Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 12
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12: El silencio de las sombras 12: El silencio de las sombras Los siguientes cuatro días fueron los más largos de la vida de Emma.
Cada mañana despertaba con el corazón latiéndole en la garganta, convencida de que ese sería el día en que Leonardo la miraría y diría: “Sé lo que hiciste”.
Cada vez que él entraba en la habitación, cada vez que su teléfono vibraba, cada vez que Rosa la miraba más de dos segundos, Emma sentía que el suelo se abría bajo sus pies.
La paranoia se había convertido en su nueva compañera constante.
Leonardo parecía sentirlo.
O tal vez solo estaba siendo él mismo: frío, observador, letal.
Por las noches la follaba con una intensidad diferente.
Ya no era solo deseo o castigo.
Era como si estuviera buscando algo dentro de ella.
Sus manos la sujetaban con más fuerza, sus ojos la penetraban más profundo que su cuerpo.
Después, en lugar de dormirse inmediatamente, se quedaba despierto mirándola en la oscuridad.
—¿Por qué tiemblas?
—le preguntó la tercera noche, pasando un dedo por la curva de su cadera desnuda.
—No tiemblo —mintió Emma.
—Sí tiemblas —respondió él en voz baja—.
Y no es de placer.
Se inclinó sobre ella hasta que sus labios rozaron su oreja.
—Si me estás ocultando algo, Emma… dímelo ahora.
Puedo ser misericordioso si eres sincera.
Emma giró la cara y lo besó con toda la desesperación que sentía.
Usó el sexo como escudo.
Lo montó con movimientos lentos y profundos, clavándole las uñas en el pecho, mordiéndole el cuello hasta dejar marcas.
Leonardo gruñó y la sujetó por las caderas, guiándola con fuerza.
Cuando ambos llegaron al clímax, él la mantuvo pegada a su cuerpo, respirando agitado contra su cabello.
—No me traiciones —susurró contra su nuca—.
No sobrevivirías a las consecuencias.
Emma no contestó.
Solo cerró los ojos y esperó a que su respiración se volviera profunda.
Las náuseas habían empeorado de verdad.
Ya no eran solo excusa.
Por las mañanas vomitaba en silencio en el baño, con la frente apoyada contra los azulejos fríos, mientras Leonardo se duchaba.
El mareo la acompañaba todo el día, haciendo que le costara concentrarse.
Su cuerpo le recordaba constantemente que el tiempo se estaba acabando.
El bebé crecía.
Y con él, también crecía el peligro.
El cuarto día, mientras Leonardo estaba en una reunión fuera de la mansión —la primera vez que salía por más de dos horas desde que la había encerrado—, Emma bajó al jardín acompañada de dos guardias.
Era el “privilegio” que él le había concedido: veinte minutos al aire libre bajo estricta vigilancia.
Se sentó en un banco frente al mar, con una manta sobre las piernas.
El viento salado le revolvió el cabello.
Cerró los ojos un momento, intentando respirar.
Entonces lo vio.
Un pequeño sobre blanco, casi invisible, metido entre las hojas de un arbusto de jazmín, justo al alcance de su mano.
Nadie más lo habría notado.
Estaba colocado de forma que solo alguien sentado exactamente en ese banco pudiera verlo.
Emma sintió que el corazón se le detenía.
Miró discretamente a los guardias.
Uno hablaba por radio, el otro miraba hacia el mar.
Con el pulso temblando, estiró la mano como si estuviera acomodando la manta y tomó el sobre.
Dentro solo había una tarjeta blanca con dos líneas escritas en tinta negra, sin firma: “Mensaje recibido.
La oferta es aceptable.
Espera instrucciones.
No confíes en nadie.” Emma cerró el puño alrededor de la tarjeta hasta que el papel se arrugó.
Una mezcla de alivio y terror puro le recorrió el cuerpo.
Los Montenegro habían respondido.
El contacto estaba hecho.
Pero ahora ya no era solo una idea peligrosa.
Era real.
Guardó la tarjeta dentro de su sostén, contra su piel, y regresó a la mansión con piernas inestables.
Cada paso le parecía una bomba a punto de explotar.
Esa misma noche, cuando salió de la ducha envuelta en una toalla blanca, Rosa estaba terminando de arreglar la cama.
El ama de llaves levantó la vista un segundo más de lo normal.
Sus ojos se encontraron.
En esa mirada hubo algo silencioso, pesado.
Rosa sabía.
O al menos sospechaba.
—Buenas noches, señorita —dijo Rosa en voz baja antes de salir.
Emma apenas tuvo tiempo de procesarlo.
Leonardo entró en la habitación en ese preciso instante.
Sin decir una palabra, se acercó y le quitó la toalla de un tirón.
Emma sintió un segundo de pánico absoluto.
La tarjeta estaba en su sostén, pero la toalla ya no la cubría.
En una fracción de segundo, cruzó los brazos sobre el pecho, presionando con fuerza la tarjeta contra su piel mientras fingía que solo sentía frío.
Leonardo la empujó contra la pared y se arrodilló frente a ella.
Le separó las piernas y enterró la boca entre sus muslos sin previo aviso.
Emma jadeó, una mano en su cabello, la otra apretada contra su propio pecho, sosteniendo desesperadamente la tarjeta para que no cayera.
El placer llegó rápido, traicionero, mezclado con el terror más puro que había sentido nunca.
Cada lametón, cada succión, hacía que su cuerpo temblara.
La tarjeta se humedecía contra su piel por el sudor.
Si caía… todo terminaría.
Cuando la hizo correrse con la lengua, Leonardo se levantó, se limpió la boca y la miró directamente a los ojos.
—Quiero que sepas algo —dijo con voz grave y peligrosa—.
Si alguien intenta quitárteme… si alguien intenta quitarme a mi hijo… quemaré todo lo que toque.
Incluyéndote a ti.
Emma sintió que las rodillas le fallaban.
—Lo sé —susurró.
Leonardo la besó con fuerza, probando su propio sabor en los labios de ella.
—Bien.
Esa noche, mientras Leonardo dormía a su lado, Emma permaneció despierta con la tarjeta todavía pegada a su piel, ahora húmeda y arrugada.
Las palabras de la nota resonaban en su cabeza como un eco venenoso: “No confíes en nadie”.
¿Y si el doctor Rivera trabajaba para ambos bandos?
¿Y si Rosa ya le había contado algo a Leonardo?
¿Y si todo esto era una trampa de los Montenegro para debilitar a Leonardo usando a ella como cebo?
El silencio de las sombras se había roto.
El diablo ya había contestado.
Y ahora Emma ya no sabía si estaba aliada con el enemigo… o si acababa de convertirse en el arma perfecta para su propia destrucción.
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