Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Sangrado en los labios
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9: Sangrado en los labios 9: Sangrado en los labios Emma apenas había cruzado el umbral de la oficina cuando una mano fuerte la agarró del brazo y la arrastró de vuelta al interior.
Leonardo cerró la puerta de un golpe seco y la empujó contra la pared con todo su cuerpo.
El impacto le sacó el aire de los pulmones.
—No terminamos —gruñó contra su oído, su voz baja y cargada de rabia contenida.
Emma intentó empujarlo, pero él era demasiado grande, demasiado fuerte.
Sus ojos eran dos pozos negros de deseo y furia.
—Suéltame —escupió ella.
—¿Suéltame?
—Leonardo soltó una risa oscura, casi cruel—.
Acabas de amenazarme con matar a mi hijo y crees que te voy a dejar salir de aquí como si nada.
La sujetó por la mandíbula con fuerza, obligándola a mirarlo.
Sus rostros estaban a milímetros.
—Te voy a recordar exactamente quién manda aquí.
La besó con violencia.
No fue un beso.
Fue un castigo.
Emma le mordió el labio inferior con saña, hasta que sintió el sabor metálico de su sangre.
Leonardo gruñó de dolor y placer, y en respuesta la levantó del suelo como si no pesara nada.
En dos pasos la sentó sobre el escritorio, tirando al piso todo lo que había encima.
Sus manos grandes abrieron la bata de seda negra de un tirón, dejando sus pechos expuestos.
Bajó la boca hasta uno de ellos y lo mordió con fuerza suficiente para que Emma soltara un grito ahogado.
—Hijo de puta… —jadeó ella, pero sus dedos se enredaron en el cabello de él, tirando con rabia.
Leonardo levantó la cabeza, los labios manchados con su propia sangre.
—Ódiame todo lo que quieras —dijo con voz ronca, metiendo la mano entre sus piernas—.
Pero tu cuerpo siempre me traiciona.
Sus dedos rozaron su centro, ya mojado a pesar del odio que ardía entre ellos.
Emma intentó cerrar las piernas, pero él las abrió con la rodilla y hundió dos dedos dentro de ella sin piedad.
Emma arqueó la espalda, un gemido traicionero escapando de su garganta.
—Te odio —repitió, con la voz rota.
—Bien —respondió él, moviendo los dedos con ritmo brutal y preciso—.
Ódiame mientras te follo con la mano.
Ódiame mientras llevas a mi hijo dentro de ti.
El placer subió demasiado rápido, demasiado intenso.
Emma sintió que perdía el control.
Clavó las uñas en los hombros de Leonardo, rasgando la tela de la camisa.
Justo cuando estaba al borde, él sacó los dedos de golpe.
Emma abrió los ojos, respirando agitada, frustrada y furiosa.
—¿Qué mierda…?
Leonardo se arrodilló frente a ella, le separó las piernas con brusquedad y enterró la boca entre sus muslos.
El primer lametón fue salvaje.
Emma gritó, una mano golpeando el escritorio, la otra tirando del cabello de él con fuerza.
Leonardo la devoró sin misericordia: chupando, mordiendo, penetrándola con la lengua mientras sus dedos volvían a unirse al ataque.
—Vas a correrte en mi boca —ordenó contra su carne sensible, la voz vibrando directamente sobre su clítoris—.
Y vas a gritar mi nombre aunque me odies.
Emma intentó resistir.
Intentó negarse.
Pero el placer era una ola imparable.
Cuando Leonardo succionó su clítoris con fuerza brutal, el orgasmo la atravesó como un cuchillo.
Gritó su nombre entre sollozos de placer y rabia, el cuerpo convulsionando violentamente contra su cara.
Leonardo no se detuvo hasta que ella quedó temblando, débil, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.
Solo entonces se levantó.
Se limpió la boca con el dorso de la mano, mirándola con una mezcla de triunfo y algo mucho más oscuro.
Se inclinó sobre ella, todavía jadeando, y habló contra sus labios hinchados: —Esto es solo el comienzo.
Vas a aprender a vivir con mi oscuridad, Emma.
O te vas a romper intentando destruirme.
Emma, con la respiración entrecortada y el cuerpo todavía temblando, lo miró directamente a los ojos.
—Que te quede claro una cosa —susurró con voz rota pero letal—.
La próxima vez que me toques… será porque yo lo permita.
Y cuando llegue el momento, yo seré la que te haga suplicar.
Leonardo sonrió, una sonrisa torcida y peligrosa, con el labio todavía sangrando.
—Estoy contando los días.
Se apartó de ella, recogió su chaqueta del suelo y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se giró una última vez.
—Si intentas huir o sabotear el embarazo después de esto, no habrá protocolo.
Te encerraré yo mismo y te follaré hasta que olvides hasta tu propio nombre.
Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco.
Emma se quedó sentada sobre el escritorio durante varios minutos, las piernas temblando, el sabor de la sangre de Leonardo todavía en su boca.
Finalmente se bajó con dificultad, se cerró la bata rota como pudo y caminó de regreso a la habitación principal.
Leonardo ya estaba acostado, como si nada hubiera pasado.
Emma se metió en la cama lo más lejos posible de él.
En la oscuridad, con la voz apenas audible, susurró para sí misma: —Te voy a destruir, Leonardo Alcázar.
Y voy a disfrutar cada segundo.
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