Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 36
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Capítulo 36: Sangre en el Acantilado
La sangre en el acantilado fue el primer precio real que pagó la isla por la guerra que Emma había iniciado.
Era el atardecer del quinto día en la Jaula de Hierro. Emma caminaba por la playa bajo la estricta vigilancia de Leonardo y dos guardias. El brazalete de oro blanco brillaba en su muñeca izquierda, recordándole que cada paso estaba controlado. El vestido blanco de lino ondeaba alrededor de sus piernas, marcando la curva de su vientre de nueve semanas. El bebé se movía poco, como si también estuviera cansado de la tensión constante.
Leonardo caminaba a su lado en silencio. Su mano nunca se alejaba mucho de su cintura. El viento del mar le revolvió el cabello oscuro mientras observaba el horizonte con ojos atentos, como un lobo que nunca baja la guardia.
De repente, uno de los guardias recibió una llamada por radio. Su expresión cambió al instante.
—Señor, hay movimiento en el perímetro sur —informó—. Un bote pequeño se acerca al acantilado. Tres hombres armados.
Leonardo se tensó como un resorte. En menos de un segundo, su teléfono estaba en la mano y estaba dando órdenes con voz fría y letal.
—Intercepten. No dejen que se acerque. Si son de los Montenegro, eliminen a todos menos a uno. Quiero interrogatorio.
Emma sintió una contracción fuerte. Se llevó la mano al vientre y respiró con dificultad.
—Leonardo… duele.
Él la miró. Por un instante, la preocupación cruzó su rostro, pero la rabia fue más fuerte.
—Llévenla de vuelta a la mansión —ordenó a los guardias—. Ahora.
Pero antes de que pudieran moverse, se escuchó un disparo lejano.
Luego otro.
Y otro.
El guardia que estaba más cerca de ellos cayó al suelo con un agujero en el pecho. Sangre salpicó la arena negra.
Leonardo reaccionó al instante. Empujó a Emma al suelo y la cubrió con su cuerpo, sacando su arma con la otra mano.
—Quédate abajo —gruñó contra su oído—. No te muevas.
Los disparos se intensificaron. Dos hombres vestidos de negro bajaron por el acantilado con rifles. Eran de los Montenegro. Emma reconoció el emblema en uno de sus chalecos.
Leonardo disparó dos veces. Uno de los atacantes cayó. El otro se escondió detrás de una roca.
—Victoria envió un equipo suicida —dijo Leonardo con voz mortalmente calmada—. Quieren matarte antes de que yo termine de destruirlos.
Emma temblaba bajo su cuerpo. Otra contracción fuerte la hizo gemir de dolor.
—Leonardo… el bebé…
Él maldijo en voz baja. Disparó de nuevo, acertando al segundo atacante en la cabeza. El cuerpo cayó sobre las rocas.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Leonardo se levantó con cuidado, manteniendo a Emma protegida. Miró el cuerpo del guardia caído y luego a los dos atacantes muertos.
—Rosa los ayudó —dijo con voz gélida—. Ella les dio la ubicación exacta del acantilado.
Emma sintió que el mundo se tambaleaba.
—No… Rosa no haría eso.
—Rosa ya lo hizo —respondió Leonardo, ayudándola a levantarse—. Y ahora pagará el precio.
La llevó de vuelta a la mansión en brazos. Emma sentía las contracciones cada vez más fuertes. El doctor Kline los esperaba en la habitación con el equipo preparado.
Después de una revisión urgente, el diagnóstico fue claro y preocupante:
—Las contracciones son regulares y fuertes. El bebé está en distress. Si no se detienen en las próximas horas, tendremos que inducir el parto prematuro.
Leonardo se quedó de pie junto a la cama, con la mandíbula tensa y los puños cerrados.
—Haz lo que sea necesario —ordenó al doctor—. Pero salva a mi hijo.
Cuando el médico salió para preparar la medicación, Leonardo se sentó a su lado y tomó su mano.
—Rosa será ejecutada al amanecer —dijo con voz fría—. No puedo permitir traidores cerca de ti ni de mi hijo.
Emma sintió lágrimas calientes bajando por sus mejillas.
—Ella solo quería salvar a su hija —susurró—. Igual que yo quiero salvar al mío.
Leonardo la miró. Por un momento, su expresión se suavizó.
—Esa es la diferencia entre tú y yo, Emma. Tú ves el motivo. Yo solo veo el resultado. El resultado de su “amor” habría sido mi ruina y, por extensión, la tuya. Si la fundación cae, tú no eres libre. Eres un cadáver en manos de los Montenegro.
Él le acarició el brazalete de oro blanco, pero esta vez el gesto no tenía nada de la ternura fingida de la biblioteca. Era una advertencia.
—Rosa vivirá —concedió él—. Pero pagará el precio. He traído a su hija aquí, a la propiedad. Estará bajo mi custodia, en el ala de servicio, bien alimentada y educada. Pero Rosa nunca volverá a verla si no es a través de una pantalla. Trabajará en las cocinas, bajo vigilancia de veinticuatro horas, sabiendo que la vida de su hija depende de su absoluta obediencia.
Emma sintió náuseas. Era un tipo de crueldad diferente. No era la muerte rápida de Kline, sino una sentencia de servidumbre eterna impulsada por el chantaje más bajo.
—Eres un monstruo —susurró ella, con lágrimas de rabia quemándole los ojos.
—Soy el monstruo que te mantiene con vida —corrigió él, inclinándose para besarle la frente—. Descansa. La doctora Varga te dará algo para dormir. Mañana empezamos el nuevo régimen de seguridad.
Cuando Leonardo salió, Emma se dejó caer sobre las almohadas. El monitor fetal emitía un latido constante: bum-bum, bum-bum. Su hijo estaba vivo, creciendo en medio de un campo de batalla de egos y sangre.
Esa noche, Emma no pudo dormir. El silencio de la mansión se sentía diferente. Sabía que Rosa estaba en algún lugar bajo sus pies, prisionera de su propia maternidad. Sabía que Kline estaba bajo tierra. Y sabía que el brazalete en su muñeca ya no era solo un símbolo de propiedad, sino una marca de guerra.
Se levantó con cuidado, evitando que los cables se enredaran. Caminó hacia el pequeño escritorio de la suite y abrió el cajón secreto que había descubierto días atrás. Allí, escondido tras el fondo falso, había un pequeño trozo de papel que Kline le había entregado antes de morir. No era un informe médico. Eran unas coordenadas y un nombre: Castillo.
Emma comprendió entonces que Kline, a pesar de su traición, le había dejado una última llave. ¿Era una trampa de los Montenegro? ¿O era la salida que tanto había buscado?
Miró hacia la cámara de seguridad en la esquina del techo. Sabía que Leonardo la estaba observando desde su despacho, bebiendo su whisky, analizando cada uno de sus movimientos. Emma se llevó la mano al vientre y, por primera vez en semanas, sintió una patada clara y fuerte.
—No te preocupes —susurró para el aire—. El muro está manchado de sangre, pero tiene grietas. Y yo voy a encontrar la forma de romperlo sin que nos aplaste.
La manipulación mutua había escalado a un nivel donde ya no había vuelta atrás. Emma se metió el papel en la boca, lo masticó y lo tragó, sintiendo el sabor amargo de la celulosa. La información era su única arma, y ahora la llevaba dentro de ella, junto con su hijo.
Al amanecer, cuando la doctora Varga entró para el primer análisis de sangre, Emma le dedicó una sonrisa perfecta y vacía.
—Estoy lista para el nuevo régimen, doctora —dijo con voz firme—. Quiero que este bebé sea fuerte. Como su padre.
A kilómetros de distancia, en su oficina, Leonardo observaba la pantalla. Una parte de él quería creer en esa sonrisa. La otra, la parte que Diego había destruido años atrás, sabía que Emma acababa de convertirse en su enemiga más peligrosa. Porque ahora ella no solo quería escapar. Ahora, ella quería ganar.
Y en el juego del poder, cuando dos personas que se desean y se odian compiten, el único final posible es la destrucción total de uno de ellos. O de ambos.
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