Contrato de Sangre: Embarazada del Magnate - Capítulo 7
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7: La primera sangre 7: La primera sangre La primera sangre Emma pasó la mañana en la oficina secundaria de la mansión.
Leonardo le había dado acceso limitado a la Fundación Alcázar: reportes financieros, donaciones, proyectos sociales.
Nada demasiado sensible, pero suficiente para que su mente dejara de pudrirse.
Mientras revisaba archivos en la computadora supervisada, encontró algo extraño.
Una transferencia de ocho millones de dólares a una cuenta en las Islas Caimán, etiquetada solo como “Proyecto Heredero”.
La fecha era de hace cuatro meses, justo antes de que ella quedara embarazada.
Frunció el ceño.
Abrió otro archivo.
Había más.
Transferencias similares cada tres meses durante los últimos dos años.
Todas con la misma etiqueta: “Heredero”.
Su pulso se aceleró.
Esto no era una fundación normal.
Era algo mucho más grande.
La puerta se abrió de golpe.
Leonardo entró con paso rápido, todavía con el traje de la mañana.
Su expresión era tensa.
—Gabriel me dijo que estabas revisando los movimientos financieros —dijo sin saludar—.
¿Qué encontraste?
Emma levantó la vista con calma, aunque su corazón latía fuerte.
—Transferencias grandes a cuentas offshore.
Todas etiquetadas “Proyecto Heredero”.
¿Quieres explicarme qué significa eso?
Leonardo se quedó quieto un segundo.
Luego cerró la puerta tras él y se acercó al escritorio.
—Es mi seguro —respondió con voz baja—.
Hace años, mi abuelo dejó una cláusula en el testamento familiar.
El control total del imperio Alcázar solo se activa cuando nazca un heredero legítimo de sangre directa.
Sin hijo… todo pasa a un fideicomiso administrado por mis primos.
Y mis primos… quieren que yo desaparezca.
Emma sintió un escalofrío.
—Entonces el bebé no es solo tu “legado emocional” —dijo lentamente—.
Es la llave para que no te quiten todo.
Leonardo la miró con dureza, pero también con algo parecido a cansancio.
—Exacto.
Por eso no voy a dejar que nada ni nadie lo ponga en riesgo.
Ni siquiera tú.
El silencio que siguió fue pesado.
Emma entendió por fin la verdadera magnitud.
No era solo posesión.
Era supervivencia.
De repente, el teléfono de Leonardo vibró.
Respondió y su rostro cambió por completo.
—¿Cuándo?
… ¿En la puerta sur?
… Manténganlo vivo.
Quiero interrogarlo personalmente.
Colgó y miró a Emma.
—Quédate aquí.
No salgas de esta habitación.
—¿Qué está pasando?
—Alguien intentó entrar.
No es la primera vez.
Leonardo salió.
Emma se quedó sola, con el corazón en la garganta.
Caminó hasta la ventana y vio movimiento afuera: guardias corriendo, perros, luces.
Diez minutos después, Rosa entró pálida.
—El señor Alcázar ordenó que no salga bajo ninguna circunstancia.
Pero Emma ya había tomado una decisión.
Abrió la puerta y caminó hacia el pasillo trasero.
Quería ver.
Necesitaba información.
Llegó hasta una ventana lateral justo a tiempo para ver cómo sacaban a un hombre ensangrentado.
Leonardo estaba frente a él, con la camisa arremangada y los nudillos rojos.
—Dile a tu jefe que si vuelve a acercarse a mi familia, quemaré todo lo que tiene —dijo Leonardo con voz mortalmente calmada.
El hombre escupió sangre y sonrió.
—Tu familia ya está maldita, Alcázar.
El bebé no llegará a nacer.
Eso te lo prometo.
Leonardo le dio un puñetazo tan fuerte que el hombre cayó inconsciente.
Emma retrocedió, chocando contra la pared.
Su mano fue instintivamente a su vientre.
Cuando Leonardo regresó a la casa, la encontró en el pasillo.
Su mirada se oscureció al verla allí.
—Te dije que te quedaras en la oficina.
—Necesitaba ver la verdad —respondió ella, sin retroceder—.
Ese hombre dijo que el bebé no va a nacer.
¿Qué está pasando realmente, Leonardo?
Él se pasó una mano por la cara, dejando una mancha de sangre ajena en su mejilla.
Por primera vez parecía… humano.
Cansado.
Furioso.
Y asustado.
—Hay una familia rival, los Montenegro.
Llevan años queriendo destruirnos.
Cuando se enteren del embarazo, vendrán con todo.
Por eso te traje aquí.
Por eso te tengo bajo llave.
Se acercó y, contra todas las reglas que él mismo había impuesto, la abrazó con fuerza.
No fue un abrazo posesivo.
Fue desesperado.
—No voy a dejar que te pase nada —murmuró contra su cabello—.
Ni a ti ni al bebé.
Pero necesito que obedezcas, Emma.
Por una vez en tu vida.
Emma se quedó rígida entre sus brazos.
Sentía el latido acelerado de su corazón.
Olía a sangre y colonia.
Por primera vez, no lo empujó.
Pero tampoco se ablandó.
—Entonces deja de tratarme como una prisionera —susurró—.
Trátame como una aliada.
Porque si ese bebé es tan importante… vas a necesitarme despierta, no encerrada.
Leonardo se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.
Había conflicto en su mirada: quería controlarla, pero también sabía que la necesitaba.
—Veremos —dijo al fin.
Esa noche, cuando se acostaron, Leonardo no la atrajo inmediatamente.
Se quedó mirando el techo durante mucho rato.
—Nunca dejo que nadie duerma en mi cama más de tres noches seguidas —murmuró de repente—.
Es mi regla desde hace años.
Contigo ya van seis.
Emma giró la cabeza hacia él.
—¿Y por qué la rompiste?
Leonardo tardó en responder.
—Porque contigo no puedo seguir mis propias reglas.
Se giró y la abrazó, esta vez con más suavidad.
Su mano descansó sobre el vientre de ella.
Emma cerró los ojos, sintiendo el peso de todo lo que acababa de descubrir.
El bebé no era solo un hijo.
Era una sentencia de vida o muerte para el imperio Alcázar.
Y ella, quisiera o no, estaba en el centro de la tormenta.
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