Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 21
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21: Cenizas y Silencio 21: Cenizas y Silencio Los siguientes tres días fueron un infierno silencioso.
Emma permanecía confinada en la isla privada, esa fortaleza de hormigón, vidrio y salitre que Leonardo llamaba con orgullo “La Jaula de Hierro”.
No había embarcaciones que se movieran sin su código de autorización.
No había internet.
Ni siquiera había ventanas que se pudieran abrir al aire del océano; solo una terraza blindada que ofrecía una vista infinita al Atlántico, recordándole a cada segundo lo pequeña y aislada que estaba.
Leonardo apenas dormía.
Pasaba las noches en su despacho improvisado, ejecutando órdenes con una precisión quirúrgica, destruyendo sistemáticamente cada cimiento que los Montenegro habían construido durante décadas.
Y lo más cruel: obligaba a Emma a ser testigo de la masacre.
—Quiero que mires —le dijo la primera noche, instalándola a la fuerza frente a la inmensa pantalla del despacho—.
Quiero que veas exactamente qué sucede cuando alguien intenta arrebatarme lo que me pertenece.
En la pantalla desfilaban titulares en tiempo real que parecían lápidas financieras: “Fondo de inversión Montenegro colapsa tras acusaciones de lavado de dinero”.
“Acciones de filiales caen un 47% en menos de cuarenta y ocho horas”.
“Autoridades suizas congelan activos por valor de 380 millones de dólares”.
Leonardo no gritaba ni celebraba.
Observaba el desplome con una calma gélida, sus dedos volando sobre el teclado mientras coordinaba a sus abogados y equipos de inteligencia.
—Victoria Montenegro ya ha perdido tres de sus propiedades principales —murmuró sin apartar la vista del monitor—.
Don Augusto está al borde de un infarto financiero.
Mañana publicaremos el protocolo completo, Emma.
Con tu nombre y el mío.
Quiero que el mundo entero sepa que intentaste venderme a mis enemigos mientras llevabas a mi heredero en tu vientre.
Emma sintió una punzada aguda, otra contracción leve pero persistente.
Se llevó las manos al vientre con un gesto instintivo de protección.
El bebé llevaba dos días moviéndose con una languidez que la aterraba.
—Leonardo… por favor —su voz sonó rasposa, quebrada—.
El bebé está sufriendo.
El doctor Rivera dijo que el estrés crónico… Leonardo se giró con una lentitud que erizó el vello de Emma.
Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras violáceas por la falta de sueño, pero brillaban con una intensidad maníaca.
—¿Ahora te preocupa el bebé?
—preguntó con una sonrisa amarga y torcida—.
¿Me hablas de su bienestar cuando hace cuatro días intentaste entregárselo a las personas que querían mi cabeza en una bandeja?
Se acercó y se arrodilló frente a ella, atrapándola entre sus brazos y la silla.
Colocó ambas manos sobre su vientre con una delicadeza que resultaba más aterradora que un golpe.
—Este niño es lo único que me importa en este maldito mundo —susurró contra su piel—.
Y tú… tú casi lo destruyes por un arranque de rebeldía.
Así que ahora te quedarás aquí, callada y sumisa, mientras yo termino de incinerar el desastre que provocaste.
Emma sintió el rastro caliente de las lágrimas recorriendo sus mejillas.
—No soy tu enemiga, Leonardo… solo quería ser libre.
Él soltó una risa corta, seca y carente de humor.
—Eres mucho peor que una enemiga.
Eres la única persona que ha logrado hacerme sentir… vulnerable.
Se puso en pie y le acarició el cabello.
Sus dedos temblaban ligeramente, una señal de que el autocontrol de Leonardo estaba pendiendo de un hilo muy fino.
—Te amo, Emma.
De una forma que me asquea y me fascina a la vez.
Por eso duele tanto que hayas intentado borrarme de tu vida.
Esa tarde, el nuevo médico, el doctor Kline —un hombre de mirada clínica y voz de robot—, le realizó una nueva ecografía.
El diagnóstico fue una bofetada de realidad: —Hay signos claros de restricción de crecimiento intrauterino leve y actividad uterina irregular —sentenció el médico—.
El cortisol de la madre está asfixiando al feto.
Recomiendo reposo absoluto, monitoreo constante y sedación suave si los picos de ansiedad no bajan.
Leonardo escuchó el informe en un silencio sepulcral.
Luego, miró a Emma como si fuera una porcelana fina que él mismo hubiera agrietado.
—A partir de este instante —declaró—, solo saldrás de esa cama para lo estrictamente necesario.
Rosa se encargará de tus comidas y tu aseo.
Y tomarás cada miligramo de la medicación que el doctor indique.
Emma intentó protestar, pero Leonardo le sujetó la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada.
—No es una negociación, es una sentencia.
Si tengo que encadenarte a ese colchón para asegurar que mi hijo nazca sano, lo haré sin pestañear.
Esa noche, mientras Emma yacía conectada a sueros y monitores que registraban cada latido del bebé, Leonardo se sentó a su lado.
El monstruo parecía haber dado paso a algo casi humano, aunque más retorcido.
—Cuando todo esto termine —murmuró, su mano recorriendo la sábana—, cuando los Montenegro sean solo cenizas en el viento… tú y yo empezaremos de nuevo.
Solo nosotros tres.
En una isla más grande, en un mundo donde nadie pueda tocarnos.
Sin contratos.
Sin mentiras.
Emma lo observó.
La luz de la luna filtrándose por el cristal blindado acentuaba su mandíbula tensa.
—¿De verdad crees que después de todo esto… yo querré estar contigo de forma voluntaria?
Leonardo esbozó una sonrisa cargada de una tristeza infinita.
—No me importa si lo deseas, Emma.
Me basta con que estés.
Se inclinó y besó su vientre con una devoción casi religiosa, una imagen que habría sido hermosa si no fuera por el contexto de su cautiverio.
—Duerme —susurró—.
Mañana publicamos la primera fase del protocolo.
Quiero que veas cómo se desintegra su legado en directo.
Emma cerró los ojos, sintiendo otra contracción.
Estaba atrapada en una jaula hermosa, sofisticada y letal.
Y lo más aterrador no era el encierro, sino la comprensión de que, para Leonardo, el amor y la aniquilación eran exactamente la misma cosa.
Mientras tanto, en un piso de seguridad en Miami, Victoria Montenegro observaba las noticias con el odio hirviendo en sus venas.
Sus cuentas estaban vacías, pero su sed de sangre seguía intacta.
—Esto no ha terminado, Alcázar —siseó hacia la pantalla—.
Si no podemos usar a esa mujer para destruirte… nos aseguraremos de que no te quede nada de ella por lo que valga la pena vivir.
La guerra no había terminado.
Solo se estaba preparando para su acto final.
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