Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 La Noche de las Sospechas
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14: La Noche de las Sospechas 14: La Noche de las Sospechas La limusina se sentía como un ataúd de lujo mientras regresaban a Key Biscayne.
El silencio dentro del vehículo era tan denso que Emma podía oír cada latido desbocado de su propio corazón.
Leonardo no había pronunciado ni una sola palabra desde que ella vomitó en el pasillo de la gala.
No la miraba.
Mantenía la vista fija al frente, pero su mano izquierda apretaba su antebrazo con fuerza brutal, los dedos hundidos en su carne como si quisiera romperle los huesos.
Emma no se atrevía a moverse.
Cualquier intento de soltarse solo conseguía que él apretara más.
Bajo el encaje del sostén, la tarjeta de los Montenegro le quemaba la piel.
El sudor la había humedecido, pegándola a su pecho como una marca de traición.
Cada kilómetro que avanzaban por la carretera costera era una cuenta regresiva hacia lo inevitable.
Emma sentía náuseas reales subiendo por su garganta, pero esta vez no eran solo por el embarazo.
Era puro terror.
«Si me mata esta noche… al menos terminará todo», pensó.
Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, Leonardo la sacó casi en vilo.
Sus tacones apenas tocaban el suelo.
Despidió a los guardias con un gesto seco y cortante.
Rosa apareció al final del pasillo con expresión preocupada, pero una sola mirada helada de Leonardo bastó para que la mujer girara sobre sus talones y desapareciera sin decir palabra.
Subieron las escaleras a zancadas.
Emma tropezó con el dobladillo del vestido largo, pero Leonardo no la dejó caer.
La arrastró hasta la suite principal, abrió la puerta y la empujó hacia el centro de la habitación.
Luego cerró con llave.
El sonido metálico del cerrojo resonó como una sentencia de muerte.
—Desnúdate —ordenó con voz baja y peligrosa.
Emma retrocedió hasta chocar con el borde de la cama king size.
—Leonardo… por favor.
No me siento bien.
Las náuseas son muy fuertes y… —No me importa una mierda cómo te sientas —la interrumpió él, quitándose la chaqueta del esmoquin con movimientos controlados pero llenos de furia—.
Quítate el vestido.
Ahora.
No me hagas repetirlo, porque no te va a gustar lo que pase si tengo que arrancártelo yo mismo.
Con las manos temblando visiblemente, Emma buscó la cremallera en su espalda.
Sus dedos torpes forcejearon con el metal hasta que finalmente cedió.
La seda negra se deslizó por su cuerpo y cayó a sus pies como una bandera rendida.
Se quedó allí, solo en ropa interior de encaje negro, tiritando bajo la luz tenue de la habitación.
Leonardo se acercó lentamente, rodeándola como un depredador que disfruta el miedo de su presa.
Se detuvo frente a ella, tan cerca que Emma podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Sin decir nada, llevó las manos a su espalda y arrancó el sostén de un tirón seco.
El cierre se rompió.
La pequeña tarjeta arrugada cayó al suelo, aterrizando justo entre los dos sobre la alfombra blanca.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Leonardo miró el papel durante varios segundos que parecieron eternos.
Luego levantó lentamente la vista hacia Emma.
Sus ojos negros ya no eran fríos.
Eran dos abismos de rabia pura y contenida.
—¿Qué mierda es esto?
—preguntó con una calma letal que helaba la sangre.
Emma sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
—Un… un mensaje —susurró, apenas audible.
Leonardo se agachó, recogió la tarjeta y la leyó en voz alta, saboreando cada palabra como si fuera veneno: —«Salida de emergencia sur.
Mañana 22:00.
Código: Heredero Sangre.
Trae pruebas del protocolo.
Si Alcázar sospecha, te eliminamos primero».
Arrugó el papel con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos y lo lanzó con furia contra la pared.
En dos pasos la tenía acorralada, una mano grande rodeando su cuello, presionando lo justo para que ella sintiera el peligro real.
—¿Montenegro?
—siseó, su rostro a centímetros del de ella, respirando con fuerza—.
¿Te atreviste a contactar a los Montenegro en mi propia puta gala?
¿Bajo mi techo?
¿Delante de mis narices?
Emma lo miró directamente a los ojos.
El miedo era tan grande que ya no podía contener la rabia que llevaba días acumulando.
—Sí —escupió con voz temblorosa pero desafiante—.
Porque tú me convertiste en esto.
En una incubadora reemplazable.
Leí tu protocolo completo, Leonardo.
Vi las cláusulas de sustitución.
Vi cómo planeas descartarme como un objeto defectuoso en cuanto el niño nazca.
Prefiero traicionarte con tus peores enemigos que quedarme aquí esperando a que me borres de tu vida como si nunca hubiera existido.
Leonardo se quedó mirándola en silencio.
La sorpresa cruzó su rostro solo un instante antes de ser devorada por una rabia helada y profunda.
Sin decir una palabra más, la levantó en vilo y la lanzó sobre la cama.
Se quitó la camisa con movimientos violentos, rompiendo un botón que salió volando.
Se desabrochó el cinturón y los pantalones sin apartar la mirada de ella.
—Te di todo —dijo con voz ronca mientras se desnudaba—.
Seguridad, lujo, protección… un futuro para ese niño.
Y tú decides venderme al enemigo.
Se subió encima de ella como una tormenta.
Le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano y le abrió las piernas con la rodilla.
Entró en ella de un solo golpe brutal, sin preámbulos, sin piedad.
Emma soltó un grito ahogado, arqueando la espalda.
No fue sexo.
Fue un castigo puro y salvaje.
Leonardo la folló con fuerza salvaje y profunda, cada embestida destinada a recordarle quién era el dueño de su cuerpo.
Cada vez que ella intentaba hablar, él la silenciaba con besos violentos o mordiéndole el cuello y los hombros, dejando marcas rojas y moradas.
—Dime que eres mía —gruñó contra su oído sin detener el ritmo brutal.
—No… —jadeó Emma, aunque su cuerpo la traicionaba, respondiendo al calor y la fricción.
—Dilo —exigió él, acelerando con más furia—.
Dilo, joder.
Emma llegó al orgasmo entre sollozos de placer y odio profundo.
Leonardo la siguió poco después, derramándose dentro de ella con un gruñido animal, marcándola por dentro como lo había hecho por fuera.
Cuando terminó, se quedó sobre ella varios segundos, respirando agitado, mirándola con una intensidad que daba miedo.
—Mañana a las diez viene el doctor Rivera —dijo finalmente con voz grave y amenazante—.
Va a revisarte de arriba abajo.
Análisis de sangre, ecografías, todo.
Si descubro que has filtrado información o que has puesto en riesgo a mi hijo con esta mierda… no habrá más advertencias, Emma.
Te haré desaparecer.
Se levantó, se vistió en silencio y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo un segundo.
—Duerme —dijo sin girarse—.
Porque mañana voy a averiguar exactamente cuánto les contaste.
Y cuando lo sepa… te voy a mostrar por qué nadie me traiciona dos veces.
Cerró la puerta y giró la llave dos veces.
Emma se quedó sola en la oscuridad de la suite, desnuda, adolorida y con el cuerpo todavía temblando.
Se abrazó el vientre con ambas manos, sintiendo el calor de la vida que crecía dentro de ella en medio de tanto odio.
—Mañana a las diez… —susurró hacia la penumbra con voz rota pero determinada—.
Vamos a ver quién destruye a quién.
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