrar dragones nuevos para entrenar o construir (pendiente) -Mejorar la flota (pendiente) -Estar seguros y eliminar a la muerte roja (pendiente, extrema precausion).
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