condenado al final - Capítulo 8
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8: CAPÍTULO 8: EL SABOR DEL SACRIFICIO 8: CAPÍTULO 8: EL SABOR DEL SACRIFICIO La rutina se convirtió en un mazo que golpeaba los días de Ahell.
Cada mañana, antes de que el sol lograra romper la niebla del valle, el sonido del hacha ya retumbaba en el bosque.
Sus manos de niño, ahora callosas y llenas de pequeñas cicatrices, aprendieron el peso de la madera verde y el mordisco del frío.
No había magia aquí, solo el esfuerzo bruto de cargar fardos que pesaban más que su propio cuerpo.
Luego, el viaje al pueblo.
Neo-Veridia era una ciudad de dioses tecnológicos; este pueblo era una colección de miradas amargas.
Al llegar, la gente los observaba con extrañeza, como si la pobreza de sus ropas fuera una enfermedad contagiosa.
— ¡Leña seca!
¡La mejor del valle!
—gritaba su padre, forzando una alegría que no encajaba con su espalda encorvada.
A veces, algún mercader les lanzaba un insulto por estorbar en el paso.
Otras, simplemente los ignoraban como si fueran parte del mobiliario urbano.
Casi no vendían nada.
Ahell veía cómo los nudillos de su padre se ponían blancos de tanto apretar la carreta, pero cuando el hombre se giraba hacia él, la rabia desaparecía.
— No les hagas caso, Ahell —decía el padre, soltando una risa pequeña, forzada pero valiente—.
Pronto mejorará.
Ya verás que mañana tendremos más suerte.
Al final del día, con unas pocas monedas de cobre que apenas pesaban en la mano, el padre se detuvo frente a un puesto de comida.
Sus ojos brillaron con una determinación casi infantil.
— Hoy vamos a darnos un gusto, hijo.
Nos lo hemos ganado.
Compraron un trozo de carne.
Era pequeño, casi ridículo, apenas un bocado para cada miembro de la familia.
Pero el padre lo llevaba como si fuera un tesoro sagrado envuelto en papel de estraza.
Esa noche, en la cabaña, el olor a grasa asada llenó el aire, desplazando por un momento el olor a humedad y pobreza.
La madre repartió los trozos con una precisión milimétrica.
Ahell miró su porción.
Era apenas un bocado.
Miró a Aria, que saboreaba la carne con los ojos cerrados, y a su padre, que masticaba despacio para que el sabor durara más tiempo, sonriendo como si estuviera en un banquete real.
// TIEMPO RESTANTE ANTE EL FINAL: 7 AÑOS, 2 MESES, 15 DÍAS.
// Ahell sintió un nudo en la garganta.
La carne le supo a ceniza y a gloria al mismo tiempo.
“Están felices”, pensó, apretando los cubiertos de madera.
“Están celebrando un bocado de carne mientras el reloj sigue avanzando.
No saben que este sabor es lo único que les va a quedar antes de que todo se vuelva sombra”.
Por primera vez, Ahell no quiso que el tiempo pasara rápido.
Ese bocado fugaz era eterno.
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