Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 La Gala de los Espejos
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13: La Gala de los Espejos 13: La Gala de los Espejos —Te ves demasiado pálida.
La gente empezará a hablar.
Leonardo dejó caer el vestido negro sobre la cama.
Era un diseño elegante, caro, con escote discreto y tela que caía suavemente sobre su vientre todavía casi plano.
Pero sus ojos decían otra cosa: no era preocupación.
Era cálculo.
—Una gala benéfica —continuó él mientras se ajustaba los gemelos de platino—.
La Fundación Alcázar dona diez millones esta noche.
Necesito que aparezcas a mi lado.
Sonriente.
Sumisa.
Embarazada de mi heredero.
Nadie debe dudar de que esto es real.
Emma sintió un nudo en el estómago que nada tenía que ver con las náuseas.
—¿Y si me niego?
Leonardo se acercó, le sujetó la barbilla con dos dedos y la obligó a mirarlo.
—No es una invitación, Emma.
Es una orden.
Y si intentas algo… cualquier cosa… te sacaré de allí tan rápido que ni siquiera notarás cuándo empezó el dolor.
Cuatro horas después, la limusina se detuvo frente al hotel Mandarin Oriental de Miami.
Luces doradas, alfombra roja, flashes de cámaras y un mar de vestidos de alta costura y esmóquines negros.
Emma bajó del auto del brazo de Leonardo.
El vestido negro se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel.
Llevaba el cabello recogido en un moño bajo y un collar de diamantes que pesaba como una cadena.
Leonardo, impecable en su esmoquin negro, colocó una mano posesiva en la parte baja de su espalda.
—Sonríe —murmuró contra su oído—.
O te haré sonreír yo mismo cuando lleguemos a casa.
La gala era un espectáculo de riqueza y falsedad.
Emma caminaba a su lado sintiendo cada mirada clavada en su vientre.
Algunos susurraban.
Otros sonreían con envidia o curiosidad.
Leonardo la exhibía como un trofeo recién adquirido.
Las náuseas la golpearon de repente cuando entraron al salón principal.
El olor a perfume caro mezclado con comida y champán le revolvió el estómago.
Se tambaleó ligeramente.
Leonardo la sujetó con más fuerza.
—Respira —ordenó en voz baja—.
No me avergüences aquí.
Emma apretó los dientes y sonrió.
Dentro de su cabeza solo repetía una frase: “No confíes en nadie”.
Los Montenegro estaban allí.
Los reconoció por las fotos que había visto en los archivos de Leonardo.
Un hombre alto de cabello plateado y una mujer elegante de unos cincuenta años que la miraron un segundo más de la cuenta.
No se acercaron.
No hacía falta.
Emma sintió que la observaban.
A mitad de la velada, mientras Leonardo hablaba con un grupo de inversionistas, ella aprovechó un momento de distracción.
Las náuseas eran reales y violentas.
Se disculpó con un susurro y se dirigió al baño de mujeres con un guardia siguiéndola a distancia prudente.
Entró en el baño de mármol blanco.
El guardia se quedó fuera.
Estaba sola apenas diez segundos cuando oyó un leve movimiento.
Del cubículo del fondo salió una mujer joven vestida de negro, con el cabello recogido y ojos fríos.
—Quinto baño del pasillo este.
Dentro de quince minutos.
Ven sola o el trato se cancela —susurró antes de desaparecer tan rápido como había aparecido.
Emma sintió el pulso en los oídos.
Guardó la información y salió del baño con el corazón desbocado.
Leonardo la esperaba a pocos metros, con expresión oscura.
—¿Todo bien?
—preguntó, estudiando su rostro.
—Solo náuseas —respondió ella, forzando una sonrisa débil—.
El bebé no parece gustarle el champán que no puedo beber.
Leonardo no rio.
La tomó del brazo y la llevó de vuelta al salón, pero su agarre era más fuerte que antes.
Los quince minutos siguientes fueron una tortura.
Leonardo no se separó de ella ni un segundo.
Bailaron una pieza lenta.
Él la pegó contra su cuerpo, una mano en su cintura, la otra en su nuca.
—Estás temblando otra vez —susurró contra su cabello—.
Y esta vez tampoco es de placer.
Emma levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.
—Tal vez estoy cansada de ser tu muñeca en público.
Leonardo sonrió con esa curva peligrosa que nunca llegaba a sus ojos.
—Eres mucho más que una muñeca, Emma.
Eres la madre de mi futuro.
Y esta noche todos deben verlo.
Cuando la música terminó, Emma sintió que no podía esperar más.
Las náuseas subían por su garganta.
—Necesito ir al baño otra vez —dijo con voz urgente.
Leonardo entrecerró los ojos.
—Te acompaño.
—No —respondió ella con firmeza fingida—.
No quiero que me veas vomitar.
Dame dos minutos.
Por un segundo pensó que él se negaría.
Pero Leonardo hizo una señal a uno de sus guardias y asintió.
—Dos minutos.
Ni uno más.
Emma caminó lo más rápido que pudo hacia el pasillo este.
Entró al quinto baño.
Estaba vacío.
Se acercó al dispensador de toallas de papel y metió la mano detrás.
Sus dedos rozaron un pequeño teléfono desechable pegado con cinta adhesiva.
Lo encendió.
En la pantalla ya había un mensaje abierto: “Salida de emergencia sur.
Mañana 22:00.
Código: Heredero Sangre.
Trae pruebas del protocolo.
Si Alcázar sospecha, te eliminamos primero.” Emma borró el mensaje con manos temblorosas.
El teléfono vibró una última vez y se apagó solo.
Cuando salió del baño, Leonardo estaba esperándola en el pasillo, con los brazos cruzados y la mirada asesina.
—Dos minutos y cuarenta segundos —dijo con voz mortalmente baja—.
¿Dónde estabas realmente, Emma?
Ella sintió que el mundo se inclinaba.
Las náuseas subieron con fuerza.
Esta vez no pudo contenerlas.
Se dobló y vomitó sobre el mármol del pasillo, justo frente a él.
Leonardo la sujetó por los hombros, pero no con ternura.
Con sospecha.
—Esto se acaba aquí —gruñó—.
Nos vamos.
Mientras la llevaba casi a rastras hacia la salida, Emma miró una última vez hacia el salón.
Entre la multitud, la mujer de cabello plateado de los Montenegro levantó su copa en un brindis silencioso.
Y sonrió.
Emma cerró los ojos.
El juego ya no era solo entre ella y Leonardo.
Ahora había más jugadores.
Y todos querían sangre.
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