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Creando Juegos en el Futuro - Capítulo 26

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Capítulo 26: Capitulo 26

POV. Catharina Lockhart

—Alex, ¿esto va a tardar mucho? —pregunté, tratando de ocultar la impaciencia en mi voz.

—No, mamá, te prometo que será rápido —respondió él con esa seguridad que a veces me desarmaba—. Solo ponte las gafas y empezamos.

Solté un suspiro largo, resignada. Me ajusté el dispositivo de realidad virtual, deseando terminar con esto cuanto antes. El estrés se me estaba acumulando en la base del cráneo como una marea pesada, y la idea de ir al club de duelo a descargar mis frustraciones sobre Mónica seguía pareciéndome el mejor plan del día.

En cuanto el sistema se inició, me encontré de pie frente al abismo de un acantilado digital. Antes de que pudiera procesar el vértigo, una interfaz semi-transparente flotó ante mis ojos.

[Elige tu dificultad de desafío]

Humano: Como mortal débil, solo buscas caminar pacíficamente por el mundo y conocer sus historias sin enfrentar dificultades.

Héroe: Como alguien que inspira a nuevas generaciones, no rehúyes los retos. Enfrentas cada prueba creada por los dioses.

Semidiós: Un desafío forjado para los guerreros más fuertes. Solo quienes poseen conocimiento y fortaleza podrán superarlo.

Dios de la Guerra: El verdadero juicio de los Dioses. Solo el dolor, el miedo y la desesperación aguardan a quienes se atrevan a aceptarlo.

Arrugué el entrecejo. ¿Un selector de dificultad? Mis expectativas, que ya eran bajas, cayeron al suelo. Parecía otro juego de guerra genérico, de esos que intentan compensar la falta de pulido con estadísticas infladas.

—¿Un juego normal, Alex? —pregunté en voz alta, aunque sabía que él me escuchaba—. Me decepcionas un poco.

—¿Normal? Te aseguro que no lo es —su voz sonó divertida en mis auriculares—. Solo elige una y lo entenderás.

—Bien. Me quedo con “Dios de la Guerra”… ¿Por qué está bloqueado?

—Primero tienes que demostrar que puedes con “Semidiós”.

—¿En serio? —Suspiré de nuevo, molesta—. Bien, acepto el reto.

—¿Segura que no quieres empezar en una dificultad más baja? El nivel Semidiós no perdona errores.

—No —respondí tajante.

Alex guardó silencio un momento. —Vale, elige lo que quieras.

Por un segundo, me preocupé por él. Quizá la presión de la competición estaba agotando su creatividad; ese selector de dificultad me parecía un recurso muy perezoso. Decidí que hablaría con él sobre el descanso en cuanto terminara la prueba.

Pero entonces, la cinemática comenzó y mis pensamientos se detuvieron en seco.

En el borde de un acantilado que parecía rozar el cielo, un hombre permanecía inmóvil. Solo vestía unas sandalias y un paño atado a la cintura, pero lo que me atrapó fue su rostro. Tenía una expresión de cansancio infinito y una tristeza tan profunda que me resultó familiar. He visto esa mirada demasiadas veces en el frente; es la mirada de alguien que ya no tiene nada que perder.

—Los dioses del Olimpo me han abandonado —sentenció el hombre. Su voz era como el crujir de piedras antiguas.

Dio un paso hacia el vacío mientras la música estallaba. Era un coro de voces potentes, una orquesta que gritaba tragedia y épica a partes iguales.

—Ahora, no hay esperanza —añadió él.

Con los ojos rebosantes de una desesperación absoluta, se lanzó al vacío. En ese momento, una voz narrativa, profunda y ancestral, comenzó a relatar su caída.

—Y Kratos se lanzó desde la montaña más alta de toda Grecia.

Observé su cuerpo caer, ganando una velocidad aterradora mientras la voz continuaba, desgranando una historia que se sentía pesada como el plomo.

—Después de diez años de sufrimiento, diez años de pesadillas interminables… finalmente llegaría a su fin. La muerte sería su escape de la locura.

Justo cuando su cuerpo estaba a milímetros de destrozarse contra las rocas afiladas del pie del monte, la pantalla se fundió a negro, dejando paso a una única frase que brillaba en la oscuridad.

[Tres semanas antes — El Mar Egeo]

—Pero no siempre fue así —retumbó la voz del narrador—. Kratos fue, una vez, el campeón de los Dioses.

La oscuridad se disipó lentamente, revelando la cubierta de una embarcación sacudida por la tempestad. El hombre, Kratos, estaba allí de pie. Tenía una postura ligeramente encorvada, tensa como un resorte a punto de estallar. Sostenía dos hojas gemelas, armas brutales encadenadas que se enroscaban en sus antebrazos como serpientes de metal.

A pesar de la atmósfera, no pude evitar un pensamiento trivial: ¿Por qué está calvo? Primero un protagonista obeso como Todd, ahora un guerrero calvo. ¿Los gustos de Alex se estaban volviendo extraños? Tendría que pedirle a Mark que hablara con él; quizá fuera alguna fase extraña de la adolescencia.

Sin embargo, mi distracción duró poco. De repente, una descarga de información fluyó directamente a mi mente. Solo tomó un par de segundos, pero cuando el proceso terminó, una sonrisa depredadora se dibujó en mi rostro. Ahora sabía exactamente cómo usar las cuchillas del calvo.

Al tomar el control del personaje, el entorno cobró vida con una violencia ensordecedora. Criaturas de piel grisácea, rostros retorcidos y hileras de dientes afilados surgieron de las sombras del barco, rugiendo con una furia inhumana. La nave se balanceaba violentamente bajo una tormenta eléctrica, y desde la lejanía, los gritos de agonía de los marineros se mezclaban con un coro de voces épicas que hacían vibrar el aire.

No soy una experta en arte, pero en ese momento, la combinación de la música y el caos hizo que mi sangre hirviera. Sentí un deseo eléctrico de masacrar todo lo que tuviera delante.

—Jajaja, genial… —susurré, sintiendo la adrenalina—. Veamos si son capaces de entretenerme.

Lancé la primera hoja hacia adelante. El arma describió un arco horizontal perfecto, trazando una estela de fuego en el aire antes de cercenar la cabeza de la primera criatura. Con un movimiento seco de la muñeca, la cadena se tensó y la hoja regresó a mi mano con un chasquido metálico.

No les di tregua. Me lancé hacia el siguiente grupo girando ambas cuchillas en un torbellino de acero incandescente. Sorprendentemente, uno de los monstruos logró bloquear el impacto, pero no le permití recuperarse. Disparé la segunda hoja directo a su pata y tiré de la cadena, arrastrándolo hacia mí.

En cuanto lo tuve cerca, ejecuté un tajo ascendente con una fuerza devastadora. El impacto fue tal que la criatura fue catapultada hacia el cielo. Con la cadena aún anclada en su carne, tiré de nuevo, pero esta vez no para traerlo a él, sino para impulsarme yo. Me elevé en el aire, desafiando la gravedad del juego.

Casi como si el conocimiento implantado guiara mis músculos, sujeté las cadenas con firmeza y las hice girar a una velocidad vertiginosa. Corté a la criatura en pedazos en pleno vuelo; la sangre comenzó a caer sobre la cubierta como una lluvia cálida y espesa.

Aún suspendida en el aire, localicé al último monstruo que esperaba mi caída para emboscarme. Lancé la hoja derecha con precisión quirúrgica. La criatura, paralizada por la sorpresa, no pudo reaccionar. El acero se hundió en su pecho y, con un giro violento de mi torso, la elevé por los aires para que compartiera el destino de sus compañeros.

Fragmentos de carne y vísceras salpicaron la madera del barco. En cuanto mis pies tocaron el suelo, rodé instintivamente hacia atrás para cubrir mis flancos y me puse en guardia, escaneando el área.

Pero ya no quedaba nada. Solo el sonido de la lluvia y el crujir de la madera.

Me quedé allí, apretando las empuñaduras de las espadas con fuerza. Mi respiración era errática, así que apliqué mis técnicas de espionaje para regularla de inmediato. Mis ojos saltaron de un lado a otro, analizando cada rincón de la cubierta, buscando una vía de escape o la siguiente amenaza…

(¿Pero qué estoy haciendo?), me recriminé internamente. (Ni siquiera me di cuenta del momento en que mi cerebro activó el modo de supervivencia).

—Eso fue… increíble, Alex —dije, tratando de que mi voz no delatara la emoción que recorría mi columna—. ¿Qué demonios pasa con esas cosas? Sus reflejos no son normales.

—¿Te refieres a su adaptabilidad? —la voz de Alex sonó a través del comunicador, con un matiz de advertencia—. Te lo advertí, mamá. A partir de la dificultad “Semidiós”, los enemigos no siguen patrones fijos. Tienen una IA diseñada para aprender de ti durante la pelea; analizan tu estilo, detectan tus debilidades y crean estrategias para anularte. Por eso te dije que no era buena idea empezar por ahí.

Me quedé en silencio un segundo, procesando sus palabras, y luego una carcajada involuntaria escapó de mis labios. —Jajaja… Alex, esto es perfecto. Estaba tan aburrida que ya no sabía qué hacer con mi vida, pero esto… esto promete demasiado. ¿Cuánto tiempo tengo para jugar?

Por dentro, sentía que la sangre me hervía. Antes de casarme, el combate lo era todo para mí. Al principio, el retiro fue un sueño: comer, dormir, disfrutar de la intimidad con Mark… mi imaginación era el único límite. Pero tras más de treinta años de paz absoluta, empecé a sentir que me ahogaba en un océano de monotonía. Necesitaba esto. Necesitaba el riesgo.

—Puedes jugar hasta el final —respondió Alex—. Pero ten en cuenta que a partir de la mitad del juego aún faltan algunos objetos, pistas de música y pulido visual. Eso sí, no debería haber errores técnicos que bloqueen tu progreso.

—Excelente. Entonces, hazme un favor: sube la tasa de sincronización al 90%.

Hubo un silencio sepulcral en la línea antes de que Alex gritara: —¡¿QUÉ?! Mamá, te vas a volver loca. Eso es una sobrecarga sensorial masiva.

—¿Estás llamando loca a tu propia madre, jovencito? —pregunté con un tono peligrosamente calmado.

—… Dios mío, ¿qué ha pasado? —Alex fingió una voz estática—. Creo que tengo interferencias en la señal, jajaja… ¿Me oyes? ¿Hola?

—Corta el drama, Alex. Haz lo que te pedí. Ahora.

Entendía perfectamente su preocupación. Con un 90% de sincronía, el dolor que recibiría en el juego se sentiría casi real. El sistema enviaría pulsos eléctricos a mis nervios para simular el daño. Pero eso era exactamente lo que buscaba.

Cuando era espía, un solo error significaba la muerte. Esa tensión absoluta, esa claridad mental que solo te da el peligro real, es algo que no se puede emular con películas o series mediocres. No es que quiera sufrir; Solo quiero la emoción de poner mis habilidades en práctica. Si estas criaturas son capaces de estudiarme y crear tácticas para derrotarme, sera maravilloso.

…

Punto de vista en tercera persona

…

Alex observó a su madre en silencio a través de los monitores de diagnóstico. Una parte de él se sentía culpable, pero la otra, la del desarrollador, estaba fascinada.

(Realmente necesito ver cómo se adapta esta IA a los movimientos de un soldado de élite), razonó para sus adentros. (Aunque le transmití el conocimiento básico de las Espadas del Caos, son solo los movimientos iniciales de Kratos. Ella todavía tiene libertad total para improvisar… El problema es que una sincronización tan alta puede ser peligrosa para la mente, especialmente con las muertes cinematográficas tan viscerales que programé inspirado en Tomb Raider).

Alex se estremeció ligeramente al recordar algunas de esas animaciones.

(Bueno, supongo que no pasa nada. Ella quiere una experiencia realista y yo necesito conocer los límites de mi creación. No es que esté usando a mi madre como un conejillo de indias… No, todo esto es ética y moralmente aceptable… probablemente).

—Vale, subiré la sincronización —anunció Alex finalmente—, pero si sientes que es demasiado, dímelo de inmediato.

—Jeje, gracias, cariño —la voz de Catharina sonaba cargada de una alegría feroz—. Ahora mamá podrá divertirse de verdad descuartizando a estas criaturas.

—… De acuerdo —respondió Alex, sintiendo un escalofrío.

Dentro del juego, Catharina sonrió con satisfacción. Saltó por una brecha en la cubierta y aterrizó frente a un cofre que emitía un suave resplandor esmeralda. Al abrirlo, una energía verde fluyó hacia ella, invadiendo su pecho y cerrando sus heridas virtuales.

—Así que esto es lo que me cura. Es bueno saberlo.

Se adentró en las entrañas de la nave. El interior era un laberinto de madera astillada y metal retorcido, con el agua de mar filtrándose por todas partes. De pronto, una cabeza de serpiente colosal surgió de entre los restos, bloqueando su camino.

—¿Pero qué demonios…?

Antes de que terminara la frase, el monstruo se lanzó al ataque. Catharina reaccionó con la velocidad de un rayo; rodó hacia un flanco y disparó una de sus hojas. El acero se hundió en la carne escamosa, dejando un rastro de sangre negra.

Furiosa, la serpiente volvió a cargar. Catharina simplemente se deslizó por debajo del ataque y clavó ambas hojas en el costado de la cabeza del reptil. Con un tirón violento de las cadenas, usó el propio impulso de la bestia para estrellarla contra las paredes del casco.

Al verse superada, la serpiente siseó de dolor y se retiró rápidamente hacia las profundidades del barco.

—¡Jajaja! ¡Esto es increíble! —Catharina soltó una carcajada de pura adrenalina—. No solo soy increíblemente fuerte, sino que mi cuerpo reacciona al instante a mis pensamientos. Esa serpiente es demasiado cobarde para su tamaño.

Eufórica, comenzó a perseguir a la bestia. En su camino, se cruzó con un hombre atrapado tras unas maderas.

—Aléjate… ¡Aléjate de mí! —gritó el hombre, aterrorizado.

—¿Eh? Ni siquiera me he acercado. Deja de gritar —respondió ella sin detenerse.

—¡Sé quién eres, Espartano! ¡Sé lo que has hecho! ¡Prefiero morir antes que ser salvado por alguien como tú!

—Vale, entonces quédate ahí y muere —sentenció Catharina con indiferencia, dándose la vuelta. Estaba demasiado ansiosa por encontrar a la gran serpiente como para perder el tiempo con civiles malagradecidos.

Al cruzar la siguiente puerta, se encontró de frente con un auténtico infierno. Decenas de personas corrían despavoridas mientras criaturas voladoras las cazaban como a ganado. Vio cómo dos monstruos agarraban a un hombre por los brazos, elevándolo en el aire y tirando en direcciones opuestas hasta partirlo por la mitad.

Sin dudarlo, Catharina se lanzó al caos. Sus cuchillas eran un torbellino de muerte que segaba monstruos con facilidad. Sin embargo, incluso con su habilidad, la cantidad de enemigos era abrumadora. Pronto se vio rodeada; los ataques empezaron a impactar y su barra de vida cayó drásticamente.

El dolor, amplificado por la sincronía, hizo que sus brazos temblaran. En medio del frenesí, una de sus hojas se desvió y cercenó la cabeza de un civil que huía cerca de ella. Inmediatamente, una esfera de energía verde brotó del cadáver y se fundió con ella, restaurando su vitalidad.

Sus ojos se abrieron de par en par al comprender la mecánica. Una sonrisa fría y despiadada se dibujó en su rostro. La guerrera que fue una vez había regresado por completo.

—Esto también puede curarme… Jeje, muy bien.

Alex observaba la pantalla con una expresión difícil de definir. Ver a su madre reír con esa ferocidad mientras despachaba monstruos voladores —y, de paso, a cualquier superviviente que le sirviera para reponer su barra de vida— era una visión tan impresionante como perturbadora.

—¡Jajaja! ¡Muérete de una vez! —gritaba Catharina.

En un movimiento fluido, la mujer inmovilizó a una de las criaturas contra la madera, le pisó el cráneo con fuerza y le arrancó las alas de un tirón seco. Mientras se deleitaba en el combate, el suelo estalló. Una de las cabezas de la Hidra emergió de las profundidades, rugiendo con tal potencia que la onda de choque lanzó a Catharina contra la pared opuesta.

—Joder… eso ha dolido —gruñó ella, pero lejos de amedrentarse, sus ojos brillaron con más intensidad.

Alex se quedó sin palabras al ver cómo su madre cargaba de nuevo contra la Hidra. Con una precisión quirúrgica y una saña casi artística, empezó a usar las Espadas del Caos para marcar la piel del monstruo, como si intentara escribir su firma en las escamas de la bestia.

—Dios mío, no sabía que mamá fuera tan vengativa… —murmuró Alex—. Bueno, parece que se lo está pasando en grande, supongo que eso es lo que cuenta. Luna, cuídala. Si su salud baja demasiado, cierra la sesión de inmediato; no quiero que experimente una muerte con el 90% de sincronización.

—Entendido, Alex —respondió la IA.

Justo cuando Alex se disponía a buscar otros juegos para analizar la competencia, Mark y Melissa entraron en su espacio virtual.

—¿Eh? ¿Pasa algo? —preguntó Alex, sorprendido. —Acabo de llegar y quería ver en qué estabas trabajando —respondió Mark, echando un vistazo a las pantallas—. ¿Esa es tu madre jugando? Vaya… mira eso.

En el monitor, Catharina acababa de aferrarse al hocico de la Hidra. Con un esfuerzo sobrehumano, le arrancó uno de los colmillos y se lo clavó profundamente en el ojo. La bestia soltó un alarido desgarrador y retrocedió, intentando huir hacia el mar.

—¡Ni se te ocurra huir, maldita sea! ¡Vuelve aquí! —gritaba Catharina, agitando las cadenas—. ¡Pienso usar tu piel para hacerme una funda nueva para estas espadas!

—Mamá es increíble —exclamó Melissa, con los ojos como platos—. ¡Hermano, yo también quiero jugar! —Ni hablar. Solo podrás tocarlo cuando termine la versión censurada —sentenció Alex. —¿¡Qué!? ¿Por qué? —Cuando cumplas 50 años, podrás jugar la versión original —bromeó él, aunque su tono era firme. —¡Eso no es justo!

Alex solo sonrió. Tras consultar con su profesor de diseño y realizar algunos cálculos sobre la normativa de contenido del concurso, sabía que un juego con este nivel de visceralidad sería clasificado estrictamente para adultos. En un universo donde la guerra es común, la violencia suele ser aceptada, pero lo que él estaba creando era algo distinto: era brutalidad estilizada. Por eso, ya estaba trabajando en una versión que suavizara los momentos más crudos para el público general.

—Pero aún podrá hacer esto, ¿verdad? —preguntó Melissa, señalando la pantalla.

Catharina acababa de arrancarle la cabeza a un monstruo menor con sus propias manos para lanzársela a otro que se acercaba. En cuanto el enemigo cayó aturdido, ella le clavó una hoja en el cráneo y lo hizo girar como un mayal humano, derribando a todos los que la rodeaban.

Se hizo un silencio en la habitación virtual.

—Jeje —Mark soltó una risita cómplice, rascándose la nuca—. Tu madre parece… muy motivada. Hum, voy a preparar algunas cosas; presiento que esta noche será larga.

Dicho esto, Mark se retiró silbando una melodía alegre, con un brillo pícaro en los ojos.

—….. —….. —Entonces… ¿puedo yo…? —insistió Melissa con esperanza. —No.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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