Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 22
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22: La Reina en la Jaula 22: La Reina en la Jaula Los días en la isla se fundían en un ciclo asfixiante de silencio, sábanas frías y control absoluto.
Emma ya no medía el tiempo por el reloj.
Lo medía por las contracciones leves que le apretaban el vientre cada pocas horas, como recordatorios silenciosos de que su cuerpo y su hijo estaban pagando el precio de su huida fallida.
Estaba condenada al reposo absoluto.
Leonardo había convertido la suite principal en una unidad médica de lujo: monitores fetales que pitaban constantemente, suero intravenoso, vitaminas y un médico residente que controlaba cada signo vital.
Pero lo que más la ahogaba no eran las máquinas, sino él.
Esa mañana, Leonardo entró con el desayuno en una bandeja de plata.
Ya no confiaba en Rosa ni en nadie.
Lo traía él mismo.
Se sentó al borde de la cama, camisa negra arremangada, y le acercó un vaso de jugo de naranja.
—Bebe —dijo en voz baja—.
El doctor dice que sigues deshidratada.
Emma tomó el vaso sin mirarlo.
Sus ojos estaban fijos en el ventanal blindado, donde el mar y el cielo se fundían en un azul infinito que solo servía para recordarle lo sola que estaba.
—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí?
—preguntó con voz ronca.
Leonardo la observó largo rato.
Ya no había furia explosiva en su mirada.
Había algo peor: una obsesión tranquila, profunda y aterradora.
—El tiempo que sea necesario para que entiendas que no hay un mundo para ti fuera de mí —respondió con calma—.
Los Montenegro están cayendo.
En tres días habré destruido su estructura financiera principal.
Pero eso no significa que el peligro haya terminado.
Todavía tienen gente.
Gente dispuesta a matarte solo para verme sufrir.
Emma soltó una risa amarga que le dolió en el pecho.
—Así que ahora soy tu escudo humano.
—No —dijo él, inclinándose hasta que sus rostros quedaron muy cerca—.
Eres mi mujer.
La madre de mi hijo.
Y la única persona que ha logrado romperme dos veces.
Colocó una mano sobre su vientre con una delicadeza que contrastaba brutalmente con todo lo que había hecho.
Sus dedos temblaron ligeramente.
—El bebé ha perdido peso —continuó, con la voz más baja—.
El doctor dice que si el estrés sigue así, tendremos que adelantar el parto.
No voy a perderlo, Emma.
Ni por tu culpa… ni por la mía.
Por primera vez, Emma vio una grieta real en su armadura.
No era miedo a perder el control.
Era pánico genuino a perder al niño.
—Entonces déjame ir —susurró ella—.
Si de verdad te importa tu hijo, déjame criarlo lejos de esta locura.
Lejos de ti.
Leonardo apretó la mandíbula.
Sus dedos se cerraron sobre la sábana.
—No puedo —admitió, y la confesión sonó casi dolorosa—.
No sé cómo vivir sin tenerte vigilada.
Cada vez que cierro los ojos te veo subiendo a ese auto con ellos.
Te veo eligiendo a mis enemigos antes que a mí.
Eso me está matando, Emma.
Apoyó la frente contra la de ella.
Su aliento olía a café y agotamiento.
—Te odio por lo que me obligas a sentir —confesó en un susurro—.
Y al mismo tiempo… no puedo imaginar un mundo donde no estés conmigo, aunque sea encadenada.
Emma cerró los ojos.
Sentía el calor de su piel, el peso de su obsesión y, por primera vez, una comprensión aterradora: Leonardo no era solo un monstruo.
Era un hombre destrozado que solo sabía amar a través del control absoluto.
—Necesito caminar un poco —dijo ella de repente—.
El doctor dijo que el reposo total absoluto puede ser contraproducente si es demasiado prolongado.
Leonardo la evaluó en silencio, buscando cualquier señal de engaño.
Finalmente asintió.
—Diez minutos.
En la terraza.
Conmigo.
La ayudó a levantarse.
Emma se tambaleó; sus piernas estaban débiles después de tantos días en cama.
Leonardo la sostuvo con fuerza, pegándola a su costado como si temiera que pudiera desvanecerse.
Salieron a la terraza blindada.
El viento marino, cargado de sal, les golpeó el rostro.
Emma cerró los ojos e inhaló profundamente, llenando sus pulmones con algo que no oliera a hospital.
—Quiero que entiendas algo —dijo Leonardo, mirando el horizonte—.
Si los Montenegro intentan acercarse de nuevo… si alguien intenta tocarte o tocar a nuestro hijo… voy a reducir a cenizas todo lo que les queda.
No me importará cuántos caigan en el fuego.
Emma giró la cabeza y lo miró a los ojos.
—¿Incluida yo?
Leonardo tardó en responder.
El sonido de las olas rompiendo contra las rocas llenó el silencio.
—Tú ya estás dentro del fuego, Emma —dijo finalmente, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos—.
Mi único trabajo es asegurarme de que seas la única que no se consuma.
Se quedaron allí, envueltos por el viento y el rugido del mar.
Emma sintió otra contracción leve.
El bebé se movió inquieto.
Y en ese momento, con una claridad fría y aterradora, entendió la verdad más peligrosa de todas: Aunque Leonardo la mantuviera prisionera en esta jaula de hierro… Una parte oscura y exhausta de ella ya no estaba completamente segura de querer escapar.
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