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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 15

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15: La Prueba de Fuego 15: La Prueba de Fuego A las diez en punto, el doctor Rivera entró en la suite con su maletín negro.

Emma estaba sentada en el borde de la cama, vestida solo con una bata de seda blanca.

Tenía el labio inferior hinchado y partido por el mordisco de Leonardo la noche anterior.

El sabor metálico de la sangre aún le llenaba la boca.

Leonardo estaba de pie junto a la ventana, inmóvil, con traje negro impecable.

Sus ojos no se apartaban de ella ni un segundo.

—Doctor —dijo Leonardo sin saludar—.

Examen completo.

Sangre, ecografía, análisis hormonales.

Todo en tiempo real.

Y no saldrá de esta habitación hasta que termine.

El doctor Rivera asintió, pero Emma notó que sus manos temblaban ligeramente al abrir el maletín.

Ese pequeño detalle le aceleró el pulso.

—Señorita Salazar, recuéstese, por favor —pidió el médico con voz neutra, evitando mirarla directamente.

Emma obedeció.

El gel frío sobre su vientre le provocó un escalofrío.

El sonido del ecógrafo llenó la habitación.

El latido fuerte y rápido del bebé resonó como un tambor de guerra.

—Todo dentro de parámetros normales —murmuró Rivera—.

Latido excelente.

Crecimiento adecuado.

Leonardo no dijo nada.

Solo observaba cada gesto, cada mirada, cada respiración.

Emma necesitaba una señal.

Cualquier cosa.

Cuando el doctor se acercó para sacarle sangre, ella habló con voz débil: —Doctor… las náuseas están empeorando.

Anoche vomité varias veces.

¿Hay algo más que pueda hacer?

Rivera dudó medio segundo.

Mientras ajustaba la banda de presión en su brazo, presionó tres veces con el pulgar en su muñeca.

Corto.

Corto.

Corto.

«Esta noche.» Emma sintió un alivio tan intenso que casi se mareó.

El doctor no la había delatado.

Pero la pregunta que le quemaba era otra: ¿qué planeaba exactamente?

¿Un sedante?

¿Una emergencia médica falsa?

¿O algo más arriesgado?

Leonardo se acercó un paso, como si pudiera oler la traición en el aire.

—¿Todo bien, doctor?

—preguntó con tono engañosamente suave.

—Todo normal, señor Alcázar —respondió Rivera, aunque su voz tenía un leve temblor—.

Aunque el estrés es claramente alto.

Recomiendo mucho reposo.

Leonardo soltó una risa baja y fría.

—Estrés… interesante palabra.

Anoche encontré una nota en poder de Emma.

Una nota de los Montenegro.

¿Sabe usted algo de eso, doctor?

El aire se volvió sólido.

Rivera palideció.

Sus manos se detuvieron un instante.

—Yo solo me encargo de la salud de la madre y el bebé, señor.

No sé nada de notas ni de Montenegro.

Leonardo se acercó por detrás y le puso una mano en el hombro.

—Ocho años trabajando para mí.

Sería una pena que terminara mal por un error estúpido.

Si descubro que ayudó a Emma a enviar cualquier información fuera de esta casa… no solo perderá su carrera.

Perderá todo lo demás.

El doctor tragó saliva con dificultad.

—Entendido, señor.

Emma sintió náuseas reales subir por su garganta.

Se incorporó de golpe y vomitó violentamente en la palangana que Rosa había dejado preparada.

Leonardo la miró con desprecio.

Rivera se apresuró a limpiarle la boca con gasa.

Mientras el médico la atendía, Emma sintió que algo pequeño y duro caía dentro de la palangana, oculto bajo la gasa sucia.

Rivera lo había dejado allí durante el vómito.

Leonardo no lo notó.

Cuando la revisión terminó, Leonardo acompañó personalmente al doctor hasta la puerta.

—Los resultados completos en dos horas —ordenó antes de cerrar con llave.

En cuanto se quedaron solos, Leonardo se giró hacia ella.

Su mirada era cortante como un cuchillo.

—Sé que estás planeando algo para hoy —dijo caminando lentamente hacia la cama—.

Lo veo en tus ojos.

Lo huelo en tu miedo.

Pero escúchame bien, Emma: si intentas cualquier cosa esta noche, no llegarás ni a la puerta.

Y si lo haces… no voy a matarte.

Voy a hacer que desees estar muerta.

Se inclinó y le besó el labio herido con brutalidad, saboreando su propia sangre.

—Sé buena hoy —susurró contra su boca—.

Por el bien de los dos.

Salió de la habitación y cerró con llave.

Emma esperó varios minutos, escuchando cómo los pasos de Leonardo se alejaban por el pasillo.

Luego se acercó a la palangana con asco.

Metió los dedos entre la gasa sucia y el vómito.

Allí estaba.

Una pequeña tarjeta magnética negra.

La llave del despacho privado de Leonardo.

Rivera se la había pasado durante el ataque de náuseas, arriesgando su vida.

Emma cerró el puño alrededor de la tarjeta, sintiendo el frío del metal contra su palma.

El reloj de la mesita marcaba las 10:50 a.m.

Faltaban poco más de once horas para la cita con los Montenegro.

Tenía la llave.

Tenía una oportunidad.

Pero también tenía dos guardias nuevos apostados permanentemente frente a la puerta de la suite, y Leonardo más paranoico que nunca.

Se abrazó el vientre con la otra mano y cerró los ojos.

—El juego de sombras acaba de empezar —susurró hacia la penumbra—.

Y esta vez… tengo la primera pieza del rompecabezas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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