Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 La máscara de la mañana
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10: La máscara de la mañana 10: La máscara de la mañana El amanecer entró por las cortinas entreabiertas como una burla.
Emma abrió los ojos sintiendo cada parte de su cuerpo dolorida.
Los labios hinchados, la mandíbula sensible por los dedos de Leonardo, marcas rojas en los muslos y un moretón leve formándose en la cadera donde él la había sujetado con demasiada fuerza.
Entre las piernas todavía sentía el eco de su boca y sus dedos.
Se sentó lentamente en la cama.
Leonardo ya no estaba a su lado.
Solo quedaba el hueco tibio y el olor de su colonia mezclada con sexo y violencia.
La puerta del baño se abrió.
Él salió ya duchado, con una toalla negra alrededor de la cintura y el cabello húmedo.
La miró de arriba abajo sin vergüenza, deteniéndose en las marcas que le había dejado.
—Te ves bien con mi firma —dijo con voz tranquila, casi casual.
Emma sintió una oleada de náuseas y rabia pura.
—No te atrevas a hablarme como si anoche hubiera sido algo romántico.
Leonardo soltó una risa baja mientras se ponía una camisa negra.
—Anoche fue necesario.
Necesitabas recordar tu lugar.
Y yo necesitaba recordarte que, aunque me odies, tu cuerpo sigue respondiendo al mío.
Se acercó a la cama y extendió la mano para tocarle el vientre.
Emma retrocedió instintivamente.
—No me toques.
Él detuvo la mano en el aire, pero su expresión no cambió.
—El médico llegará en quince minutos.
Te sugiero que te duches y te vistas.
No quiero que piense que te estoy maltratando.
—Eres un hijo de puta —susurró ella.
—Lo sé —respondió él sin inmutarse—.
Pero soy el hijo de puta que decide si vives cómoda o encadenada.
Emma se levantó, ignorando el dolor entre las piernas, y caminó al baño sin decir una palabra más.
Se duchó con agua casi hirviendo, intentando borrar las huellas de la noche anterior.
No lo consiguió.
Cada roce del jabón le recordaba cómo se había corrido gritando su nombre mientras lo odiaba con toda su alma.
Cuando salió, Rosa ya había dejado ropa limpia sobre la cama: un vestido suelto gris claro, cómodo para el embarazo temprano.
Emma se lo puso y bajó al comedor principal, donde el médico ya esperaba.
El doctor Rivera, un hombre de unos sesenta años con expresión profesional pero incómoda, estaba sentado frente a Leonardo.
Sobre la mesa había un ecógrafo portátil y varias carpetas.
—Buenos días, señorita Salazar —saludó el médico, evitando mirarla directamente a los ojos.
Leonardo estaba recostado en su silla, perfectamente compuesto, como si fuera un día cualquiera en la oficina.
—Siéntate, Emma —ordenó con suavidad peligrosa.
Ella se sentó lo más lejos posible de él.
El médico comenzó la revisión en silencio.
Gel frío sobre el vientre.
El sonido del ecógrafo llenando la habitación.
—El embrión está bien implantado —dijo el doctor después de unos segundos—.
Latido cardíaco fuerte y regular.
Todo dentro de parámetros normales para seis semanas.
Emma sintió un alivio momentáneo que rápidamente se convirtió en arma.
—¿Puedo ver las imágenes?
—preguntó con voz firme.
El médico miró a Leonardo, quien asintió ligeramente.
Cuando la pantalla mostró el pequeño punto con su latido constante, Emma puso una mano sobre su vientre por instinto.
Por primera vez en días, sintió algo más fuerte que el odio: una determinación fría y maternal.
—Doctor —dijo ella sin apartar la vista de la pantalla—, ¿hay algún riesgo si la madre sufre estrés extremo o… violencia física?
El silencio que cayó sobre la habitación fue ensordecedor.
Leonardo se tensó visiblemente.
El médico tragó saliva.
—Señorita Salazar… el estrés crónico puede afectar el desarrollo temprano, sí.
Cualquier tipo de violencia física también representa un riesgo, aunque sea leve.
Emma levantó la mirada y la clavó directamente en Leonardo.
—Entiendo —dijo con voz clara y venenosa—.
Entonces será mejor que evitemos cualquier… episodio como el de anoche.
Leonardo no se movió.
Solo sonrió de lado, esa sonrisa que prometía represalias.
—Doctor, ¿podría dejarnos solos un momento?
—pidió con calma mortal.
El médico recogió sus cosas con prisa evidente y salió de la habitación.
En cuanto la puerta se cerró, Leonardo se levantó y rodeó la mesa.
Se detuvo detrás de la silla de Emma y puso ambas manos sobre sus hombros, apretando lo justo para que doliera.
—Estás jugando un juego muy peligroso —murmuró cerca de su oído—.
Usar al médico como arma… inteligente.
Pero muy estúpido.
Emma giró la cabeza lo suficiente para mirarlo.
—No soy yo quien está jugando.
Eres tú, que me follas con rabia una noche y al día siguiente finges que somos una familia feliz frente al médico.
Leonardo bajó la cabeza y le mordió el lóbulo de la oreja con fuerza.
—Anoche no te follé con rabia —susurró—.
Te follé porque te deseo incluso cuando te odio.
Y tú te corriste porque, aunque quieras destruirme, no puedes negar lo que hay entre nosotros.
Emma cerró los ojos, luchando contra el escalofrío que le recorrió la espalda.
—Esto no es deseo —dijo con voz temblorosa—.
Es una guerra.
Y yo acabo de ganar la primera batalla.
Leonardo soltó sus hombros y se enderezó.
—Disfruta esa pequeña victoria —dijo mientras se dirigía a la puerta—.
Porque esta noche, cuando estemos solos, voy a recordarte quién gana la guerra.
Antes de salir, se giró una última vez.
—Ah, y Emma… el protocolo sigue activo.
Si sigues provocándome, tal vez decida que una sustituta es menos problemática.
La puerta se cerró.
Emma se quedó sola en el comedor, con la mano todavía sobre su vientre y el corazón latiéndole con fuerza.
Miró hacia la ventana, donde los guardias patrullaban el jardín.
Y por primera vez, una idea peligrosa y concreta empezó a formarse en su mente: Contactar a los Montenegro.
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