Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 16
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16: La Hora de la Traición 16: La Hora de la Traición Las horas pasaron como cuchillas lentas.
Emma esperó hasta las 21:40, cuando la mansión se sumía en su rutina nocturna más silenciosa.
Leonardo había salido a las 19:00 después de una llamada urgente.
No le dijo adónde iba, solo le dejó claro antes de marcharse: —Si sales de esta habitación, te arrepentirás el resto de tu corta vida.
Dos guardias seguían apostados frente a la puerta de la suite.
Pero Emma había observado sus rutinas durante días.
A las 21:45 cambiaban de turno.
Eran tres minutos de distracción.
Tres minutos en los que el pasillo quedaba momentáneamente sin vigilancia directa.
Era ahora o nunca.
Se puso ropa cómoda: leggins negros y una sudadera holgada que ocultaba su vientre.
Guardó la tarjeta magnética en el sostén, junto a un pendrive que había robado días atrás de la biblioteca.
Tenía que conseguir las pruebas del protocolo antes de las 22:00.
Abrió la puerta de la suite con el corazón en la garganta.
El pasillo estaba vacío.
Corrió descalza hacia el despacho privado de Leonardo, al final del ala este.
Cada paso le provocaba náuseas, pero las controló con pura fuerza de voluntad.
Llegó a la puerta del despacho.
Introdujo la tarjeta magnética.
La luz parpadeó en verde.
Clic.
Entró y cerró tras de sí.
El despacho olía a madera cara, colonia de Leonardo y poder.
La computadora estaba encendida, pero protegida con contraseña.
Emma tecleó la que había visto usar a Leonardo semanas atrás: “Diego2018” (el nombre de su hermano muerto).
Funcionó.
Accedió rápidamente a la carpeta “Proyecto Heredero”.
Copió todos los archivos del protocolo de sustitución, las cláusulas de reemplazo de portadora, las transferencias offshore y los perfiles de posibles sustitutas.
Todo en el pendrive.
Tenía las pruebas.
Miró el reloj: 21:53.
Tenía que llegar a la salida de emergencia sur antes de las 22:00.
Salió del despacho y cerró la puerta.
Apenas había dado tres pasos cuando oyó voces al final del pasillo.
Uno de los guardias regresaba antes de tiempo.
Emma se escondió detrás de una columna, conteniendo la respiración.
El guardia pasó a menos de dos metros de ella.
Cuando desapareció en la esquina, ella corrió hacia las escaleras de servicio.
Bajó los escalones lo más silenciosamente posible.
El embarazo le pesaba más de lo normal.
Las náuseas volvían con fuerza.
A mitad de camino, tuvo que detenerse y vomitar en silencio contra la pared.
21:57.
Siguió bajando.
Llegó al pasillo de la planta baja que conducía a la salida de emergencia sur.
La puerta estaba a solo veinte metros.
Pero entre ella y la libertad había un guardia sentado en una silla, revisando su teléfono.
Emma retrocedió y se escondió en un pequeño cuarto de limpieza.
Su mente trabajaba a toda velocidad.
No podía enfrentarlo.
No podía distraerlo sin hacer ruido.
Entonces escuchó pasos acercándose.
Pasos conocidos.
Pesados.
Controlados.
Leonardo.
Había regresado antes de tiempo.
—Doble la vigilancia en todo el perímetro sur —ordenó Leonardo con voz fría—.
Y que alguien revise la suite.
Quiero saber exactamente dónde está Emma en este momento.
Emma sintió que el mundo se derrumbaba.
Estaba atrapada.
Si subía, la encontrarían.
Si se quedaba, también.
Miró su teléfono desechable (el que Rosa le había pasado esa tarde escondido en la comida).
Tenía un mensaje sin leer de un número desconocido: “Si no sales en los próximos 4 minutos, cancelamos todo.
Última oportunidad.” 21:59.
Emma apretó los dientes.
No tenía más opciones.
Abrió la puerta del cuarto de limpieza lentamente y caminó hacia el guardia con pasos tambaleantes, fingiendo estar mareada.
—Ayuda… —susurró—.
Me siento muy mal… creo que voy a desmayarme… El guardia se levantó alarmado.
En cuanto se acercó para sostenerla, Emma le clavó con fuerza el codo en la nariz, tal como había visto en videos de autodefensa años atrás.
El hombre cayó hacia atrás, aturdido.
No esperó.
Corrió hacia la puerta de emergencia sur.
La abrió justo cuando el reloj marcaba las 22:00.
El aire húmedo de la noche de Miami la golpeó.
Frente a ella, un auto negro con vidrios tintados esperaba con las luces apagadas.
La puerta trasera se abrió.
Una mujer de cabello plateado —la misma que había visto en la gala— la miró desde dentro.
—Sube.
Rápido.
Tienes exactamente cuarenta segundos antes de que suenen las alarmas.
Emma dudó solo un segundo.
Miró hacia atrás, hacia la mansión iluminada donde Leonardo la buscaba en ese preciso instante.
Luego subió al auto.
La puerta se cerró.
El vehículo arrancó suavemente y se perdió en la oscuridad de Key Biscayne.
Dentro del auto, la mujer le tendió un teléfono.
—Bienvenida, Emma Salazar.
Tienes mucha información que darnos.
Y nosotros tenemos una salida para ti… si cumples tu parte del trato.
Emma apretó el pendrive en su mano.
El corazón le latía con fuerza.
Había dado el paso.
Ya no había vuelta atrás.
En la mansión, las alarmas empezaron a sonar.
Leonardo Alcázar acababa de descubrir que su prisionera había desaparecido.
Y la caza estaba a punto de comenzar.
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