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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 3

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3: Condiciones 3: Condiciones Emma se sentó frente al escritorio con la carpeta gruesa entre las manos.

El papel era caro, grueso, con membrete dorado de Alcázar Group.

Cada cláusula que leía le provocaba más náuseas que la anterior.

Custodia total para Leonardo Alcázar.

Residencia obligatoria en su mansión principal de Key Biscayne.

Supervisión médica las 24 horas.

Prohibido cualquier contacto con el exterior sin aprobación previa.

Prohibido trabajar.

Prohibido salir sin escolta armada.

Confidencialidad absoluta bajo pena de demandas millonarias.

Levantó la vista, con el estómago revuelto.

—¿Esto es en serio?

—preguntó, sin poder ocultar el desprecio en su voz.

Leonardo, sentado al otro lado del escritorio, la miró con calma.

Tenía las manos cruzadas sobre la mesa y esa expresión de quien ya había ganado la partida antes de empezarla.

—Muy en serio —respondió—.

Es más generoso de lo que mereces, considerando que intentaste huir con mi hijo.

—¿Generoso?

—Emma soltó una risa amarga—.

Me estás convirtiendo en una prisionera con ropa cara.

—No —corrigió él con paciencia fría—.

Te estoy dando la oportunidad de permanecer en la vida de mi hijo.

Muchas mujeres en tu posición no tendrían ni eso.

Emma respiró hondo.

Sabía que enfurecerse no serviría de nada.

Tenía que ser inteligente.

Había estudiado Administración y había sido la mejor de su promoción por algo.

Sabía negociar cuando no tenía poder.

—Firmaré —dijo finalmente, manteniendo la voz estable—.

Pero no así.

Quiero condiciones.

Leonardo levantó una ceja, claramente sorprendido.

Era la primera vez que ella veía un leve cambio real en su expresión.

Como si no esperara que ella tuviera la fuerza para negociar después de todo lo que había pasado.

—Habla —dijo, recostándose en la silla.

—Primero: decisiones médicas compartidas.

No quiero que decidas solo sobre mi cuerpo o el bebé.

Segundo: acceso completo a toda la información del embarazo, ecografías, análisis, todo.

Y tercero: no me apartes después de que nazca.

Quiero criar a mi hijo.

No ser solo una incubadora.

Silencio.

Leonardo la observó durante un largo rato.

Sus dedos tamborileaban suavemente sobre la madera del escritorio.

Emma podía ver que estaba calculando, midiendo cuánto estaba dispuesto a ceder.

—Puedo darte las dos primeras —dijo al fin—.

Decisiones compartidas y acceso a la información.

Pero la tercera… no.

Emma negó con la cabeza.

—No es suficiente.

Si firmo esto, quiero garantías reales de que no me vas a quitar al niño en cuanto nazca.

Leonardo se inclinó hacia adelante.

Su mirada se volvió más intensa.

—Emma, entiéndelo.

Ese niño es mi legado.

Mi familia tiene enemigos poderosos.

Hace años perdí a mi hermano menor porque alguien quiso hacerme daño a través de él.

No voy a permitir que eso vuelva a pasar.

No con mi hijo.

Por primera vez, Emma vio algo distinto en sus ojos.

No solo posesión.

Había dolor real.

Un dolor viejo, enterrado, pero que todavía sangraba.

—Entonces déjame ser parte de su vida —insistió ella, más suave pero firme—.

No como tu prisionera.

Como su madre.

Soy inteligente, Leonardo.

Puedo ayudarte.

Puedo ser útil.

Pero no si me tratas como algo desechable.

Leonardo se quedó callado.

Se levantó y caminó hasta la ventana, dándole la espalda.

El silencio se extendió durante casi un minuto completo.

Emma esperó, con el corazón latiéndole fuerte.

—Si sales por esa puerta sin firmar —dijo él finalmente, sin girarse—, mañana firmarás bajo otras circunstancias.

No quiero llegar a eso.

Pero lo haré si me obligas.

Emma tragó saliva.

Sabía que no estaba bluffeando.

Había visto de lo que era capaz.

Tomó la pluma con mano temblorosa.

Antes de firmar, añadió una nota manuscrita al final del documento: “Decisiones médicas compartidas.

Acceso total a información médica.

Revisión del acuerdo de custodia después del nacimiento.” Lo firmó.

Leonardo se giró, tomó el documento y leyó la nota.

Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en sus labios.

—Eres más lista de lo que pensaba —murmuró.

Guardó el contrato en un cajón y lo cerró con llave.

—Rosa te llevará a la mansión esta misma noche.

Todo lo que necesitas ya está allí.

Ropa, artículos personales, todo de tu talla.

Emma se levantó.

Las piernas le temblaban, pero se obligó a mantenerse firme.

—No creas que esto significa que ganaste —dijo en voz baja.

Leonardo la miró directamente a los ojos.

—No.

Pero significa que empezamos a jugar en el mismo tablero.

Hizo una pausa y añadió, casi como si le costara decirlo: —Descansa esta noche, Emma.

Mañana empieza tu nueva vida.

Y… come algo.

El médico dijo que tienes que cuidar la alimentación desde ahora.

Emma salió del despacho sin decir nada más.

En el ascensor, se apoyó contra la pared y cerró los ojos.

Había firmado.

Había cedido.

Pero también había plantado las primeras semillas.

Tenía acceso a información.

Tenía decisiones compartidas.

Y, sobre todo, tenía tiempo.

Tiempo para observar.

Tiempo para entender a Leonardo.

Tiempo para encontrar las grietas en su armadura.

Cuando llegó a la planta baja, Rosa, el ama de llaves, ya la estaba esperando junto a un auto negro.

—Señorita Salazar, el señor Alcázar ha ordenado que la lleve a la mansión.

Emma subió al auto sin resistirse.

Mientras salían del centro de Miami hacia Key Biscayne, miró por la ventana las luces de la ciudad que se alejaban.

Puso una mano sobre su vientre y susurró muy bajito, para que solo ella pudiera oírlo: —Vamos a estar bien.

Vamos a encontrar la forma.

No sabía si era una promesa o solo un deseo desesperado.

Pero era lo único que tenía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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