Como entrenar a tu dragon susurros de otro mundo - Capítulo 8
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8: 8-el primer toque.
8: 8-el primer toque.
El dragón aterrizó en el suelo con una suavidad que parecía imposible para un cuerpo tan robusto.
Sus garras se hundieron en la nieve sin hacer ruido.
Las alas se plegaron contra su espalda, y cada músculo bajo la piel negra se tensó un momento antes de relajarse.
La bestia medía el doble que Hipo.
Tal vez el triple.
Y estaba a menos de tres metros de él.
“No te muevas”, susurró Leo en su mente.
“No respires tan fuerte.” -Fácil para ti decirlo -susurró Hipo sin mover los labios.
La Furia Nocturna lo miró.
Esos ojos morados, brillantes como brasas heladas, recorrieron su cuerpo de arriba abajo.
Evaluando.
Decidiendo.
Hipo sintió cada fibra de su ser gritándole que corriera.
Que gritara.
Que buscara su daga.
Pero no lo hizo.
Se quedó quieto.
Con la mano vacía extendida.
Con la nieve cayendo entre ellos como un velo blanco.
-Soy Hipo -dijo, y su voz tembló, pero no se rompió-.
Y este es Leo.
Está dentro de mi cabeza.
Es raro, lo sé.
“¿¡Por qué le dices eso!?” Dijo Leo sin saber si es bueno andar diciendo eso a chimuelo.
-Porque puede sentirnos.
Los dragones sienten las intenciones.
Mi padre lo dice.
“Tu padre también dice que hay que matarlos.” -Mi padre se equivoca en muchas cosas.
El dragón dio un paso adelante.
Hipo contuvo la respiración.
La bestia alargó el cuello, acercando su enorme cabeza a la altura de la cara de Hipo.
Las escamas negras brillaban bajo la luna.
Los colmillos retractiles asomaban entre los labios, cada uno del tamaño de la mano de Hipo.
Un solo mordisco.
Un solo movimiento.
Y todo terminaría.
Pero no mordió.
El dragón olfateó.
Su aliento era cálido, con olor a humo y a bosque nocturno.
Y luego…
algo increíble.
Su hocico tocó la mano extendida de Hipo.
Fue un roce.
Un instante.
La piel de Hipo sintió la textura rugosa de las escamas, el calor del cuerpo del dragón, la vibración de un sonido que no llegó a ser rugido.
“No lo puedo creer”, susurró Leo.
“Está pasando.
Está pasando antes de tiempo.” -¿Qué significa?
-preguntó Hipo, sin atreverse a moverse.
“Significa que algo cambió.
Algo que no debería pasar hasta dentro de semanas.
Tal vez meses.” -¿Es malo?- Pegunto no sabiendo como un susurro llego a oirse “No lo sé.
Pero no parece malo.” El dragón apartó el hocico.
Sus ojos morados se encontraron con los verdes de Hipo.
Y entonces, por primera vez, Hipo escuchó el sonido que haría famoso a la Furia Nocturna en todo el archipiélago.
Un ronroneo.
Bajo.
Profundo.
Como el motor de un barco.
Pero suave.
Casi…
afectuoso.
-Estás…
¿contento?
-preguntó Hipo, sin poder creer lo que veía.
El dragón parpadeó.
Lentamente.
Y dio un paso atrás.
“No hagas movimientos bruscos”, dijo Leo.
“Pero creo…
creo que acabas de ganarte su confianza.
O al menos su curiosidad.” -¿Y ahora qué?
“Ahora…
espera.
Déjalo ir si quiere irse.
No lo retengas.” Hipo asintió.
Dio un paso atrás también, abriendo espacio.
-Puedes irte si quieres -dijo, con la voz aún temblorosa-.
No te voy a seguir.
No te voy a cazar.
No voy a…
El dragón inclinó la cabeza otra vez.
Como si no entendiera por qué este humano no intentaba atraparlo.
Y entonces, sin previo aviso, desplegó las alas.
Eran enormes.
La envergadura cubría casi toda la fachada de la casa de Hipo.
Las membranas negras se tensaron, y el viento que levantaron hizo volar la nieve del suelo.
Un salto.
Un batido de alas.
Y la Furia Nocturna se elevó hacia la luna, desapareciendo en la oscuridad como si nunca hubiera estado allí.
Hipo se quedó solo en la nieve.
Temblando.
Empapado en sudor a pesar del frío.
Sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas.
—Leo…
“Estoy aquí.” -¿Eso…
eso pasó de verdad?
To..
toque un furia nocturna vivo?
“Pasó.
Lo vi.
Lo sentí.
Todo.” Comento leo con igual y genuino asombro por ese cambio de sucesos.
.No sé si reír o llorar.
“Haz las dos cosas.
Yo lo haría si tuviera cuerpo.” Hipo soltó una carcajada.
Luego un sollozo.
Luego otra carcajada.
Un caos de emociones que no sabía cómo procesar.
Se quedó en la nieve un largo rato, mirando la luna, sintiendo el calor en la palma de su mano donde el hocico del dragón había tocado su piel.
-No lo herí -dijo al fin, con una sonrisa débil-.
No hice nada.
Y él…
él se acercó.
“Esa es la lección, Hipo.
A veces, no hacer nada es la acción más valiente.” Hipo se puso de pie.
Sus piernas aún temblaban, pero ya no de miedo.
De esperanza.
Esperanza de un nuevo camino.
Dentro de la casa, el fuego se había apagado casi por completo.
Hipo añadió leña, avivó las brasas, y se sentó frente a las llamas con el pergamino en las manos.
Pero no miraba el diseño de la catapulta.
Miraba su propia palma.
El lugar donde el dragón lo había tocado.
“Chimuelo”, dijo Leo de repente.
-¿Qué?
“Así se llama.
En mi idioma.
En la historia original.
Significa…
no sé, algo así como “sin dientes” o “colmillo roto”.
Pero es su nombre.
por sus dientes que se guardan y salen por conveniencia.” -Chimuelo —repitió Hipo, probando las sílabas-.
Es un nombre apropiado viéndolo asi.
“Todos los nombres son raros hasta que te acostumbras a ellos.” Hipo sonrió.
-Chimuelo -dijo otra vez, más seguro—.
Me gusta.
“A él también.
Aunque aún no lo sabe.” Afuera, en lo alto del acantilado, dos ojos morados observaban la luz de la vela.
Y por primera vez en su vida, el dragón sintió algo que no era hambre ni miedo ni obediencia.
Sintió curiosidad.
Y la curiosidad, pensó Leo dentro de la mente de Hipo, era el primer paso para todo lo demás.
esa noche no solo Leo se mantuvo despierto, también Hipo y los vikingos reunidos en el Gran salón viendo que hacer gracias a las perdidas entre gritos y clamados a una solución de su jefe.
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