Creando Juegos en el Futuro - Capítulo 19
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19: Capitulo 19 19: Capitulo 19 Pov.
Albert Lenkov …
Qué pena, de verdad.
Pensé que por fin tendría un momento de paz para disfrutar de la compañía de mi querida Marie, pero está claro que estos muchachos la tienen encandilada.
He visto a Marie lidiar con músicos mediocres y críticos feroces durante décadas, pero nunca la había visto mirar a nadie con esa mezcla de expectación y orgullo.
Suspiro.
Está bien.
Jugaré a este “jueguito” un par de minutos, pondré mi mejor cara de “interesante” y luego declinaré educadamente alegando que mi agenda está saturada.
Al fin y al cabo, soy Albert Lenkov; mi música suena en los auditorios de la capital, no en un casco de realidad virtual para adolescentes.
—Por fin voy a ver este misterioso juego —dije, tratando de que mi voz no sonara demasiado condescendiente.
—Más vale que se prepare, señor Lenkov —respondió el chico, Alex, con una calma que me resultó casi irritante—.
Este juego es…
bastante único.
Vaya, cuánta seguridad.
Espero que al menos Marie se divierta con el espectáculo.
Marie cerró la tienda con ese clic familiar de la cerradura antigua y todos nos acomodamos en el sofá.
Me ajusté las gafas, sintiendo el peso del equipo, y esperé lo de siempre: explosiones, naves espaciales ruidosas o algún guerrero gritando frases épicas sin sentido.
Mi visión se fundió a negro.
El silencio era absoluto hasta que una frase elegante flotó en el vacío: DreamHeart Productions presenta.
De pronto, la oscuridad fue barrida por una luz cálida.
No había naves.
No había metralletas.
Solo un desierto vasto, infinito, cuyas dunas parecían olas de oro líquido.
La cámara se deslizó entre pilares de piedra que susurraban historias de una civilización olvidada, acelerando el paso hasta detenerse frente a una figura.
Era una criatura esbelta, casi etérea.
Vestía una túnica roja profunda con intrincados bordados dorados que brillaban bajo un sol implacable.
En cuanto se puso en pie, sentí un leve tirón en mi conciencia: yo tenía el control.
Me encontré solo en la inmensidad.
Ante mí, una duna se alzaba como un desafío silencioso.
Empecé a caminar, sintiendo cómo mis pies se hundían pesadamente en la arena virtual.
Al coronar la cima, el juego me arrebató el control de la cámara para obligarme a mirar.
Se me detuvo el corazón.
—Tan hermosa…
—susurré, olvidando por completo que estaba en un sofá de una tienda de discos.
El sol estaba en su cenit, convirtiendo cada grano de arena en un diamante minúsculo.
El cielo era de un azul tan puro que dolía, y entonces, una sola palabra se materializó en el aire, vibrando con la luz: JOURNEY Y entonces…
la música.
Un instrumento de cuerda empezó a llorar de fondo.
No era un sintetizador barato; era algo orgánico, profundo, con una melancolía que me atravesó el pecho.
No lograba identificar si era un cello o algún instrumento antiguo que Alex había rescatado del olvido, pero la melodía captaba perfectamente la sensación de ser una mota de polvo frente a la eternidad.
Recuperé el movimiento.
Empecé a descender por la ladera y, para mi sorpresa, el personaje comenzó a deslizarse.
La física del movimiento era perfecta; sentía el viento virtual en la cara.
—Jajaja, ¡esto es divertido!
—exclamé, soltando una carcajada involuntaria.
Me puse a explorar, fascinado por la arquitectura en ruinas.
Al llegar a una estructura derruida, vi unos jirones de tela roja flotando erráticamente.
—¿Pero qué…?
—fruncí el ceño—.
¿Es algún tipo de error?
Parece que el chico no pulió los fallos de colisión.
Bueno, mejor para mí; ya tengo la excusa para rechazarlo.
“Vuelve cuando arregles los glitches, muchacho”, le diré.
Me disponía a ignorar las telas, convencido de que eran un fallo de programación, cuando de repente cobraron vida.
Emitieron un brillo blanco cegador, como si estuvieran hechas de luz pura, y volaron hacia mí, adhiriéndose a mi cuello para formar una bufanda que palpitaba con energía.
El viento sopló con una suavidad poética, levantando una cortina de arena fina frente a mis ojos.
Los granos se arremolinaron formando una instrucción simple pero electrizante: SALTA.
—¡¿Así que no era un bicho?!
—exclamé, sintiendo un vuelco en el estómago que no era digital, sino de pura sorpresa profesional.
Sin pensarlo dos veces, me lancé por el borde de la estructura.
Esperaba una caída brusca, el típico error de cálculo de un novato, pero en su lugar…
floté.
El tejido de mi bufanda se iluminó, desafiando la gravedad con una elegancia que me sacó una carcajada.
—¿Qué?
¡Puedo planear!
Jaja, esto es fascinante.
Pero este desierto…
es demasiado hermoso.
Me dan ganas de perderme en él.
Seguí avanzando, hipnotizado por la forma en que la arena se desplazaba bajo mis pies.
Encontré otra estructura derruida y, al entrar, sentí una vibración en la túnica del personaje.
Al acercarme a un muro milenario, los granos de polvo volvieron a danzar en el aire, dictando una orden simple: INTERACTÚA.
Presioné el comando y el pequeño ser soltó un grito melódico, una nota pura que expandió una onda de energía a su alrededor.
De repente, un mural cobró vida en la pared de piedra.
Mi mente de historiador y músico empezó a hilar los cables: esos pilares que vi al principio no eran simples rocas.
Eran lápidas.
—¿Es este el Mundo de los Héroes?
¿El Planeta Tumba?
—fruncí el ceño bajo las gafas—.
Pero no recuerdo desiertos así en los registros galácticos, y estas criaturas…
definitivamente no son humanas.
Tienen algo…
ancestral.
Algo sagrado.
La curiosidad me arrastró más profundo.
Encontré más jirones de esa tela mágica que me permitían volar más alto, más lejos.
Me perdí por un momento entre las dunas, pero la propia arquitectura parecía guiarme con una sutileza magistral.
Me descubrí a mí mismo sonriendo como un niño, deslizándome por las laderas con una fluidez que nunca había sentido en ninguna simulación militar.
Entonces, llegué al precipicio.
Un descenso vertical que intimidaría a cualquiera.
Di el paso.
—¡Jajaja!
¡Esto es increíble!
—grité, olvidando por completo que Mari y los chicos estaban a pocos metros de mí en el mundo real.
El viento virtual golpeaba mi cara con una fuerza asombrosa.
Saltaba, esquivaba obstáculos y sentía cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas.
Al entrar en una zona semicubierta, fui testigo de una escena que me perseguirá en mis sueños: el sol de la tarde descendía en el horizonte, bañando el mundo de un ocre profundo.
La arena ya no era arena; era un río de oro líquido sobre el que yo surfeaba con una libertad absoluta.
—Jajaja, qué sensación tan maravillosa…
—susurré con un nudo en la garganta—.
Si Mari estuviera aquí, si pudiera ver esto conmigo, sería perfecto.
Estaba en la cima del éxtasis sensorial, disfrutando cada milímetro de ese descenso dorado, cuando de pronto sentí que el personaje dejaba de responder.
—¿Qué?
¡No!
¡Espera!
—supliqué, tratando de recuperar el movimiento.
Pero ya no era el dueño de mis pasos.
Solo pude observar con impotencia poética cómo la pequeña figura roja seguía deslizándose hacia el sol poniente, alejándose hasta que la imagen se fundió a negro y apareció el mensaje final: GRACIAS POR JUGAR LA DEMO.
—¡¿Demo?!
¡¿Qué clase de tortura es esta?!
Me arranqué las gafas con una indignación que no sentía desde que un director de orquesta se saltó un crescendo en mi tercera sinfonía.
Estaba listo para soltarle un discurso al muchacho sobre el respeto al flujo artístico, pero la escena que encontré al volver a la realidad me dejó mudo.
Mari estaba de pie, con los brazos cruzados y una mirada que prometía tormenta.
Pero lo peor era Jade.
La “dulce y elegante” jovencita había abandonado toda pretensión de etiqueta y tenía a Alex atrapado en una llave de cabeza digna de un manual de combate.
—¡¿Demo?!
¡¿”Demo” es todo lo que tienes que decir, pedazo de idiota?!
—rugía Jade, apretando el brazo alrededor del cuello del chico—.
¡Dame el juego completo ahora mismo!
—¡Ya te lo he dicho!
—alcanzó a jadear Alex, tratando de zafarse—.
¡Solo he traído la demo para la prueba!
—Alex, querido…
—intervino Marie, y su voz, aunque suave, cortaba como el cristal—.
Al ver ese paisaje increíble, me vinieron a la mente una docena de melodías.
Hacía años que no sentía estas ganas de cantar, de volver a ser Amethyst Moon por un momento.
Pero justo cuando la luz tocaba la arena de esa forma tan…
divina…
me cortas la inspiración.
Hubo un silencio sepulcral en la tienda.
Tres pares de ojos —los de una leyenda, una promesa y un veterano— se clavaron en el chico.
—…
Está bien.
Os enviaré la versión completa más tarde —cedió Alex con un suspiro de derrota.
—Este juego tiene una vena artística demasiado marcada —pensé, tratando de recuperar mi objetividad profesional—.
Difícilmente atraerá la atención del público general, saturado de explosiones y naves espaciales…
pero para una competición que busca innovación, quizá, solo quizá, tenga una oportunidad de oro.
—Alex —dije finalmente, soltando un suspiro que llevaba años contenido—, esta no es mi especialidad.
Mi mundo son los escenarios y los grandes intérpretes.
Pero tengo que admitir que caminar por ese desierto…
ha llenado mi mente de melodías que no sabía que tenía guardadas.
Hice una pausa dramática, mirando a Marie de reojo.
Ella sonreía, sabiendo que yo ya estaba perdido.
—Está bien, te ayudaré.
Pero bajo una condición: quiero ver el resto de esos juegos.
Si Journey es solo el principio, no quiero perderme lo que sigue.
—¡GENIAL!
—Alex soltó una risa auténtica, la primera que le veía en toda la tarde—.
Jeje, no se arrepentirá, señor Albert.
Le aseguro que los otros proyectos le van a fascinar.
—Y ahí se van mis vacaciones…
—mascullé con una sonrisa resignada, extendiendo mi mano.
Ambos nos dimos la mano con firmeza.
En ese momento, en ese rincón olvidado de la ciudad, ninguno de nosotros sospechaba que ese gesto sería recordado como un hito.
No sabíamos que estábamos abriendo una nueva era en el mercado musical; que nacerían legiones de artistas dedicados exclusivamente a la música para videojuegos.
El nombre de Albert Lenkov no solo sería recordado por sus sinfonías, sino que quedaría marcado para la posteridad como el Padre de las Épicas.
Pero eso es algo que la historia contaría muchos años después.
…
Pov.
Alexandre Lockhart …
Los últimos tres años han sido un torbellino de código, polígonos y discusiones musicales con Albert.
Tenerlo a él y a Jade encargándose del alma sonora de Journey me quitó un peso de encima inmenso.
Aunque mi conocimiento del violín era apenas funcional para la intro, Albert elevó la dirección musical a un nivel que yo solo podía soñar.
Con ese frente cubierto, me encerré en mi “taller” digital para perfeccionar el titán: God of War.
Decidí ser pragmático.
Mi plan original de lanzar la trilogía completa era un suicidio técnico, así que me centré en que el primer juego fuera perfecto.
Expandí la exploración para que no se sintiera como un pasillo, pero mi verdadera obsesión fue la bestiario.
Siempre me molestó la repetición de enemigos en los juegos originales; ver al mismo trol con diferente color de piel le quita peso a la aventura.
Usando la filosofía de Dark Souls, diseñé ecosistemas únicos.
Si Kratos está en las alcantarillas de Atenas, los monstruos que encuentre allí no aparecerán en las llanuras.
Mi memoria es una enciclopedia de pesadillas de mil mundos distintos, así que crear diseños originales fue la parte más divertida, aunque agotadora.
Eso sí, el costo social fue alto: Melissa y Jade me miran como si fuera un fantasma.
Casi no he subido contenido nuevo a Vortex y las quejas por la falta de anime ya escalaron a amenazas de huelga en casa.
(Prometo que después del concurso les terminaré lo que dejé a medias…
tal vez).
…
El tiempo no vuela, se desploma como un meteorito.
Hoy cumplo 18 años.
He dejado de ser el niño prodigio para convertirme legalmente en un adulto en este sistema.
Los juegos están listos: God of War (El espectáculo técnico y visceral).
Detroit: Become Human (La tesis sobre la conciencia).
Journey (La epifanía artística).
Faltan solo dos meses para el gran concurso de Eternal Dream.
He pulido cada textura, cada línea de diálogo y cada transición musical de Albert.
Pero esta noche, la tensión en mi pecho no es por el código.
Es por el Karma.
Después de la fiesta familiar —donde fingí estar presente mientras mi mente repasaba los frames de la batalla contra la Hidra—, me senté en la cama, en el silencio de mi habitación.
Esta es la última recompensa.
El ciclo se cierra hoy.
Cerré los ojos, contuve el aliento y esperé.
Entonces, el sonido que cambió mi vida hace años volvió a resonar en mi mente, nítido y frío.
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