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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 4

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  3. Capítulo 4 - 4 Bienvenida a tu nueva jaula
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4: Bienvenida a tu nueva jaula 4: Bienvenida a tu nueva jaula El auto negro cruzó las altas puertas de hierro forjado poco después de las nueve de la noche.

Emma miró por la ventana mientras avanzaban por un largo camino bordeado de palmeras iluminadas.

La mansión de Leonardo Alcázar apareció al final: una estructura moderna de tres pisos, todo vidrio, mármol blanco y acero negro.

Luces sutiles resaltaban la arquitectura, dándole un aspecto imponente y frío al mismo tiempo.

Era hermosa.

Era una cárcel.

El vehículo se detuvo frente a la entrada principal.

Rosa, la mujer de unos cincuenta años que había conocido antes, la esperaba de pie con las manos cruzadas frente a ella.

Vestía uniforme negro impecable y tenía una expresión neutra, casi amable, pero sus ojos mostraban que llevaba años trabajando para Leonardo y sabía exactamente cómo funcionaban las cosas aquí.

—Bienvenida, señorita Salazar —dijo Rosa con voz suave pero firme—.

Soy Rosa, el ama de llaves.

Me encargo de que todo funcione en la mansión.

El señor Alcázar ha dado instrucciones claras sobre usted.

Emma bajó del auto sin ayuda.

El aire de Key Biscayne era más fresco que en el centro de Miami, con olor a mar y césped recién cortado.

Dos guardias armados permanecían discretamente a los lados de la entrada.

—¿Instrucciones claras?

—preguntó Emma, intentando sonar calmada.

—Residirá en la suite principal.

Sus comidas serán preparadas según las indicaciones del médico.

No puede salir de la propiedad sin escolta.

Y cualquier comunicación externa debe ser aprobada previamente.

Emma soltó una risa corta y amarga.

—Entendido.

Soy una invitada muy especial.

Rosa no sonrió.

Solo inclinó ligeramente la cabeza y la guió hacia el interior.

El vestíbulo era espectacular: pisos de mármol blanco, una enorme escalera curva y una lámpara de cristal que colgaba del techo como una cascada de luz.

Todo gritaba riqueza y control.

Emma se sintió pequeña, fuera de lugar, como siempre se había sentido en los mundos de gente como Leonardo.

Subieron al segundo piso y recorrieron un largo pasillo.

Rosa abrió una doble puerta al final.

—Esta es la suite principal.

Emma entró y se detuvo en seco.

La habitación era enorme.

Una cama king size dominaba el centro, con sábanas de seda gris oscuro.

Había un vestidor completo, un baño de mármol con jacuzzi y una terraza privada con vista al mar.

En el armario ya colgaban decenas de prendas de su talla: vestidos, ropa cómoda, lencería… Todo elegido por alguien que no era ella.

—Sus cosas personales ya están aquí —dijo Rosa—.

Si necesita algo más, solo tiene que pedírmelo.

El señor Alcázar llegará en aproximadamente una hora.

Cuando Rosa se fue y cerró la puerta, Emma se quedó sola.

Caminó lentamente por la habitación, tocando las superficies.

Abrió cajones y encontró su maleta ya deshecha.

Hasta su teléfono nuevo había desaparecido.

Se sentó en el borde de la cama y se miró las manos.

Estaba temblando.

“Esto es real”, pensó.

“Ya no hay vuelta atrás.” Se duchó con agua caliente, intentando relajarse.

El baño olía a lavanda y vainilla, productos caros que nunca había usado.

Cuando salió envuelta en una toalla suave, Leonardo ya estaba en la habitación.

Se había quitado la chaqueta del traje y se estaba aflojando la corbata frente al espejo.

Sus ojos se encontraron en el reflejo.

—Veo que ya te instalaste —dijo él sin girarse.

Emma apretó la toalla contra su cuerpo.

—No tuve mucha opción.

Leonardo se giró por fin.

Su mirada recorrió su figura envuelta en la toalla, pero no con lujuria descarada esta vez.

Había algo más calculado, casi cansado.

—Esta será tu habitación a partir de ahora —dijo—.

Nuestra habitación.

—No voy a dormir contigo como si nada hubiera pasado —respondió Emma, manteniendo la voz firme.

Leonardo soltó un suspiro y se sentó en el borde de la cama.

—Emma… ya no estamos en la etapa de “quiero o no quiero”.

Estás embarazada de mi hijo.

Tu seguridad y la de él son mi prioridad.

Dormirás aquí.

Conmigo.

Fin de la discusión.

Se quitó los zapatos y la camisa, quedándose solo con los pantalones.

Su torso era musculoso, marcado por años de gimnasio y disciplina.

Emma apartó la mirada.

Él notó su incomodidad.

—No voy a tocarte esta noche —dijo con voz más baja—.

No soy un animal.

Pero vas a dormir en esta cama.

Necesito saber que estás a salvo.

Emma dudó.

Sabía que resistirse solo empeoraría las cosas.

Se metió en la cama todavía con la toalla puesta y se acostó lo más lejos posible de él.

Leonardo apagó la luz principal, dejando solo una lámpara tenue encendida.

Se acostó a su lado y, después de unos minutos, pasó un brazo alrededor de su cintura, atrayéndola hacia él con suavidad pero firmeza.

Emma se tensó.

—Relájate —murmuró él contra su cabello—.

Solo estoy asegurándome de que no intentes nada estúpido durante la noche.

El calor de su cuerpo era abrumador.

Emma sentía su respiración contra su nuca, el latido constante de su corazón contra su espalda.

Era extraño: odiaba lo que representaba, pero en ese momento no se sentía amenazada físicamente.

—¿Por qué haces todo esto?

—preguntó en voz baja, rompiendo el silencio—.

Podrías simplemente pagarme y apartarme.

Muchos hombres en tu posición lo harían.

Leonardo tardó en responder.

—Porque ese niño es lo único real que tengo —dijo finalmente—.

Mi padre construyó un imperio, pero destruyó a su familia en el proceso.

Mi hermano menor murió por culpa de gente que quería hacerme daño a mí.

No voy a repetir esa historia.

Este hijo va a tener todo.

Y tú… tú eres parte de eso ahora, quieras o no.

Emma se quedó callada.

Por primera vez escuchaba algo parecido a vulnerabilidad en su voz.

No era mucho, pero era algo.

—No soy tu propiedad —susurró.

—Lo sé —respondió él—.

Pero por ahora… sí lo eres.

Y mientras lo seas, estarás protegida.

Aunque me odies por ello.

Emma cerró los ojos.

Sintió la mano de Leonardo descansar suavemente sobre su vientre, casi protector.

No era posesión brutal esta vez.

Era algo más profundo.

Pasaron varios minutos en silencio.

Emma pensó en sus opciones.

Tenía que ser paciente.

Observar.

Aprender sus rutinas, sus debilidades, sus miedos.

Tenía que convertirse en alguien indispensable, no solo como madre, sino como persona.

Porque solo así podría ganar.

—Duerme —murmuró Leonardo, como si pudiera leer sus pensamientos—.

Mañana será un día largo.

El médico vendrá a primera hora.

Emma no respondió.

Se quedó quieta, sintiendo el peso del brazo de él sobre ella y el calor de su cuerpo.

Mientras la respiración de Leonardo se volvía más profunda y regular, Emma se permitió una pequeña sonrisa en la oscuridad.

“Te estoy estudiando, Leonardo Alcázar.

Y algún día… usaré todo lo que aprenda en tu contra.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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