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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 La primera noche
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5: La primera noche 5: La primera noche Emma no pudo dormir más de dos horas seguidas.

Cada vez que intentaba moverse, el brazo de Leonardo se tensaba alrededor de su cintura, atrayéndola más contra su pecho.

El calor de su cuerpo era constante, casi sofocante.

Sentía su respiración lenta y profunda contra su nuca, el latido firme de su corazón contra su espalda.

Era extraño estar así con él: tan cerca físicamente, pero tan lejos emocionalmente.

A las seis y diez de la mañana, Leonardo se despertó.

Emma fingió seguir dormida, pero él lo notó enseguida.

—Sé que estás despierta —dijo con voz ronca por el sueño, mientras se incorporaba en la cama—.

No eres tan buena actriz.

Se levantó y caminó hacia el baño sin prisa.

Emma abrió los ojos y lo observó.

Solo llevaba pantalones de pijama bajos en las caderas.

Su espalda ancha y marcada mostraba años de disciplina.

Era imposible negar que era atractivo, pero esa atracción solo le generaba más conflicto interno.

Cuando Leonardo salió del baño ya duchado y con una toalla alrededor de la cintura, la miró.

—El médico llegará a las ocho y media.

Desayuna algo sustancioso.

Rosa te traerá el menú aprobado.

Emma se sentó en la cama, sujetando la sábana contra su pecho.

—¿Menú aprobado?

¿También decides qué como ahora?

Leonardo la miró con una ceja levantada.

—Estás embarazada de seis semanas.

El médico dejó instrucciones claras.

No es un capricho mío, es por el bebé.

Se acercó al vestidor y empezó a vestirse.

Emma aprovechó para observarlo con detenimiento.

Cada movimiento era calculado, preciso.

No había improvisación en él.

—¿Puedo tener al menos mi teléfono?

—preguntó ella—.

Necesito hablar con Laura.

Está preocupada.

Leonardo se abotonó la camisa sin mirarla.

—Tu teléfono nuevo está confiscado.

Cualquier llamada que quieras hacer, la harás desde un teléfono supervisado.

Y sí, Laura recibirá un mensaje tuyo diciendo que estás bien y que te tomaste unos días libres.

Nada más.

Emma apretó la mandíbula.

Quería discutir, pero sabía que no era el momento.

Tenía que elegir sus batallas.

—Entendido —dijo simplemente.

Leonardo terminó de vestirse con un traje gris oscuro que le quedaba perfecto.

Antes de salir, se detuvo junto a la cama y la miró.

—Come.

Descansa.

No intentes nada.

Hay cámaras en los pasillos y guardias en toda la propiedad.

No me obligues a ponerte vigilancia dentro de la habitación también.

Se inclinó ligeramente y, para sorpresa de Emma, le rozó la frente con los labios en un beso breve y casi impersonal.

—Nos vemos esta noche.

Y se fue.

Emma se quedó sentada en la cama durante varios minutos, procesando lo que acababa de pasar.

Ese beso no había sido posesivo.

Había sido… extraño.

Casi humano.

Rosa llegó poco después con el desayuno: avena con frutas, jugo de naranja natural, tostadas integrales y un batido de proteínas.

Todo perfectamente calculado.

—El señor Alcázar insistió en que coma todo —dijo Rosa con amabilidad profesional.

Emma comió en silencio, mirando por la ventana hacia el mar.

Su mente no paraba de trabajar.

Tenía que mapear la mansión, entender las rutinas de seguridad, encontrar puntos débiles.

No podía escapar ahora, pero sí podía prepararse para cuando llegara el momento.

A las ocho y media llegó el médico.

Un hombre de unos sesenta años, serio y eficiente.

Le hizo una ecografía temprana y varios análisis de sangre.

—¿Todo está bien?

—preguntó Emma mientras se limpiaba el gel del vientre.

—El embrión está correctamente implantado.

Latido cardíaco detectable.

Todo dentro de parámetros normales —respondió el médico—.

Pero debe reducir el estrés.

Es fundamental en esta etapa.

Emma miró hacia la cámara del techo antes de hablar.

—¿Puedo recibir los resultados directamente?

No quiero depender solo de lo que Leonardo decida contarme.

El médico dudó.

Miró también hacia la cámara.

—Las órdenes del señor Alcázar son que todo pase primero por él.

Pero… anotaré su solicitud.

Esa pequeña duda del médico fue suficiente para Emma.

Había grietas.

Pequeñas, pero reales.

Durante el resto del día exploró la mansión con cuidado.

Rosa la acompañaba discretamente.

La casa era enorme: gimnasio privado, piscina infinita con vista al mar, biblioteca, oficina secundaria de Leonardo y una sala de cine.

Pero en cada pasillo había cámaras.

En cada salida, guardias discretos pero alerta.

Por la tarde, Leonardo envió un mensaje a través de Rosa: “Cena conmigo a las ocho en el comedor principal.” Cuando Emma bajó a las ocho, Leonardo ya estaba allí, revisando su teléfono.

Se había cambiado a una camisa negra más informal.

Al verla, guardó el aparato y se levantó.

—Te ves mejor —dijo, observándola—.

El descanso te sienta bien.

Emma se sentó frente a él.

La mesa estaba perfectamente puesta: velas, vino sin alcohol para ella, y platos que olían delicioso.

La cena empezó en silencio.

Emma comió poco, pero lo suficiente para no generar conflicto.

—Necesito hacer algo productivo —dijo de repente—.

No puedo pasar nueve meses encerrada sin usar la cabeza.

Fui la mejor de mi promoción.

Puedo ayudar con la fundación familiar o con proyectos administrativos supervisados.

Leonardo cortó su filete con calma.

—Ya hablaremos de eso.

Primero quiero ver que te adaptes sin dramas.

—¿Adaptarme?

—Emma soltó una risa baja—.

Me secuestraste, me obligaste a firmar un contrato y ahora vivo en tu habitación.

¿Qué más adaptación quieres?

Leonardo la miró fijamente.

—Quiero que dejes de verme solo como el enemigo.

Ese niño merece algo mejor que una madre resentida.

Emma sintió que el comentario le dolía más de lo esperado.

—No soy resentida.

Soy realista.

La cena terminó en tensión.

Cuando subieron a la habitación, Emma se duchó primero.

Al salir, Leonardo ya estaba en la cama, revisando documentos con gafas.

Era una imagen extraña: el poderoso magnate con gafas de lectura.

—Ven —dijo él, dejando los papeles a un lado.

Emma se acostó, manteniendo distancia.

Pero Leonardo apagó la luz y la atrajo hacia él de todas formas.

Esta vez no fue tan brusco.

Su mano se posó sobre su vientre con cuidado.

—No voy a hacerte nada —murmuró contra su cabello—.

Pero necesito sentir que estás aquí.

Que el bebé está aquí.

Emma se quedó rígida unos segundos, pero poco a poco su cuerpo se relajó.

El agotamiento del día pudo más que su orgullo.

Mientras sentía la respiración de Leonardo volverse profunda, pensó con claridad fría: “Te estoy observando, Leonardo.

Cada palabra, cada gesto, cada debilidad.

Voy a aprenderte.

Y cuando llegue el momento, usaré todo lo que sé para recuperar mi libertad… y a mi hijo.” Cerró los ojos, con la mano de él todavía sobre su vientre.

Por primera vez en todo el día, no se sintió solo miedo.

Sintió también estrategia.

Y eso cambiaba todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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