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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 La Caza Comienza
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17: La Caza Comienza 17: La Caza Comienza Leonardo Alcázar irrumpió en la suite principal como un huracán.

La puerta golpeó la pared con tanta fuerza que una de las bisagras se astilló.

Los dos guardias que habían estado vigilando la habitación yacían inconscientes en el pasillo: uno con un golpe en la nuca, el otro con sangre en la nariz.

La cama estaba vacía.

La tarjeta magnética de su despacho estaba tirada sobre las sábanas revueltas.

Leonardo se quedó inmóvil durante tres segundos que parecieron eternos.

Luego soltó un rugido que resonó en toda la mansión.

—¡¡EMMA!!

Rosa apareció en la puerta, pálida como un fantasma.

—Señor… las cámaras del pasillo sur fueron desactivadas hace siete minutos.

La salida de emergencia… Leonardo se giró hacia ella con los ojos inyectados en sangre.

—Encuentren a mi mujer —ordenó con una voz tan fría que Rosa retrocedió—.

Cierren todas las salidas de Key Biscayne.

Bloqueen puentes, carreteras, aeropuertos privados.

Quiero a todos los hombres disponibles en la calle.

Y tráiganme al doctor Rivera vivo.

Ahora.

Rosa salió corriendo.

Leonardo se acercó a la cama y tomó la tarjeta magnética entre los dedos.

La apretó hasta que el borde le cortó la piel.

Una gota de sangre cayó sobre las sábanas blancas.

—Emma Salazar… —murmuró con una sonrisa aterradora—.

Acabas de firmar tu sentencia de muerte.

En el auto negro que corría a toda velocidad por la carretera costera, Emma temblaba.

La mujer de cabello plateado —que se presentó como Victoria Montenegro— la observaba con una mezcla de curiosidad y cálculo.

—Relájate —dijo Victoria con voz suave pero firme—.

Por ahora estás a salvo.

Leonardo tardará al menos veinte minutos en darse cuenta de que las cámaras fueron manipuladas.

Tenemos una pequeña ventaja.

Emma apretó el pendrive en su mano sudorosa.

—¿Qué van a hacer con esta información?

—preguntó con voz ronca.

Victoria sonrió.

—Lo que hemos querido hacer durante años: destruir el imperio Alcázar desde dentro.

Tu protocolo de sustitución es oro puro.

Demuestra que Leonardo es un monstruo capaz de reemplazar a la madre de su propio hijo.

Eso nos dará el apoyo necesario para movernos contra él en los círculos que importan.

Emma tragó saliva.

El bebé se movió ligeramente dentro de ella, como si supiera que su futuro pendía de un hilo.

—¿Y yo?

—preguntó—.

Ustedes prometieron protección para mí y para mi hijo.

Victoria la miró con ojos fríos.

—Cumpliremos… siempre y cuando nos sigas siendo útil.

Si intentas traicionarnos como traicionaste a Leonardo, no seremos tan… civilizados como él.

El auto entró en un garaje subterráneo de un edificio lujoso en Brickell.

Bajaron por un ascensor privado hasta un apartamento blindado en el piso 28.

Allí la esperaba un hombre mayor: don Augusto Montenegro, patriarca de la familia.

Sentado en un sillón de cuero, con una copa de whisky en la mano.

—Así que tú eres la famosa incubadora de Alcázar —dijo con voz ronca—.

Tienes huevos, muchacha.

Eso me gusta.

Emma no se sentó.

Se quedó de pie, con la espalda recta.

—Tengo las pruebas que pedían —dijo, extendiendo el pendrive—.

Ahora cumplan su parte.

Quiero una nueva identidad, dinero y protección para mí y para mi hijo cuando nazca.

Don Augusto soltó una carcajada seca.

—Directa.

Me agrada.

Pero las cosas no son tan simples, niña.

Leonardo ya debe estar volviéndose loco.

En este momento está movilizando a todos sus perros.

Si te encuentra antes de que podamos usar esta información para destrozarlo legal y financieramente… te matará.

Y a nosotros nos declarará la guerra total.

Emma sintió un escalofrío.

—Entonces ayúdenme a desaparecer rápido.

Victoria se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Desaparecerás.

Pero primero necesitamos que hagas una cosa más.

—¿Qué cosa?

—Que llames a Leonardo desde un número seguro y le digas que estás con nosotros… y que si intenta buscarte, publicaremos todo el protocolo de sustitución en internet y en los principales medios financieros.

Emma palideció.

—Eso sería firmar mi sentencia de muerte.

—O la suya —replicó Victoria con frialdad—.

Tú eliges, querida.

¿Quieres ser libre… o quieres seguir siendo su mascota embarazada?

Emma cerró los ojos.

El labio partido le palpitaba.

Se tocó el vientre instintivamente.

Pensó en Leonardo.

En su rabia.

En su obsesión.

En la forma brutal en que la había follado la noche anterior, como si quisiera marcarla para siempre.

Abrió los ojos.

—Dame el teléfono —dijo con voz firme.

Victoria sonrió con satisfacción y le entregó un celular encriptado.

Emma marcó el número de Leonardo.

Sonó una sola vez.

—¿Emma?

—La voz de Leonardo salió como un gruñido animal—.

¿Dónde carajos estás?

Ella respiró hondo.

—Estoy con los Montenegro, Leonardo.

Tengo todas las pruebas del protocolo.

Si intentas buscarme, si envías a alguien detrás de mí… todo se publica mañana a primera hora.

Tu imperio, tu reputación, tu legado… todo se derrumbará.

Hubo un silencio mortal al otro lado de la línea.

Luego Leonardo habló con una voz tan baja y peligrosa que Emma sintió que se le helaba la sangre: —Escúchame bien, Emma.

Cuando te encuentre… y te voy a encontrar… no va a importar el contrato, ni el bebé, ni nada.

Te voy a encerrar en un lugar donde nadie te encuentre jamás.

Y vas a suplicar que te mate.

La llamada se cortó.

Emma dejó caer el teléfono al suelo, temblando.

Victoria la miró con aprobación.

—Bienvenida a la guerra de verdad, señora Alcázar.

Fuera, en la noche de Miami, las sirenas de la policía y los autos de Leonardo ya empezaban a moverse.

La caza había comenzado.

Y esta vez, nadie saldría vivo sin derramar sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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