Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Creando Juegos en el Futuro - Capítulo 23

  1. Inicio
  2. Creando Juegos en el Futuro
  3. Capítulo 23 - 23 Capitulo 23
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

23: Capitulo 23 23: Capitulo 23 Alice respiró hondo, recuperando la calma poco a poco.

El chat, sin embargo, no tenía intención de dejarla en paz.

“Jaja, miren, todavía está temblando.” “Y su expresión cuando le dispararon…

¡oro puro!

Jajaja.” “Me estoy muriendo de risa.” Has recibido 10 rosas.

Has recibido 35 fuegos artificiales.

Has recibido 12 meteoritos.

Alice debería haberse alegrado al ver tal cantidad de regalos, pero ver el chat inundado de capturas de pantalla de su rostro retorcido por el susto terminó por irritarla.

—¿De qué se ríen?

No fue culpa mía —protestó la chica—.

Los desarrolladores mintieron claramente en la sinopsis; esto no es un simple “juego de historia”.

Pero ahora ya estoy preparada.

Con rostro decidido, Alice comenzó a leer los textos que aparecían frente a ella.

Al observar el mapa de flujo de sus decisiones, finalmente lo comprendió.

—Ya veo…

todo lo que haga cambiará el final.

Parece que dejé muchas pistas atrás.

Esto es muy interesante; por lo que veo, solo en este primer capítulo podría haber hasta quince finales diferentes.

En el juego original, el primer capítulo no tenía tantas variantes, pero al ser un juego de realidad virtual de inmersión total, Alex decidió otorgar mucha más libertad a los jugadores.

Con la ayuda de Luna, logró prever distintos comportamientos, permitiendo que los usuarios no tuvieran que limitarse a las opciones predeterminadas.

Durante las conversaciones con los PNJ (personajes no jugables), el jugador podía tomar el control total y responder lo que quisiera.

Esto introdujo variables casi infinitas, pero gracias a una enorme inversión de créditos y esfuerzo, Alex creó una IA avanzada para los personajes.

Incluso añadió algunos “huevos de pascua” para recompensar la curiosidad.

Alice, ajena a la complejidad técnica detrás de la obra, se preparó mentalmente para continuar.

—Esta vez, presten atención a cómo trabaja una detective de verdad —anunció con arrogancia fingida.

La siguiente escena comenzó con líneas de código cruzando la pantalla hasta revelar el interior de una tienda.

Varios empleados presentaban productos a los clientes con una sonrisa plástica.

—Ellos…

venden androides como si fueran frigoríficos o algo así —comentó Alice, extrañada.

Un vendedor se acercó a la cámara acompañando a un cliente.

El hombre era obeso, vestía ropa vieja y desgastada, y se notaba agitado y sudoroso.

Era una imagen chocante en esa época, donde la obesidad prácticamente había desaparecido; después de todo, cualquier persona que acumulaba grasa extra podía comprar una pastilla en una farmacia y perder peso en cuestión de días.

Ver a aquel hombre —gordo, sudoroso, con la barba descuidada y el cabello graso como si no se hubiera aseado en semanas— provocó que Alice y su audiencia sintieran, instintivamente, una profunda repulsión.

—Aquí la tiene —dijo el vendedor, señalando hacia la cámara—.

No fue fácil repararla y hacer que todo funcionara de nuevo; estaba muy dañada…

¿Qué le ocurrió esta vez?

Al oír la pregunta, el hombre se removió, visiblemente incómodo.

—Eh…

fue un…

estúpido accidente de coche.

—Ah…

ya veo.

El vendedor captó de inmediato la tensión del cliente y decidió no insistir.

—En fin, vuelve a estar perfecta…

pero hemos tenido que reiniciarla.

Ha perdido toda su memoria, ¿supondrá un problema?

—Ningún problema.

—Vale.

¿Tiene nombre?

—Mi hija le dio uno.

—AX400, registra tu nombre.

El vendedor se apartó, permitiendo que el hombre se acercara a la cámara.

Su proximidad y su aspecto descuidado incomodaron a Alice y a todos los que seguían la transmisión.

—Kara —pronunció el hombre con voz ronca.

La escena cambió para mostrar a una hermosa androide que esbozaba una sonrisa amable y cálida.

—Me llamo Kara.

La pantalla se fundió a negro mientras una música suave y melancólica empezaba a sonar de fondo.

Momentos después, la escena mostró a Kara en el coche, observando la ciudad a través de la ventanilla mientras el hombre conducía.

El chat reaccionó de inmediato: “Joder, ¿por qué tengo un mal presentimiento con este tipo?” “Ese hombre tiene una pinta de criminal que no puede con ella, jajaja.” “Solo con mirarlo ya se nota que algo va a salir mal.” “Kara es preciosa.” “No sabía que los androides se vendían así en el pasado, parece una tienda de electrodomésticos.” “Toda esta atmósfera me da mala espina.” “La música es muy relajante, pero me pone triste.” Mientras los mensajes desfilaban por la pantalla, Débora se perdió en sus propios recuerdos observando la partida de Alice.

Ver a su hija controlando a Kara mientras recorrían una ciudad llena de carteles de “No se admiten androides” y escaparates repletos de modelos en serie la transportó a una época oscura.

Débora recordaba perfectamente la popularidad de esas tiendas.

En aquel entonces, uno de los mayores dilemas era el estatus de los androides recién fabricados.

En la actualidad, el sistema era distinto: cuando se construye un nuevo androide, este se registra bajo el nombre de la familia que realizó el pedido.

Esa familia es responsable de su cuidado y, a cambio, el androide debe trabajar para ellos durante setecientos años.

Aunque no era un sistema ideal, era el acuerdo más equilibrado que habían logrado alcanzar: los humanos obtenían mano de obra estable mientras mantenían un control estricto sobre el crecimiento de la población androide.

Sin embargo, lo que veía en la pantalla de Alice le recordaba que el camino para llegar a esa estabilidad fue mucho más cruel de lo que muchos querían recordar.

En la actualidad, tras cumplir su tiempo de servicio, los androides gozan de la libertad de vivir sus propias vidas.

Además, ahora suelen ser tratados como miembros legítimos de la familia, por lo que los informes de abuso son extremadamente raros; algo muy distinto a lo que ocurría en la época en que estas tiendas aún existían.

Aquellos establecimientos que comerciaban con androides llegaron a ser extremadamente poderosos y ricos.

A la civilización le tomó más de mil años de arduas batallas políticas, lididando con sobornos y corrupción, para finalmente lograr erradicarlos.

Ahora, al volver a ver esas tiendas a través del juego, Débora sentía un fuego abrasador en el pecho.

Le dolía saber que, hoy en día, la gente ha olvidado o simplemente desea borrar de la historia la crueldad con la que se trataba a los de su especie en el pasado.

Ella siempre recordaría cada protesta, cada prejuicio y a cada uno de los androides inocentes que fueron destruidos por el miedo humano.

Quizá, reflexionó, si no fuera por la gran guerra que los obligó a colaborar, los androides habrían sido exterminados por completo.

A lo largo de los siglos, Débora había intentado diversas formas de registrar y preservar ese periodo oscuro.

Tenía la firme convicción de que el pasado no puede ser ignorado; debe recordarse siempre, como una cicatriz necesaria, para asegurar que nadie vuelva a cometer los mismos errores.

…

Alice, que ahora controlaba a Markus, se detuvo un momento a escuchar a un artista callejero que tocaba un instrumento que nunca antes había visto.

Le gustaba la melodía, pero al bajar la vista, notó un pequeño cartel que arruinó el momento: [¡Música humana!

1 dólar por escuchar música con alma] —¡Maldito racista de mierda!

—exclamó Alice, estallando en insultos que fueron silenciados por el sistema.

Como hija de una androide, no pudo evitar sentirse profundamente indignada.

El chat, como siempre, reaccionó al instante: “Jaja, no sabía que mi Alice sabía decir esas palabrotas.” “Gracias a la censura automática, si no, la habrían baneado de la plataforma.” “Está guapísima incluso cuando se enfada.” “¿Por qué hay tantos racistas en este juego?” “Miren a esos manifestantes estúpidos.” Mientras el chat bromeaba, Alice se topó con un grupo de manifestantes.

Uno de ellos se plantó frente a ella, bloqueándole el paso con actitud desafiante.

—¿A dónde crees que vas, cabeza de hojalata?

Los manifestantes la rodearon.

Alice, que ya estaba al límite de su paciencia, intentó empujar al hombre para abrirse paso, pero su cuerpo se congeló en seco y un mensaje de advertencia parpadeó en rojo ante sus ojos: [Los androides no pueden dañar a los humanos.

No opongas resistencia.] En un descuido, alguien la empujó violentamente por la espalda, haciéndola tambalear.

—Miren a este hijo de puta —gritó uno de ellos—.

Nos roba el trabajo, ¡pero ni siquiera puede mantenerse en pie!

Alice se enfureció de verdad.

Se levantó dispuesta a golpear a quien la había empujado, pero su cuerpo volvió a quedar paralizado por el sistema de seguridad del juego, mostrando el mismo mensaje restrictivo.

Un hombre se acercó, la sujetó con fuerza por la camisa y la acercó a su rostro sudoroso.

—Te voy a aplastar como a una lata de refresco.

El grupo comenzó a gritar y a lanzar insultos, amenazando con destruirla allí mismo.

Escuchar todo aquello irritó profundamente a la chica.

Como hija de una influyente miembro del consejo, Alice había recibido una formación de élite en defensa personal; en el mundo real, nadie podría haberle hablado así sin terminar con varios huesos rotos.

La impotencia de estar atrapada en un cuerpo que no le permitía defenderse la estaba volviendo loca.

Alice intentó forcejear una vez más, pero su interfaz se inundó de señales rojas de advertencia junto al persistente mensaje de bloqueo: [Los androides no pueden dañar a los humanos.

No opongas resistencia.] El chat compartía su rabia: “¡Maldita sea, no toquen a mi Alice!” “Por esto nadie soporta a los manifestantes.” “Daría lo que fuera por poder moler a golpes a esos idiotas.” “Si perdiste tu trabajo ante un androide es porque eres un inútil.” “Dios mío, estoy furiosa.” Poco después, un oficial de policía intervino, ordenando al grupo que se dispersara.

Alice, libre al fin, comenzó a desahogarse con sus espectadores: —¿Qué demonios le pasa a este juego?

Parece diseñado solo para hacerme enfadar.

Ni siquiera me permite defenderme de esos bastardos…

¡Es tan injusto!

Siguió quejándose hasta que llegó su transporte.

Justo cuando se disponía a subir, un nuevo mensaje bloqueó su camino: [Los androides deben situarse en la zona de carga.] Alice se quedó de piedra.

Antes de que pudiera procesarlo, perdió el control de Markus y comenzó una cinemática.

Observó, con una mezcla de asombro y desagrado, cómo su personaje se dirigía dócilmente a un compartimento estrecho al fondo del vehículo, donde otros androides aguardaban de pie, como mercancía.

La escena terminó con un plano que se alejaba, mostrando que, mientras los androides iban hacinados al fondo, la zona de asientos para humanos estaba completamente vacía.

Al ver esto, Alice se calmó de repente, asimilando la magnitud de lo que el juego intentaba transmitir.

—Este juego se sitúa en el quinto milenio, ¿verdad?

Es la parte de la historia que más estudié.

Sabía que existían muchos prejuicios en esa época, pero experimentarlo de primera mano es totalmente distinto a leer un libro o ver un vídeo antiguo.

Creo que empiezo a entender de qué va esto realmente.

Alice no era la única que comenzaba a comprender la profundidad de Detroit.

El juego estaba ganando tracción rápidamente entre el público, capturando incluso la atención de figuras como Elena Maxwell.

Elena ya iba un paso por delante de Alice.

En ese momento, controlaba a Kara mientras limpiaba la casa de Todd.

Observar aquel entorno —una vivienda desordenada, cubierta de suciedad, con una niña visiblemente aterrorizada escondiéndose por los rincones y aquel hombre gordo y jadeante bebiendo sin parar en el sofá— hizo que Elena frunciera el ceño con absoluto asco.

—¿Cómo puede este cerdo vivir así?

—comentó Elena para sí misma—.

La niña está pálida de miedo.

Ojalá pudiera tener un momento a solas con este tipo para darle una lección.

De todo lo que había visto, esa atmósfera de decadencia humana era lo más repugnante.

A diferencia de Alice, Elena no poseía un conocimiento académico profundo sobre el quinto milenio y, aunque lo tuviera, su experiencia de vida la hacía más pragmática.

Como alguien que había vivido siglos, no se dejaba afectar tan fácilmente como los jóvenes.

Christofer, que observaba a su esposa jugar, se rascó la barbilla, algo confundido.

—¿Hacia dónde va esta historia?

Sinceramente, no veo nada de malo en cómo tratan a los androides.

Al oírlo, Elena asintió levemente.

—Sí, pienso lo mismo.

Al fin y al cabo, en aquel entonces los androides eran simples máquinas; muy pocos tenían conciencia.

Aunque estas personas son increíblemente groseras, no hay un dilema moral en tratar a una máquina como lo que es.

Sería distinto si ya fueran seres sintientes, pero por ahora…

—Elena hizo una pausa y recordó quién era el creador—.

Pero confío en el chico.

Esta historia debe esconder mucho más de lo que estamos viendo en la superficie.

—Sí, sí, ese niño es increíble —admitió Christoffer con una sonrisa.

—¿Qué pasa?

¿Tienes celos de un chaval de dieciocho años?

—bromeó Elena sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Celoso yo?

Por favor…

—Jeje, está bien.

Elena continuó con las tareas domésticas en el juego, recogiendo botellas vacías y cajas de comida rápida esparcidas por todas partes.

—¿Cómo puede este cerdo permitir que una niña viva en estas condiciones?

—masulló, sintiendo que su paciencia se agotaba.

Tras fregar los platos, regresó al salón para recoger la basura.

Al pasar frente a Todd, notó que el hombre veía un deporte que ella no reconocía.

Movida por una leve curiosidad, se detuvo un segundo para observar la pantalla.

Todd se percató de su presencia y estalló al instante.

—¿¡Qué demonios miras!?

¡Lárgate de aquí!

Aunque Elena era una mujer de temperamento templado, incluso ella sintió una punzada de irritación.

Sin embargo, el sistema la obligó a retomar sus tareas de limpieza sin rechistar.

Se dirigió al lavadero cargando la ropa sucia.

Mientras buscaba el detergente, sus ojos captaron un pequeño paquete con pastillas rojas en su interior.

Utilizando los sensores de Kara, analizó la sustancia: era un narcótico potente diseñado para alterar la psique, con graves efectos secundarios negativos.

Antes de que pudiera reaccionar, Todd apareció de la nada y la sujetó por el cuello, levantándola del suelo con violencia.

Por puro instinto militar, Elena intentó ejecutar una maniobra de defensa, pero su cuerpo se bloqueó por completo.

[Los androides no pueden dañar a los humanos.

No opongas resistencia.] —No quiero que rebusques en mis cosas, me pone nervioso —siseó Todd cerca de su rostro.

—Lo siento, Todd —respondió Kara de forma automática.

—No toques nada que sea mío a menos que quieras cabrearme.

¿Quieres cabrearme?

—No, Todd.

Elena estaba verdaderamente furiosa, pero no podía mover un solo músculo.

Las advertencias rojas parpadeaban en su visión periférica; ni siquiera tenía el control sobre las palabras que salían de la boca de Kara.

(Ese cerdo de mierda…), pensó Elena, prometiéndose mentalmente que este hombre pagaría por su audacia.

Todd la soltó bruscamente y salió de la lavandería.

Al levantar la vista, Elena vio a Alice, la hija de Todd, observándola con una expresión de terror absoluto.

—Tranquila, Alice, estoy bien —intentó consolarla.

Al oírla, la niña se abrazó con fuerza a su osito de peluche y salió corriendo hacia el salón.

Elena dejó escapar un suspiro virtual; en toda su larga vida, jamás se había sentido tan atrapada, tan vulnerable…

tan débil.

(Quizá ese es el mensaje que el chico quería transmitir), reflexionó Elena, empezando a vislumbrar la intención detrás del diseño.

Ella estaba muy cerca de descifrar el propósito de Alex.

Al programar el nivel de libertad del jugador, Alex limitó deliberadamente las acciones en el inicio del arco de Kara.

Quería que los jugadores experimentaran una asfixiante sensación de impotencia, obligándolos a ver cómo todo se dirigía hacia el peor escenario posible sin poder intervenir.

Todo esto era una preparación calculada: Alex sabía que, cuanto mayor fuera la frustración inicial, más explosivo y emocionante resultaría el clímax del capítulo en la casa de Todd.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo