condenado al final - Capítulo 7
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7: CAPÍTULO 7: EL BRILLO DE LA POBREZA 7: CAPÍTULO 7: EL BRILLO DE LA POBREZA Cinco años habían pasado como un suspiro cargado de miedo silencioso.
Neo-Veridia y sus luces de neón se sentían ahora como un sueño febril, reemplazado por la realidad del lodo, el sudor y el viento que peinaba los valles del Alba.
La brisa arrullaba los árboles, y el único sonido que rompía la paz del cálido paisaje era el roce de las hojas moviéndose al unísono.
— ¡Hermano, espérame…
AHH!
—Un pequeño grito de esfuerzo rompió el silencio—.
Espera…
me.
Ahell se detuvo y miró hacia atrás.
Aria ya no era la bebé de hace cinco años, pero seguía teniendo esa energía inagotable que lo obligaba a estar presente.
Él la observó con una mirada que intentaba ser neutral, pero que guardaba una chispa de cansancio protector.
— Ven, te vas a quedar atrás —dijo Ahell, extendiéndole una mano pequeña pero firme.
Caminaron hasta la cabaña de madera vieja.
Al empujar la puerta, el rechinar de las bisagras oxidadas fue el saludo de siempre.
— Mamá, ya llegamos —anunció Ahell mientras dejaba un fardo de ramas secas en la esquina.
El ambiente de la casa era humilde, casi doloroso de ver: paredes de adobe, muebles remendados y ropa gastada.
Pero, extrañamente, la luz del atardecer que entraba por la ventana la hacía brillar.
No era el brillo del lujo, era el brillo de algo que él recordaba haber buscado en mil vidas y nunca haber encontrado: pertenencia.
De repente, la puerta se abrió de nuevo y un hombre entró.
Sus ropas estaban sucias de tierra y aserrín, y su rostro mostraba las arrugas de quien ha peleado cada día contra el hambre.
Sin embargo, su sonrisa era la de un rey regresando de una conquista.
— Miren lo que traje —dijo el padre, abriendo la mano con cuidado extremo.
En el centro de su palma callosa había un pequeño caramelo envuelto en papel arrugado.
Solo uno.
Lo mostraba como si fuera un trofeo de oro puro, con un orgullo que a Ahell le encogía el pecho.
— ¡Para Aria y Ahell!
—exclamó el hombre, repartiendo el dulce en dos trozos exactos con un cuchillo mellado.
Sentados a la mesa, la cena consistía en una sopa que era, en esencia, agua con un par de papas flotando.
Pero nadie se quejaba.
El padre miró a Ahell, apoyando sus manos grandes sobre la mesa.
— Ahell, hijo —dijo con un tono cargado de orgullo—, ya tienes edad.
Mañana me acompañarás al pueblo a vender leña.
Es hora de que aprendas el oficio de la familia.
Ahell lo miró a los ojos.
En el fondo de su mente, el sistema seguía contando los segundos: // TIEMPO RESTANTE ANTE EL FINAL: 7 AÑOS, 6 MESES.
// Ahell apretó la cuchara de madera.
El padre estaba orgulloso de enseñarle a vender leña en un mundo que desaparecería antes de que él pudiera ser un hombre.
Pero, por un segundo, la frialdad del sistema perdió la batalla contra el calor de esa mesa.
— Sí, padre —respondió Ahell—.
Te acompañaré.
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