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Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 6

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  3. Capítulo 6 - 6 La primera grieta
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6: La primera grieta 6: La primera grieta Emma despertó con la boca seca y un nudo en el estómago.

La cama estaba vacía.

El lado de Leonardo seguía tibio, pero él ya no estaba.

Miró el reloj: 7:38 a.m.

Había dormido más de lo que esperaba, aunque su cuerpo se sentía pesado, como si la mansión misma le estuviera robando energía.

Se puso una bata de seda gris y bajó al comedor.

Rosa la esperaba con el desayuno perfectamente dispuesto: avena con frutas frescas, jugo de naranja, tostadas integrales y un batido proteico.

—El señor Alcázar dejó instrucciones —dijo Rosa—.

Debe comer todo.

También dejó esto.

Le entregó un sobre negro.

La nota era corta, escrita con esa letra angular y agresiva que Emma ya reconocía: “Come.

El médico viene a las diez.

No me hagas perder el tiempo con dramas.

— L.” Emma guardó la nota sin sonreír.

“Siempre dando órdenes”, pensó.

Pero esta vez no se enfadó.

Empezó a comer mientras su mente trabajaba.

Leonardo controlaba todo, pero nadie es infalible.

Tenía que encontrar las fisuras.

El médico llegó puntual.

Le hizo una ecografía y extrajo sangre.

Emma aprovechó cada segundo.

—Doctor, ¿puedo recibir los resultados completos directamente?

—preguntó con voz tranquila.

El hombre miró de reojo la cámara del techo.

—Las órdenes del señor Alcázar son claras… pero anotaré su petición.

Esa mirada incómoda fue suficiente.

El médico no estaba del todo cómodo con tanto control.

Emma archivó esa información.

Después de la revisión, Rosa la llevó al despacho privado de Leonardo dentro de la mansión.

Él estaba de pie frente a la ventana, con las manos en los bolsillos, mirando el mar.

Llevaba camisa negra arremangada y parecía cansado.

—Los análisis están bien —dijo sin girarse—.

Latido fuerte.

Todo normal.

Emma se acercó al escritorio.

—Quiero trabajar —dijo sin preámbulos.

Leonardo se giró lentamente.

Arqueó una ceja.

—¿Trabajar?

—No como tu secretaria personal.

Tengo formación.

Fui la mejor de mi promoción.

Puedo revisar reportes de la Fundación Alcázar, analizar riesgos, lo que sea.

Todo supervisado.

No puedo quedarme nueve meses aquí sin hacer nada.

Me volveré loca.

Leonardo la observó en silencio.

No respondió de inmediato.

Caminó hasta su silla y se sentó, tamborileando los dedos sobre la madera.

—Interesante —murmuró—.

Creí que seguirías resistiéndote como una fiera.

—Resistir sin información es perder —respondió Emma—.

Prefiero usar mi cerebro.

Él se quedó callado casi treinta segundos.

Luego sonrió de lado, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Bien.

Te daré acceso limitado a algunos archivos de la fundación.

Nada confidencial.

Todo se revisará antes y después.

Si demuestras que puedes comportarte, hablaremos de más.

Emma ocultó su sorpresa.

No esperaba que cediera tan rápido.

—Gracias.

Leonardo se levantó y se acercó.

Esta vez no la acorraló.

Se detuvo a medio metro y la miró fijamente.

—No confundas esto con debilidad —dijo en voz baja—.

Sigues aquí porque yo lo decido.

Pero… me gusta que uses la cabeza.

Las mujeres que solo lloran o gritan me aburren.

Rápido.

Emma sostuvo su mirada.

—Y a mí me aburren los hombres que usan el miedo como única herramienta.

El aire se tensó.

No era solo odio.

Había algo más.

Un respeto reticente.

En ese preciso momento, el teléfono de Leonardo vibró.

Respondió con voz cortante.

—¿Qué pasó?

… ¿Cuántos?

… ¿Heridos graves?

… Entendido.

Cierra el perímetro.

Duplica la seguridad en la mansión.

Nadie entra ni sale.

Quiero un informe completo en cuarenta minutos.

Colgó.

Su expresión había cambiado por completo.

La mandíbula tensa, los ojos más oscuros.

—¿Problemas?

—preguntó Emma.

Leonardo dudó.

Por primera vez parecía estar decidiendo cuánto revelar.

—Competidores —dijo al fin—.

Gente que no respeta reglas.

Hace ocho años mataron a mi hermano menor, Diego.

Lo hicieron parecer un accidente de auto.

Yo estaba en una reunión en Nueva York.

Llegué tarde al hospital.

Solo alcancé a verlo morir.

Hizo una pausa.

Su voz bajó.

—Desde entonces tengo una regla: nunca dejo nada al azar.

Nunca confío del todo.

Ni siquiera en las personas que… —miró a Emma— llevan algo mío.

Emma sintió un leve cambio dentro de ella.

No era solo un CEO oscuro.

Era un hombre roto que usaba el control como escudo.

—Entonces déjame ayudarte —dijo ella con voz más suave—.

No como prisionera.

Como alguien que entiende lo que es perderlo todo.

Puedo analizar reportes, encontrar patrones.

No soy inútil.

Leonardo la miró largo rato.

Había conflicto en sus ojos: quería rechazarla, pero también quería creer que podía ser útil.

—Veremos —dijo finalmente—.

Pero si intentas usar esto para traicionarme, Emma… no habrá segunda oportunidad.

No lo dijo con rabia.

Lo dijo con cansancio.

Como si estuviera exhausto de desconfiar de todo el mundo.

Esa noche, cuando Leonardo entró a la habitación, no dio órdenes.

Se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata y se sentó en el borde de la cama con un suspiro pesado.

—Ven —dijo.

Emma se acercó.

Él la atrajo suavemente y apoyó la frente contra su vientre.

Su mano tembló ligeramente al tocarla.

—Este niño es lo único que no pueden arrebatarme tan fácilmente —murmuró—.

Por eso tengo tanto miedo.

Emma no respondió.

Pero por primera vez no sintió solo miedo.

Sintió una oportunidad.

Mientras Leonardo cerraba los ojos contra su abdomen, Emma pensó con frialdad estratégica: “Ahora te entiendo mejor.

Tienes miedo.

Y el miedo… es algo que puedo usar.” Fuera, en la oscuridad de Key Biscayne, las luces de los guardias se movían más activas que nunca.

El peligro externo ya no era solo una amenaza lejana.

Estaba cerca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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