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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 19

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  3. Capítulo 19 - 19 Fuego Cruzado
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19: Fuego Cruzado 19: Fuego Cruzado El edificio en Brickell tembló a la 1:47 a.m.

La explosión controlada en el estacionamiento subterráneo fue precisa, casi quirúrgica.

Las luces de emergencia parpadearon en un rojo violento mientras el humo negro trepaba por los conductos de ventilación.

Leonardo Alcázar irrumpió por el garaje con seis hombres.

Vestía de negro absoluto, con el chaleco antibalas ajustado a su torso tenso y una expresión que ya no guardaba rastro de humanidad.

—Piso veintiocho —ordenó con voz gélida—.

Maten a quien se interponga.

Pero a Emma la quiero viva.

Al que le toque un solo cabello… lo desollaré personalmente.

Sus hombres se movieron como sombras entrenadas, neutralizando a los guardias del ascensor privado en menos de cuatro minutos.

La masacre fue silenciosa y eficiente.

En el apartamento blindado, Emma despertó sobresaltada.

Victoria Montenegro irrumpió en su celda con el rostro descompuesto por la urgencia.

—Leonardo está aquí —soltó sin preámbulos—.

Tenemos que moverte.

¡Ahora!

Emma se levantó tambaleante.

El pánico le cerraba la garganta, impidiéndole articular palabra.

Dos hombres armados la agarraron de los brazos sin ninguna delicadeza.

Emma no opuso resistencia; sabía que, en su estado, cualquier forcejeo era una sentencia para el bebé.

Corrieron por un pasillo oculto tras un falso armario.

El eco de los disparos ya subía por el hueco del ascensor.

Gritos, ráfagas de ametralladora y más explosiones controladas.

—Está matando a todos… —susurró Emma, aterrorizada por la estela de sangre que Leonardo dejaba a su paso.

—Es lo que hace —respondió Victoria sin detenerse—.

Por eso necesitamos borrarlo del mapa.

Llegaron a una pesada puerta de acero que conectaba con el edificio contiguo.

Victoria tecleó el código con dedos frenéticos, pero la luz roja permaneció encendida.

—Mierda.

Está bloqueada desde el otro lado.

Los disparos se escucharon justo al final del corredor.

Emma sintió una contracción leve, un pinchazo agudo nacido del estrés extremo.

Se dobló, hundiéndose sobre su vientre.

—No… ahora no… Victoria la miró con una frialdad que le heló la sangre.

—Si te desmayas, te dejamos aquí.

No voy a morir por una incubadora.

En ese instante, la puerta del pasillo principal voló en pedazos.

Leonardo apareció entre la nube de polvo y yeso, con la pistola en alto y tres hombres cubriéndole la espalda.

Sus ojos encontraron los de Emma de inmediato.

Durante un segundo eterno, el universo se redujo a ellos dos.

—Emma —dijo él.

Su voz era un gruñido bajo, cargado de una posesividad dolorosa—.

Ven aquí.

Ahora.

Victoria tiró de Emma hacia atrás y le puso la boca del arma en la sien.

—Un paso más y le vuelo la cabeza, Alcázar.

Leonardo esbozó una sonrisa terrible, una mueca carente de alma.

—Inténtalo.

Pero si esa bala toca a mi mujer o a mi hijo, te juro que vas a suplicar que te mate antes de que termine contigo.

Dos de los hombres de Leonardo abrieron fuego.

El pasillo se convirtió en un infierno de plomo y gritos.

Emma aprovechó el caos, se zafó del agarre de Victoria y se lanzó tras un muro de concreto.

Una bala pasó rozándole la oreja, incrustándose en el mármol con un estruendo seco.

—¡Emma!

—rugió Leonardo por encima del estrépito—.

¡Ven conmigo!

¡Es la única forma de que sobrevivas!

Emma temblaba.

Tenía sangre en el labio y las manos protegiendo su vientre.

Estaba atrapada entre dos monstruos.

Victoria la agarró de nuevo, esta vez del cabello.

—Decídete, niña.

¿Quieres vivir como su perra o morir con nosotros?

Emma miró a Leonardo.

Vio la obsesión enfermiza en su mirada, pero también una desesperación salvaje.

Miró a Victoria y solo vio cálculo frío.

Entonces, tomó la decisión más peligrosa de su vida.

Se soltó con un tirón violento y corrió hacia Leonardo.

Victoria gritó de rabia y disparó.

El proyectil impactó en la pared a centímetros de su hombro.

Leonardo se movió con la rapidez de un rayo; abatió a uno de los guardias de los Montenegro de dos disparos precisos y cubrió a Emma con su propio cuerpo, envolviéndola en un abrazo de hierro mientras sus hombres cubrían la retirada.

—Te tengo —gruñó él contra su cabello, sujetándola con una fuerza que casi le impedía respirar—.

Te tengo, joder.

La sacó del edificio casi en vilo, bajándola hasta un SUV blindado que esperaba con el motor rugiendo.

En cuanto las puertas se cerraron, el silencio del blindaje los envolvió.

Leonardo tenía una mancha de sangre ajena en la mejilla.

—No vuelvas a huir de mí —dijo con una voz rota, oscilando entre el alivio y la amenaza—.

Nunca.

Emma sollozó violentamente.

El shock la hacía temblar de pies a cabeza.

—Ellos… iban a usarme.

Iban a publicar el protocolo… —Lo sé —respondió él, limpiándole la sangre del labio con la yema del pulgar, un gesto que pasó de la rudeza a una ternura inquietante—.

Por eso voy a destruirlos.

A cada uno de ellos.

El vehículo arrancó quemando neumáticos.

Emma se tocó el vientre y sintió al bebé moverse con fuerza, como si compartiera el trauma de la noche.

Estaba de vuelta en las manos de Leonardo.

Pero esta vez, el aire se sentía distinto.

Antes, Leonardo quería un heredero.

Ahora, quería venganza.

Y Emma se dio cuenta, con un terror renovado, que ella era el trofeo de guerra que él no pensaba compartir con el mundo nunca más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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