condenado al final - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 10 EL SILENCIO DE LOS CORDEROS
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10: CAPÍTULO 10: EL SILENCIO DE LOS CORDEROS 10: CAPÍTULO 10: EL SILENCIO DE LOS CORDEROS El sol de la mañana no calentaba; era una luz pálida, enferma, que apenas lograba atravesar la bruma grisácea que se había instalado sobre el valle.
El padre sacó la carreta de madera, la misma que usaban para la leña, pero esta vez la cubrió con una capa gruesa de paja seca.
Con una ternura que partía el alma, acomodó a Elena en el centro.
Ella no se movía, sus ojos estaban fijos en un punto inexistente, y las manchas negras ya reclamaban gran parte de su cuello, como una hiedra de sombra.
— Ahell —dijo el padre, sin mirarlo, con la voz ronca—, cuida a tu hermana.
No dejes que se acerque.
Ahell asintió.
Sus manos pequeñas temblaban.
Aria estaba a unos metros, intentando ver qué pasaba, con el rostro lleno de una confusión infantil que empezaba a transformarse en miedo.
— ¡Hermano!
¿A dónde llevan a mamá?
—preguntó Aria, tirando de su manga—.
¿Por qué tiene esa suciedad en la cara?
¡Déjame verla!
Ahell la tomó por los hombros y la obligó a girarse hacia el bosque, dándole la espalda a la carreta que empezaba a alejarse por el camino de barro.
— Todo está bien, Aria —dijo Ahell.
Su voz intentaba ser firme, la voz de un protector, pero se quebró en la última sílaba—.
Mamá solo…
necesita medicinas.
El médico del pueblo la curará en un segundo.
— ¿De verdad?
—Aria lo miró con esperanza, pero se detuvo al ver el rostro de su hermano.
Ahell estaba llorando.
No eran los gritos desesperados de un niño; eran lágrimas silenciosas, calientes, que rodaban por sus mejillas y caían al suelo.
Estaba mintiendo.
Sabía que estaba mintiendo.
Sabía que no había cura, que el sistema no permitía milagros, y que esa era la última vez que verían a su madre con vida.
Por primera vez, el conocimiento de sus vidas pasadas no le sirvió de nada.
El dolor era nuevo, fresco y devastador.
…
El padre llegó al pueblo tres horas después.
El chirrido de las ruedas de la carreta era el único sonido en las calles.
No había mercaderes gritando, no había niños corriendo, ni siquiera el ladrido de un perro.
El silencio era absoluto, una pesadez que se sentía en los pulmones.
Empujó la carreta hacia la pequeña enfermería de piedra al final de la calle principal.
Sus manos sudaban a pesar del frío.
— ¡Doctor!
¡Ayuda!
—gritó al entrar, golpeando la puerta de madera.
Al abrirse, el padre retrocedió un paso, sofocado por el olor.
No era olor a medicina, era el olor rancio de la sombra.
La enfermería no era un lugar de curación; era una fosa común en vida.
El suelo estaba cubierto de cuerpos.
Decenas de personas, hombres, mujeres y niños, yacían en jergones improvisados o directamente sobre la piedra fría.
Todos tenían la misma piel ceniza.
Todos tenían los ojos nublados por el negro absoluto.
Algunos sollozaban débilmente, otros solo esperaban el tercer día en un silencio de tumba.
El padre miró a su esposa en la carreta y luego a la multitud de moribundos.
Se dio cuenta de que no había médicos, no había curas, no había esperanza.
El pueblo no estaba dormido; estaba muriendo en silencio.
El final no estaba llegando.
El final ya se había instalado en cada rincón del mundo.
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