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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 18

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18: La Caza del Lobo 18: La Caza del Lobo Leonardo Alcázar destrozó su despacho en menos de noventa segundos.

El monitor de cincuenta y cinco pulgadas voló contra la pared, astillándose en una lluvia de cristales líquidos.

La lámpara de diseño estalló en mil pedazos sobre la alfombra.

Los documentos del Proyecto Heredero —su legado, su obsesión— quedaron esparcidos por el suelo como hojas muertas tras una tormenta.

Pero no gritaba.

Su furia era silenciosa, helada y quirúrgica.

Esa era la faceta que más temían sus enemigos: el Leonardo que no hacía ruido antes de morder.

—Quiero a todos los hombres disponibles —ordenó por teléfono.

Su voz era un susurro controlado que cortaba más que cualquier alarido—.

Cierren Miami.

Bloqueen puentes, autopistas y aeropuertos privados.

Activen sus contactos en la policía y en aduanas.

Ofrezcan medio millón de dólares a quien me traiga a Emma Salazar viva.

Hizo una pausa.

Sus nudillos sangraban, manchando el borde del escritorio de caoba.

—Y que nadie toque un solo cabello de mi hijo.

Si alguien le hace un rasguño… lo mataré personalmente.

Muy lentamente.

Colgó sin esperar respuesta.

Se acercó al ventanal y apoyó la frente contra el vidrio frío.

En el reflejo vio su propio rostro, una máscara de odio puro.

—Emma… —murmuró, y el vapor de su aliento empañó el cristal—.

Corriste hacia el diablo pensando que yo era el monstruo.

Ahora vas a aprender la diferencia.

En el apartamento blindado de Brickell, Emma no se sentía a salvo.

Se sentía como un pez en un acuario rodeado de tiburones hambrientos.

Victoria Montenegro le había dado ropa limpia y un té caliente en una habitación con vistas al mar.

Pero las dos puertas tenían cerraduras electrónicas de última generación y un hombre armado custodiaba el pasillo.

La “protección” olía demasiado a cautiverio.

—Come —dijo Victoria, entrando con una bandeja—.

Necesitas fuerzas.

El niño no puede nacer débil, y tú pareces un fantasma.

Emma miró la comida con una desconfianza visceral.

—¿Qué quieren realmente de mí?

—preguntó sin tocar el plato—.

Ya tienen el pendrive.

Ya tienen las pruebas.

¿Por qué no me sacan del país como prometieron?

Victoria sonrió con esa elegancia gélida que la caracterizaba.

—Porque Leonardo tiene a medio Miami patrullando las calles.

Si te movemos ahora, nos interceptará antes de llegar al hangar.

Necesitamos que se calme… o que se vuelva lo suficientemente loco como para cometer un error fatal.

Emma sintió que el vello de sus brazos se erizaba.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, nos ayudarás a hundirlo.

Mañana filtraremos la primera parte del protocolo a tres diarios financieros.

Queremos que el mundo vea qué clase de psicópata es Leonardo Alcázar antes de que caigan sus acciones.

Emma se puso en pie bruscamente, ignorando el mareo que la golpeó.

—Ese protocolo menciona a mi hijo.

Si lo publican, lo convertirán en un objetivo para sus enemigos.

Estarían exponiendo a un bebé que ni siquiera ha nacido.

Victoria se encogió de hombros, imperturbable.

—Los daños colaterales son inevitables en una guerra de este nivel.

Te prometimos protección, Emma, no un cuento de hadas.

En ese momento, don Augusto entró en la habitación apoyándose en su bastón de plata.

Su rostro era un mapa de arrugas y cinismo.

—Tenemos un problema —soltó sin preámbulos—.

Leonardo ha puesto precio a tu cabeza: medio millón.

Tres de mis hombres ya han recibido la notificación en sus móviles.

La lealtad es un concepto volátil cuando la cifra tiene tantos ceros.

Emma sintió que el suelo se inclinaba.

—Entonces sáquenme de aquí.

¡Ahora!

—No podemos —replicó Victoria—.

Pero tenemos un plan B.

Mañana harás una videollamada en vivo.

Denunciarás a Leonardo por secuestro, tortura y coerción.

Eso lo destruirá ante la opinión pública y nos dará el tiempo que necesitamos para sacarte por la frontera.

Emma retrocedió hasta que su espalda golpeó la pared.

—¿Quieren que me exponga?

¿En directo?

Leonardo me rastreará en segundos.

Me matará en cuanto vea mi cara en una pantalla.

Don Augusto soltó una carcajada seca que sonó como huesos chocando.

—Niña, para él ya estás muerta.

La única diferencia es si el final es rápido o una agonía eterna.

Emma se llevó las manos al vientre.

Sintió un movimiento leve, una protesta silenciosa de la vida que llevaba dentro.

—No voy a hacer esa videollamada —dijo con voz temblorosa pero firme—.

No voy a usar a mi hijo como carnada para sus juegos de poder.

Victoria se acercó y le acarició el cabello con una ternura que resultaba insultante.

—Entonces tendremos que convencerte por las malas.

Hizo una seña y dos hombres corpulentos irrumpieron en la suite.

—Llévenla a la habitación de aislamiento.

Que reflexione sobre sus prioridades.

Emma forcejeó, pero el agotamiento y el embarazo la habían dejado sin fuerzas.

La arrastraron por el pasillo mientras sus gritos rebotaban en las paredes de mármol.

—¡Me prometieron libertad!

¡Son iguales que él!

La arrojaron en un cuarto sin ventanas, equipado solo con una cama atornillada al suelo y un baño básico.

La puerta de acero se cerró con un estruendo que le desgarró los nervios.

Emma se dejó caer al suelo, abrazándose las rodillas.

Había escapado de un monstruo para caer en las fauces de una jauría.

En la mansión de Key Biscayne, Leonardo recibía informes cada diez minutos.

El centro de mando improvisado en su biblioteca bullía de actividad.

—Señor, tenemos una coincidencia en Brickell —informó su jefe de seguridad—.

Un auto negro entró en un complejo de lujo a las 22:14.

El sistema de reconocimiento facial detectó a Victoria Montenegro en el asiento del copiloto.

Leonardo esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Era la sonrisa de un lobo que ha encontrado el rastro de sangre.

—Preparen el equipo de extracción.

Entrada silenciosa.

Quiero a Emma intacta.

Al resto… no quiero sobrevivientes que puedan testificar.

Colgó y fijó la vista en la fotografía de Emma que aún presidía su escritorio.

La imagen de la mujer que él mismo había moldeado a su antojo.

—Te voy a encontrar, mi amor —susurró, pasando la yema del pulgar por el cristal del marco—.

Y cuando te tenga de vuelta, vas a suplicar que te perdone por haberme hecho perder el tiempo.

Fuera, bajo el cielo nocturno de Miami, el equipo de asalto de Alcázar comenzó a desplegarse.

La caza ya no era una búsqueda; era el inicio de una masacre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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