Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 6
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6: 6-Preludio antes del cambio.
6: 6-Preludio antes del cambio.
La luz del amanecer se filtró por las grietas de la madera como dedos pálidos.
Hipo despertó con la cara pegada al pergamino.
Tenía líneas de carbón marcadas en la mejilla y un dolor de espalda que le llegaba hasta los huesos.
Había dormido sentado, apoyado en la mesa, con la daga aún sujeta entre sus dedos dormidos.
-Mierda -murmuró, y la palabra le supo extraña.
No era suya.
Era de Leo.
Se le había pegado, como el olor a humo a la ropa.
“Buenos días”, dijo la voz dentro de su cabeza.
Sonaba cansada, aunque Leo le había asegurado que no necesitaba dormir.
“Dormiste tres horas.
Tal vez cuatro.” -¿Cómo te sientes?
“Raro.
No sé cómo explicarlo.
Es como…
estar despierto en una habitación vacía durante horas.
No duele.
Pero tampoco es agradable.
vere como descansa una conciencia despues.” Hipo se frotó los ojos.
-¿Viste algo?
¿Mientras dormía?
Leo dudó.
Hipo lo sintió como un tirón suave detrás del oído.
“Vi muchas cosas.
Tus recuerdos.
Los que tú no puedes ver o no recuerdas bien.
Junto a los mios claro.” Hipo se quedó en silencio.
Sabía lo que eso significaba.
-¿Viste a mi madre?- Esa voz mas que pregunta era como anhelante de un niño que no conoce a una madre “Sí..” -¿Y…?
“Y lamento que hayas crecido sin ella.
No es justo.
aunque puedo mostrarte esos recuerdos creo.” dijo Leo mostrando los recuerdos de Valka en la mente de Hipo.
recuerdos de un bebe en brazos de una mujer, ese amor y cariño en esa mirada.
Hipo apretó la mandíbula.
No quería llorar.
Pero ver por primera vez al menos pudiendo recordar ese rostro de su madre fue algo muy difícil no pasar por alto.
-No hablemos de eso.
No ahora.
Hoy es la cacería.
Pero, gracias…- Dijo hipo sabiendo como es su madre era algo que valoro profundamente y Leo lo sintió claramente.
Se levantó del banco y sus piernas respondieron con un dolor sordo.
La espalda crujió.
El hombro izquierdo también.
Dormir sentado sobre madera tenía consecuencias.
Fue al barril de agua, mojó un trozo de lana y se limpió la cara.
El agua estaba helada, pero le ayudó a despejarse.
Cuando se miró en el reflejo del agua quieta, se vio distinto.
No físicamente.
Seguía siendo el mismo flaco, la misma mandíbula poco marcada, el mismo pelo castaño revuelto.
Pero sus ojos…
sus ojos tenían algo nuevo.
“Tienes el mismo aspecto”, dijo Leo, como si le hubiera leído el pensamiento.
“Pero no eres el mismo.
Y eso se nota.” -¿Cómo lo sabes?- Pregunto confundido.
“Porque cuando te miro a través de tus ojos…
veo a alguien que ya no está solo.
Y eso cambia todo.
En especial el poder darte valor y fuerza” Hipo no respondió.
Pero algo dentro de su pecho se aflojó.
Como un nudo que llevaba años apretado.
algo que solo quienes que no reciben mucho amor o atención salvo soledad pueden entender.
Afuera, el pueblo de Berk bullía.
Los vikingos se preparaban para la cacería con la eficiencia de quien ha hecho lo mismo mil veces.
Hachas siendo afiladas.
Escudos siendo ajustados.
Redes siendo revisadas.
Y los gritos.
Siempre los gritos.
-¡Que hoy no se me escape ninguno, muchachos!
-la voz de Estoico retumbó sobre las cabezas de los guerreros como un trueno-.
¡Los dragones llevan días inquietos!
¡Algo los trae cerca!
¡Y vamos a darles una razón para que se vayan!
Hipo salió de su casa y el frío le mordió las mejillas.
La nieve de la noche anterior cubría el suelo con una capa fina, y las huellas de la Furia Nocturna ya habían desaparecido.
O eso creía él.
“Mira.
En la nieve.
Junto a la puerta.” Hipo bajó la vista.
Una marca.
Grande.
Profunda.
No era una pisada de dragón cualquiera.
Era una huella enorme, con garras que habían arañado la piedra al apoyarse.
Esa bestia había estado más cerca de lo que pensaba.
Mucho más.
-Hipo -Bocon se acercó a él con una sonrisa ancha, dándole una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo-.
¿Estás listo para hoy?
¡Vamos a cazar dragones!
-Listo -mintió Hipo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.
“Tranquilo.
Solo observa.
Recuerda: no disparas.” -No disparo -susurró Hipo, tan bajo que solo Leo pudo oírlo.
La catapulta-ballesta estaba montada en lo alto de la torre oeste.
Hipo la había diseñado meses atrás, pero nunca había tenido la oportunidad de probarla sin fallar.
Su padre había accedido con renuencia, más para callarlo que por confianza.
-Si falla, vuelves a los planos -le había dicho Estoico-.
Y sin quejarte.
Hipo subió los escalones de la torre con el pergamino enrollado bajo el brazo.
El diseño corregido.
El ángulo de quince grados menos.
La bisagra que ahora sí funcionaría.
“¿Confías en tu máquina?” preguntó Leo.
-Confío en ella.
No confío en mí.- Dijo con algo de impotencia de alguien con complejo de inferioridad a lo largo de los años.
“La máquina es solo metal y madera.
Tú eres el que le da sentido.
No lo olvides.
y recuerda, si algo sale mal puedo ayudarte a no ser regañado tan duramente por tu padre.” Hipo llegó arriba.
La catapulta-ballesta estaba allí, enorme, con su brazo de torsión apuntando al cielo gris.
Los otros guerreros ya ocupaban sus puestos en las murallas, con redes, lanzas y arcos.
Pero Hipo tenía el mejor ángulo.
El más alto.
El más lejano.
Desde allí podía ver todo el valle.
Y podía verlos llegar.
Después de muchas horas de completar los ajustes en la maquina y probar que funciona y con los rayos de sol cayendo tan rápido como llegaron se escucho un pensamiento de Leo.
“Ahí vienen”, dijo Leo.
Hipo alzó la vista.
En el horizonte, un punto negro.
Luego dos.
Luego diez.
Luego una mancha que crecía y crecía.
Dragones.
No como los que había visto en sus pesadillas.
No como los que su padre describía con odio.
Eran…
imponentes.
Robusto.
Poderosos.
Cuerpos macizos, cubiertos de escamas que brillaban bajo el sol pálido.
Alas anchas como velas de barco.
Cabezas grandes, con mandíbulas que parecían poder partir un tronco de un mordisco.
Y entre todos ellos…
“Ahí está.” Uno.
Solo uno.
Más negro que la noche.
Más rápido que todos.
La Furia Nocturna volaba en silencio absoluto.
Sus alas no hacían ruido.
Su cuerpo cortaba el aire como una cuchilla.
Y sus ojos…
sus ojos blancos con ese toque morado…
miraban directamente a la torre.
Directamente a Hipo.
—Me está mirando —susurró Hipo, con las manos temblando sobre la cuerda de la catapulta.
“Lo sé.” -¿Qué hago?
“Nada.
Ya te lo dije.
Solo observa.” -Pero viene directo hacia…
No terminó la frase.
La Furia Nocturna cambió de rumbo en el último segundo.
Como si solo hubiera querido comprobar que Hipo seguía allí.
Y se lanzó sobre los arboles no dejando que nadie lo viera hasta tener el manto de la noche a su favor.
Los otros dragones hicieron lo contrario, fueron directo a por las ovejas peces y cualquier comida que puedan llevar a la reina.
El caos estalló.
Gritos.
Humo.
Fuego.
-¡DISPAREN!
-rugió Estoico desde abajo.
Y los vikingos obedecieron.
empezando a intentar matar o repeler a esas molestias bestias que acaban con todo lo que ven.
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