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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 11

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11: Pacto con el Diablo 11: Pacto con el Diablo Emma tardó exactamente tres días y medio en reunir el valor suficiente para traicionar al hombre que la tenía prisionera.

Tres días y medio fingiendo ser la versión perfecta de lo que Leonardo Alcázar esperaba: una mujer embarazada, sumisa, cansada de pelear, que empezaba a aceptar su nueva realidad.

Tres días y medio sonriendo cuando él la tocaba, permitiendo que sus manos grandes recorrieran su cuerpo con esa mezcla de posesión y deseo oscuro que la hacía sentir sucia y viva al mismo tiempo.

Tres días y medio tragándose el odio que le quemaba la garganta cada vez que él la besaba después de follársela con brutalidad.

Cada noche, cuando Leonardo se dormía profundamente con un brazo pesado alrededor de su cintura, Emma permanecía despierta durante horas.

Miraba el techo de la suite principal, sentía el calor de su piel contra la suya y se repetía como un mantra silencioso: «No soy su esposa.

No soy su amante.

Soy su enemiga.

Y los enemigos esperan el momento exacto para clavar el cuchillo».

El primer día después de la revisión médica fue el peor.

Leonardo la vigilaba con más atención que nunca.

Parecía oler que algo había cambiado en ella.

Durante el desayuno le preguntó dos veces si se sentía bien.

En la cena le acarició el vientre con una ternura falsa que le revolvió el estómago.

—Estás diferente —le dijo esa noche mientras la desnudaba lentamente frente al gran espejo de la habitación—.

Más callada.

Más obediente.

Me excita… pero también me pone nervioso.

Emma se obligó a sostenerle la mirada a través del reflejo.

—Tal vez estoy cansada de pelear contra algo que no puedo cambiar —mintió con voz suave y temblorosa—.

Tal vez estoy empezando a entender que este niño nos une de una forma que ninguno de los dos esperaba.

Leonardo soltó una risa baja y peligrosa.

La giró hacia él con fuerza y la besó con violencia, mordiéndole el labio inferior hasta que ella gimió de dolor mezclado con placer traicionero.

—No me mientas, Emma —susurró contra su boca, su aliento caliente—.

Sé cuándo estás planeando algo.

Lo huelo en tu piel.

Lo veo en tus ojos.

Esa misma noche la tomó con más intensidad que nunca.

No fue solo sexo.

Fue una prueba de dominio.

Leonardo la folló primero contra la pared de vidrio que daba al mar, luego la tiró sobre la cama y la sujetó por las muñecas por encima de la cabeza mientras le susurraba al oído todas las formas horribles en que podía destruirla si lo traicionaba.

Emma se corrió gritando su nombre, el cuerpo convulsionando, pero las lágrimas que rodaron por sus mejillas fueron puras lágrimas de rabia y humillación.

Cuando él finalmente se durmió, exhausto, Emma se levantó con piernas temblorosas, se limpió entre las piernas y se miró al espejo del baño.

Tenía moretones nuevos en las caderas y el labio hinchado.

Se prometió en silencio que sería la última vez que fingiría placer.

El segundo día, Emma empezó a observar la mansión con ojos completamente nuevos.

Contó los guardias que cambiaban de turno.

Memorizó los horarios en que Rosa entraba y salía.

Notó que el doctor Rivera venía cada cuatro días y que, aunque Leonardo siempre estaba presente, a veces salía de la habitación para atender llamadas urgentes.

También confirmó lo que ya sospechaba: el doctor Rivera no estaba cómodo con la situación.

Había visto la incomodidad en sus ojos cuando ella preguntó sobre el estrés y la violencia física.

Ese hombre tenía miedo de Leonardo, pero también tenía conciencia.

Esa tarde, mientras Leonardo estaba encerrado en su oficina secundaria atendiendo una crisis con uno de sus competidores, Emma entró en la biblioteca y escogió un libro grueso sobre embarazo.

En la última página en blanco escribió con lápiz muy fino, casi invisible: “Proyecto Heredero completo.

Protocolo Alfa.

Cláusulas de sustitución.

Información detallada a cambio de protección total para mí y el niño.

Contacto seguro urgente.” Arrancó con cuidado la página, la dobló hasta convertirla en un cuadrado diminuto del tamaño de una uña y guardó el libro de nuevo en su lugar exacto de la estantería.

Nadie notaría una página menos.

El tercer día llegó la revisión médica semanal.

El doctor Rivera apareció a las diez en punto.

Leonardo estaba sentado en su silla habitual, con traje negro impecable y expresión de quien controla cada variable del universo.

Emma se acostó en la cama.

Cuando el médico aplicó el gel frío sobre su vientre aún casi plano, su corazón latió tan fuerte que temió que Leonardo pudiera oírlo.

—Doctor… los mareos por las mañanas siguen siendo muy fuertes —dijo con voz débil pero clara—.

¿Hay algo más que pueda hacer?

Mientras el transductor se movía por su abdomen y el sonido del latido del bebé llenaba la habitación, Emma deslizó su mano izquierda bajo la sábana que cubría sus piernas.

Con dedos temblorosos tocó la mano del doctor y dejó caer el pequeño papel en su palma.

El doctor Rivera se congeló por una fracción de segundo.

Sus dedos se cerraron alrededor del papel.

Sus ojos se encontraron con los de Emma durante un instante brevísimo.

En esa mirada había miedo, sorpresa y una chispa de comprensión.

Leonardo, que revisaba su teléfono, levantó la vista.

—¿Todo bien, doctor?

—Sí, señor Alcázar —respondió el médico, aunque su voz sonó ligeramente más tensa de lo normal—.

El bebé sigue perfecto.

Latido fuerte.

Crecimiento dentro de los parámetros normales.

Emma sintió un alivio tan intenso que casi se desmayó.

Cuando la revisión terminó, el doctor Rivera guardó sus instrumentos con movimientos deliberadamente lentos.

Antes de salir, miró a Emma una última vez.

—Descanso absoluto y cero estrés, señorita Salazar.

Cualquier cambio, por mínimo que sea, avíseme inmediatamente.

Leonardo acompañó al médico hasta la puerta de la suite.

Emma los oyó hablar en voz baja en el pasillo, pero no pudo distinguir las palabras.

El tono de Leonardo era cortante, como siempre.

Cuando regresó a la habitación, se sentó en el borde de la cama y colocó una mano posesiva sobre su vientre.

—Estás pálida —dijo en voz baja—.

¿Segura de que no hay nada que quieras contarme?

Emma negó con la cabeza y forzó una sonrisa cansada.

—Solo es el embarazo.

Empieza a notarse.

Leonardo la miró durante varios segundos en completo silencio.

Sus ojos negros parecían querer abrirle el cráneo y leer cada pensamiento.

—No me falles, Emma —murmuró finalmente, inclinándose hasta que sus labios rozaron su oreja—.

Si descubro que estás tramando algo a mis espaldas… no habrá protocolo.

No habrá sustituta.

Te haré desaparecer yo mismo y me quedaré con el niño.

¿Entendido?

—Entendido —susurró ella.

Esa noche, después de que Leonardo se durmiera con su habitual brazo alrededor de su cuerpo, Emma permaneció despierta mirando la oscuridad.

Había cruzado la línea.

El mensaje ya no estaba en sus manos.

Si el doctor Rivera lo entregaba a Leonardo por miedo, ella estaría muerta antes del amanecer.

Si el médico decidía ignorarlo, seguiría atrapada en esta jaula de lujo indefinidamente.

Y si, por algún milagro, el doctor Rivera tenía alguna conexión con los Montenegro o decidía ayudarla… entonces acababa de invitar al diablo a entrar en su vida.

Emma se tocó el vientre con ambas manos y cerró los ojos.

—Perdóname —susurró tan bajo que ni siquiera el aire lo oyó—.

Pero si no hago esto, nunca serás libre.

Y yo tampoco.

Ya no había vuelta atrás.

Había enviado su primera carta al diablo.

Ahora solo quedaba esperar la respuesta… y sobrevivir el tiempo suficiente para verla llegar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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